Creámoslo o no, muchas veces el deseo de perseguir el perfeccionismo en las cosas humanas y materiales, se vuelve un asunto de querer morir de insatisfacción toda vez que al final de cuentas, las cosas no salen como se espera. Por eso muchas personas se vuelven amargadas, prepotentes o mandonas ante los demás, ya que pretenden que todo el mundo haga las cosas como ellos quieren. Es cierto que se debe hacer lo posible por tratar que esas cosas se hagan bien, pero debemos entender que siempre hay posibilidades de error, ya sea voluntario o involuntario. Es más, hay veces que podemos sentirnos irritados por el hecho que en el mismo día no todo ha salido de la mejor manera, pero a veces es necesario que suceda así, pues quizás luego veremos que era necesario que así sucediera, para nuestro bien futuro.

También debemos entender que esta existencia se basa en una serie de relativismos que muchas veces impiden que las cosas resulten perfectas, además en este mundo tan plural cuesta trabajo que muchos aspectos mantengan una perfecta homogeneidad de pensamiento, por efectos de cultura, tradiciones, gustos, formas de trabajo, entre otros. Si eso lo entendemos mejor, nos evitará querer morir de rabia toda vez que hallamos en la calle y cualquier sitio a personas negligentes, perezosas, descuidadas e irresponsables, eso sí, de nuestra parte evitemos contaminarnos con esas actitudes, no sea que al final de todo terminemos por volvernos mediocres.

Pero hay otro hecho irónico y es el de ver a gente que corre en pos de obtener perfeccionismo en las labores que hace, o en mantener el ambiente que le rodea (sea el de la casa, la oficina, fábrica u otros lugares) en perfecto estado, pero en lo espiritual no son perfeccionistas, ya que nunca oran, nunca dan gracias a Dios por todo lo bueno que les da, o no reciben con mansedumbre las pruebas, que también Dios permite en sus vidas.

Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos