Muerte, sexo y rendición: la vida en las FARC

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Tenían trazado el camino, con reglas claras y férrea disciplina. Estaban cobijados bajo el escudo de una marca temida y potente, los mandos pensaban por ellos, les vestían y alimentaban, autorizaban sus noviazgos, señalaban misiones, imponían castigos, y la tropa acataba las decisiones por duras o peregrinas que parecieran. Habían abandonado a sus familias para entregar sus vidas a una causa sin darse cuenta de que ya no podrían escapar a su destino. Huir significaba la muerte.

Con el pasar de los años, las FARC lo fueron todo para ellos, su familia, su refugio, su religión, su futuro. Ahora muchos sienten una punzada en el estómago como si saltaran al vacío. En poco más de seis meses abandonarán los campamentos, los fusiles, el poder que otorgan un uniforme y unas siglas, para iniciar una andadura cargada de incertidumbres.

En este mes de octubre empezarán a desmontar la maquinaria criminal marca FARC, con 52 años de andadura, para convertirse en movimiento político.

En el acuerdo que sellaron el líder de la guerrilla, Timochenko, y el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, en Cartagena de Indias el 26 de septiembre, figura que la tropa y mandos medios sin causas penales graves pendientes, serán amnistiados, recibirán un salario durante dos años y una pequeña ayuda extra para montar un negocio o cultivar las tierras que el gobierno promete entregar. Podrán estudiar la primaria y el bachillerato que nunca completaron, hacer cursillos de cualquier oficio que les atraiga, incluso ir a la universidad si es el caso.

Después, les quitarán la red y tendrán que luchar en «la civil» como llama laguerrillerada a la vida de los que no portan armas. Y no todos pintan ese paso adornado por sol brillante, nubes blancas y pajaritos cantando. A los veteranos que dejaron sus hogares siendo adolescentes y han pasado 20 y 30 años en la guerrilla, les da vértigo. Especialmente en el Frente Primero, donde se tomaron las fotos de este reportaje y la resistencia al acuerdo de paz ha sido más intensa. Los más jóvenes, sin embargo, se sienten esperanzados. Podrán volver a sus hogares y rehacer sus vidas sin el temor de morir asesinados.

No se puede ignorar que miles de integrantes de las FARC desertaron para acogerse al programa de Reintegración social que lleva cerca de cuatro lustros funcionando. Sólo en el 2015, pese a que apenas había combates con el Ejército y se avizoraba la firma del pacto de paz, fueron 733 los desmovilizados. Y hasta agosto del presente 2016, el número iba por 356, según datos de las Fuerzas Militares.

Y eso que huir suponía jugarse el pellejo. Estaba advertidos de la pena que aguardaba si descubrían sus planes o les cazaban intentando la fuga. Convocaban un rápido consejo de guerra y con frecuencia los fusilaban. Incluso si lograban su objetivo, tampoco estaban a salvo. La guerrilla les buscaba para dar un escarmiento que aconsejara a otros desistir del intento. De ahí que casi nunca se atrevieran a regresar a sus casas antes de varios años.

LA SELVA

En el anterior proceso de paz fallido -1999 al 2001-, en una de tantas entrevistas con subversivos, me contaba Simón Trinidad -hoy día preso en Estados Unidos por el secuestro de tres contratistas norteamericanos- que la vida íntima en los campamentos era escasa, siempre en la noche y entre susurros. Difícil esquivar los ojos y oídos de los compañeros cuando todo es compartido y las caletas donde duermen (palos de troncos y techumbre de plástico negro) están muy cerca unas de otras.

El toque de diana acostumbra a ser de madrugada, antes de clarear, se bañan juntos en ropa interior, en riachuelos. Las necesidades las hacen en los chontos (largas zanjas abiertas en el monte) comunes para ambos sexos. Rara vez se cruzan miradas lascivas, las relaciones sexuales son frecuentes y las empiezan a temprana edad. Deben contar, eso sí, con la aprobación del superior inmediato y el consentimiento no evita que el mando separe a las parejas cambiándoles de Frente de guerra y, por tanto, de región. Suele ser el final de un amorío y el principio de otro idilio.

Hasta que derogaron la norma hace un par de años, los métodos anticonceptivos eran obligatorios y las guerrilleras que quedaban preñadas debían abortar, aunque estuvieran en avanzado estado de gestación y quisieran ser madres. «Los niños no son para la guerra», rezaba la consigna fariana. Y menos en las montañas y selvas donde emplazaban sus guaridas. Si por alguna razón les permitían dar a luz, debían entregar los bebés a parientes o a una familia campesina de la zona y con frecuencia no los volvían a ver.

No sólo les despojaban de sus hijos, también las castigaban por su descuido. A lo largo de los años recogí un sinnúmero de testimonios de ex guerrilleras, aún traumatizadas por los abortos forzados, que relataban las sanciones que cumplieron al alimón con el que habría sido el padre de su retoño. Cavar trincheras y hasta «200 viajes de leña» (cortar y llevar leña al campamento para cocinar), eran los más comunes, no sólo para esos casos sino para otras transgresiones como robar comida o dormirse en una guardia.

Una vez encontré unos cuadernos en un campamento que el Ejército había asaltado horas antes en el Guaviare, departamento selvático al este de Colombia. Escrito a mano, hallé un riguroso reporte de cada sanción, la causa y el alias del infractor. Los agotadores «viajes de leña», que les dejaban exhaustos y no eximían del resto de obligaciones, eran frecuentes.

Recuerdo un campamento enorme, de nombre El Borugo, que quedaba a cinco kilómetros de La Macarena, uno de los feudos de las FARC en el departamento del Meta. Unos 800 jóvenes, adolescentes en su mayoría, recibían instrucción bélica. Algunos se alistaron por la miseria de sus hogares; otros, deslumbrados por el uniforme y las armas; algunos más porque sus familias, residentes en territorios donde la guerrilla era amo y señor, debían entregar un miembro «al Ejército del pueblo».

Desde el día uno, aprendían que en la guerrilla no existían diferencias de género, las responsabilidades y las pruebas en los cursos de entrenamiento debían superarlas por igual. Todos cargaban los mismos 25 kilos o más de peso a la espalda, aparte del fusil, hacían guardias y aprendían a sobrevivir en condiciones extremas y a matar y combatir con fiereza al enemigo.

En una ocasión, en el Nudo de Paramillo, departamento de Córdoba, un comandante paramilitar me comentaba que le temían más a una guerrillera experimentada y convencida de su causa, que rozara la treintena, que a un hombre. «Son implacables, audaces, creen en lo que hacen y nada las detiene. Son terribles», decía.

El adiestramiento militar era primordial si uno quería escalar en la pirámide de mando. Atacar poblaciones, a bandas paramilitares, confrontar al Ejército y dar golpes que salieran a toda plana en las noticias era motivo de orgullo. Quizá la tarea que más detestaban era cuidar secuestrados. Podían pasar meses y años vigilando a una partida de gentes desesperadas y deprimidas con las que debían mantener distancias. Se aburrían igual que los cautivos y no veían la hora de que sus familias, si era económico, o el gobierno, cuando se trataba de un secuestro con fines políticos, llegaran a un acuerdo y pudieran volver a la verdadera acción bélica.

Pero también estudiaban de revoluciones y luchas sociales, casi siempre de una manera simplista. Por provenir de la Colombia rural lejana y pobre, la olvidada por el Estado que carece de casi todo, pocos habían terminado la escuela, apenas dos o tres cursos para aprender a duras penas a sumar y leer. Cualquier enseñanza teórica, por tanto, debía ser digerida en pildoritas que les daban cada tarde, cuando la guerra lo permitía, en la «hora cultural».

Con el pasar del tiempo, los guerrilleros también asimilaban que, si bien formaban parte de un grupo compacto, en realidad estaban solos. Tenían que tragarse los miedos, las añoranzas y las lágrimas. En especial desde el 2008.

En marzo de ese año, por primera vez en la historia, el Ejército daba de baja a un miembro del Secretariado, el órgano permanente de dirección de las FARC: Raúl Reyes. Ubicaron y bombardearon su campamento por informaciones de desertores. Comprobar que tenían venas rotas, que en cualquier momento su propia gente podía traicionarlos, obligó a apretar los controles internos, a detectar renegados. Cualquier muestra de debilidad podía ser interpretada como el paso previo a un intento de fuga y agregaron una nueva causa al listado de infracciones: la desmoralización.

Bastaba con mostrar señales de hartazgo, una queja a destiempo, un comentario desdeñoso, para resultar sospechoso. «Una no decía nada a nadie, no podías confiarte, todo se lo guardaba», comentaba una desmovilizada hace un par de años. Ella optó por escapar cuando supo que a una compañera la habían fusilado por un frustrado intento de fuga. Y porque nunca dejó de soñar en formar una familia.