Desterrado en la pequeña isla de Santa Helena, casi a mitad camino entre Angola y Brasil, en el Atlántico Sur, el 5 de mayo de 1821 fallecía Napoleón Bonaparte, posiblemente el ciudadano francés mas recordado de toda la historia. Probable causa de muerte: cáncer de estomago, como el que padeció su padre, aunque hay quien teoriza que sufrió un envenenamiento de arsénico.

“Fue verdadera gloria?… “ pregunta Alessandro Manzoni en su célebre oda “El Cinco de Mayo” que dedica con cierta estima al genial galo en julio de ese mismo año y que Goethe, luego, traduce al alemán; un interrogativo que el mismo Manzoni contesta con la frase abierta “…a la posteridad la ardua sentencia.”

Efectivamente, cabe preguntarnos ¿Cuál fue el legado napoleónico?

Ya desde su temprana adolescencia el joven Napoleón se dedica a la carrera militar en la cual obtiene un éxito fulgurante. “Ví la corona de Francia en el suelo, ” dirá “por lo que la cogí con mi espada”. Tiene veinte años el nativo córcego cuando explota la Revolución Francesa el 14 de julio de 1789 con la histórica toma de la Bastilla, el bastión carcelario símbolo del represivo absolutismo monárquico y actual fecha de la fiesta nacional de Francia. Son años de sospecha y terror, con la hoja de guillotina que cada día va decapitando decenas de cabezas, más el jóven cabo de artillería se afianza tanto en su menester que en 1795-1799 entra a hacer parte del Directorio y a sus treinta años de edad alcanza el máximo grado militar de General del Ejercito francés.

Por medio de rápidas, innovadoras y brillantes campañas militares Bonaparte prácticamente se hace con buena parte de Europa continental, desde los Países Bajos (Holanda) a la zona del río Rín. Derrota a prusianos y rusos y desplaza a los austríacos del norte de Italia donde funda la República Cisalpina en la llanura padana, también ocupa Venecia. No solo conquista territorio con su numeroso y ágil ejercito sino que exporta por doquier los ideales iluministas que sintetiza la Revolución Francesa con el lema “libertad, igualdad y fraternidad”.

En 1798 lanza la campaña de Egipto, para colonizar la tierra de los Faraones y parte del imperio Otomano (actual Israel, Siria, etc.), con el objetivo de proteger los intereses comerciales franceses cortando la ruta de Gran Bretaña a la India. Vuelve repentinamente a Francia y a finales de 1799 es elegido Primer Cónsul, vértice máximo del poder político francés.

En 1801 negocia con la Santa Sede un Concordato con el cual busca la reconciliación entre la iglesia católica, sus fieles y el laico régimen napoleónico.

Beethoven se declara admirador de Napoleón y en 1802 le dedica la Sinfonía no. 3, mejor conocida como “La Heroica”; sin embargo, en 1804 cuando Napoleón a sus 35 años de edad se auto-corona Emperador en la Catedrál de Notre Dame, el compositor alemán borra el nombre de Bonaparte en el título de su obra aduciendo que es una “sinfonía heroica, compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre”.

A costa de parecer narcisista y reaccionario, o contra-revolucionario, sin embargo, este es un periódo fructífero en el cual Napoleón logra realizar obras e infraestructuras importantes, consolida la reforma agraria y sienta las bases para el futuro desarrollo de la industrialización francesa. Hace reorganizar la administración estatal e unificar el sistema judicial (Código Napoleónico), reformas que aportan estabilidad socio-política al estado francés.

El periódo 1805-1815 es el más intenso en términos de campañas militares estando el Reino Unido a la cabeza de una desafiante coalición anti-napoleónica constituida por Rusia, Suecia, Austria y Nápoles. La batalla naval de Trafalgar cerca de Cádiz da la victoria a la coalición anti-francesa sobre la flota franco-española; en tierra, sin embargo, Napoleón logra importantes victorias contra los austríacos en Ulm y los rusos en Austerlitz. En 1806 conquista el Reino de Nápoles y se autoproclama Rey de Italia; funda el Reino de Holanda y establece la Confederación del Rín; derrota los prusianos en Jena y Auerstadt y los rusos en Friedland. Westfalia y el Gran Ducado de Varsovia pasan a formar parte del Imperio Francés. Su sueño es ser el nuevo Carlomagno e unificar a toda Europa bajo su mando.

Pero el Reino Unido sigue por su camino independiente y para bloquear el flujo del comercio inglés Napoleón llama a un bloqueo naval vía Portugal que no acepta; enfurecido, Napoleón entra en España y marcha hacia Portugal, lo cual también origina el inicio de las guerras de Independencia Española (1808-1814). El famoso cuadro “El Trés de Mayo de 1808” de Francisco Goya (Museo del Prado) ilustra los fusilamientos llevados a cabo en Madrid en 1808 por los soldados napoleónicos contra los patriotas locales.

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“El Trés de Mayo de 1808”, Francisco Goya

Austria es de nuevo derrotada en la batalla de Wagram (1809) y el imperio napoleónico anexa la península Balcánica (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Serbia y Montenegro). Napoleón repudia a su primera esposa, que no consigue darle descendencia, y la paz con Austria se consolida con el matrimonio entre Napoleón y María Luisa de Habsburgo-Lorena, hija del monarca austríaco Francisco I de Austria, la cual le da un hijo en 1811.

En 1812 Napoleón decide invadir a Rusia. Inicia la campaña en verano y en septiembre vence a los rusos en Smolensk y Borodino. En camino hacia Moscú, Napoleón encuentra tierra arrasada y falta de víveres y cuando llega a la capital la encuentra vacía y en buena parte incendiada. La estrategia rusa del General Kutúzov da su resultado: para Bonaparte es un inesperado fracaso y no hay otra opción que volver atrás. El camino de retorno a Francia será trágico: la “Grande Armée” napoleónica había alistado 650.000 hombres para la campaña de Rusia de los cuales – a causa de hambrunas, emboscadas, etc. – murieron 570.000! Los rusos también padecieron graves pérdidas (cerca de 400.000 hombres) pero nunca se rindieron a Napoleón.

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Campaña de Rusia (1812): la “Grande Armée” sale de Moscú en llamas y además marcha derrotada por el “General Invierno”

Tras esta colosal derrota, Prusia se unió a la coalición con Rusia, Reino Unido, España y Portugal y movieron contra Napoleón que los derrotó en la batalla de Dresde en agosto de 1813. Austria y Suecia también aportaron sus tropas a la coalición anti-napoleónica y finalmente derrotaron al desgastado ejercito francés en Leipzig en el mes de octubre.

De regreso en París, Napoleón fue depuesto en abril de 1814 y enviado en exilio a la isla italiana de Elba, frente a la Toscana. El Congreso de Viena (1814-15) dispuso el nuevo orden post-napoleónico y en Francia restauró el poder monárquico con el Rey Louis XVIII.

En febrero de 1815 Napoleón logra escaparse de su exilio y desembarca en la Costa Azul decidido a retomar el poder. En Grenoble Napoleón se encuentra con el 5º Regimento que marcha hacia él. Apeandose de su caballo Napoleón les exclama: “Soldados del Quinto, ustedes me reconocen. Si algún hombre quiere disparar sobre su emperador, puede hacerlo ahora.” Tras un breve silencio, los soldados gritaron “Vive l’ Empereur!” y juntos marcharon hacia París. El pueblo aclamó a Napoleón que promulgó una nueva y más democrática constitución. Se reconstituyó el ejercito y se reanudó el desafío militar con la coalición de los aliados que concluyó con la definitiva derrota napoleónica en Waterloo, Bélgica, en junio 1815.

Rendido a los británicos, Napoleón y varios de sus altos mandos fueron llevados a la lejana Isla de Santa Helena para su definitivo exilio. Bonaparte tiene 46 años y en 20 años ha pasado de la gloria sublime al destierro.

No cabe duda que el mayor legado de la era napoleónica es ideológico; es decir, la Revolución Francesa hizo trizas al mundo feudal-absolutista de las clases privilegiadas (nobleza y clero) y Napoleón, por medio de sus conquista territoriales, dió alas a las mayorías oprimidas y al concepto de república, patria y nación, tanto en Europa como fuera de ella.

Los Libertadores de América Latina quedaron fascinados por las campañas militar-ideológicas de este brillante estratega francés y movieron pueblos y tropas para emanciparse del monárquico yugo español.

Saqueador de iglesias y anticlerical, en sus últimos días el perjuro Napoleón también descubre la fe en Dios, hecho transcrito y confirmado por el libro “Conversaciones Religiosas de Napoleón” de Antoine de Beauterne (1840).

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Napoleón charlando con sus íntimos mariscales en Santa Helena

En la penúltima estrofa de la citada oda Manzoni escribe estas inspiradas frases sobre Napoleón:

“…más soberbia altura
ante el deshonor del Gólgota
jamás no se inclinó”

Consideraciones finales: ¿el espíritu napoleónico sigue vive hoy?

El flamante Presidente francés Emmanuel Macron ciertamente cree en una Europa unificada y batalla en contra de escepticísmos xenófobos-derechistas al estilo Marine Le Pen o delirantes nacionalismos como el que vemos, por ejemplo, en la actual Catalunya.

A diferencia de Trump, apoya la lucha contra el cambio climático y para su país tiene prevista una discutible y posiblemente anti-popular reforma económica (horas semana de trabajo, sistema de pensiones, etc.).
Cabe recordar que Macron también es visto como el fiel delfín del poder “fuerte”, la casta banca-financiera aliada con poderes masónicos (curiosamente el Gran Oriente de Francia también comparte el lema “liberté, égalité, fraternité”).

Hablo de Macron porque en cierto sentido es la actual continuación de Napoleón, pero son interrogantes para cualquier estadista moderno.

No hay duda: han pasado poco más de dos siglos pero el lema iluminista-napoleónico “liberté, égalité, fraternité” en el mundo de hoy sigue siendo una asignatura muy pendiente.

Por: Nereyda Guerrero De Manderioli
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