Vilma Trujillo de 25 años, falleció tras ser quemada en una hoguera. Siendo madre de dos hijos, vivió la agonía durante más de 24 horas, al soportar las quemaduras de tercer grado que calcinaron al menos el 80% de su cuerpo. Toda esta crueldad, luego de que miembros de su congregación religiosa determinaran que estaba “endemoniada” y que para liberarla del demonio debía arder en la hoguera.

La mujer, agonizó en una lejana comunidad del Caribe de Nicaragua, El Cortezal. El crimen abrió el debate sobre la violencia contra las mujeres que ha demostrado su punto más brutal con la quema en la hoguera de la joven campesina.

Este pueblo es “tierra de nadie”. No hay presencia de autoridades, escuela, hospitales ni comisaría. La religión impone la ley y el orden, siendo el pastor de la congregación la principal autoridad.

Este lugar, se sitúa en las altas montañas de la región central del Caribe de Nicaragua, rodeado de cultivos de frijoles y amplios pastos para el ganado, que han sustituido a la selva tropical.

El pastor estaba alegre y decía: ‘¡Ya se va a morir y va resucitar!

La congregación de El Cortezal, forma parte de las Asambleas de Dios, una organización pentecostal con más de 30.000 fieles en Nicaragua y centenares de pequeñas iglesias sembradas en lo ancho del territorio nicaragüense. Allá donde el Estado no existe, sí hay una iglesia evangélica.

Frente al templo de El Cortezal está la casa pastoral, también hecha de madera, el piso de tierra y una puerta y ventana como único espacio para que penetre la luz. Es una construcción oscura, asfixiante, donde vivía el pastor y donde estuvo encerrada Vilma, después de que cayera sobre ella su condena.

Dentro de este edificio, en una esquina, el piso está quemado: la congregación hizo una pequeña fogata para que ardieran las heces de Vilma, a quien no se le permitía salir de su secuestro. A unos metros de estas dos construcciones, al pie de la colina, hay todavía restos de troncos chamuscados, la hoguera donde ardió la mujer.

La tortura

Hasta la mañana de finales de febrero de 2017, la mayoría de nicaragüenses nunca había oído hablar de El Cortezal. El horror impuesto en forma de tortura contra una mujer llevó a esa comunidad a los titulares de la prensa nacional y extranjera. La tarde del 15 de febrero Juan Gregorio Rocha, pastor de la iglesiaVisión Celestial de las Asambleas de Dios, visitó a Vilma Trujillo García en casa de José Granados, cuñado de la joven. Rocha dijo que había escuchado que Vilma estaba enferma, que sufría alucinaciones, hablaba sola, no hacía caso cuando se dirigían a ella, por lo que resolvió organizar oraciones de sanación en su nombre. La familia de la mujer, profundamente religiosa, permitió que el pastor se la llevara. La acompañó su hermana, de 15 años, de iniciales M.T.G. Vilma estuvo encerrada en la casa pastoral hasta el 21 de febrero, atada de pies y manos. El pastor decretó ayunos para la congregación y jornadas de oración, mientras fraguaba el final de Vilma.

Contó con la colaboración de sus hermanos Pedro José Rocha Romero y Tomasa Rocha Romero. También con dos miembros de la congregación: Franklin Hernández y Esneyda del Socorro Jarquín. A ellos les pidió el apoyo para convencer al resto de los vecinos de El Cortezal que asistían a la iglesia Visión Celestial, que Vilma estaba poseída por el demonio. Tras seis días de ayuno y oración para que Dios les revelara cómo sanar a la joven, Esneyda Jarquín anunció que había recibido una revelación divina: Dios le dijo que debían encender una hoguera y lanzar a Vilma al fuego para liberarla de su posesión satánica. Tomasa Rocha fue la encargada de ordenar a los hombres de la congregación que recogieran troncos para preparar la hoguera, mientras que Franklin Hernández y Pedro Rocha amarraron a la joven de pies y manos a un tronco de árbol situado cerca de la hoguera, ya encendida. Ellos serían los encargados de lanzarla a las llamas.

Se le veía la carne viva y como cascarones de piel en algunas partes

El rito se cumplió a las 5.30. A esa hora Esneyda Jarquín informó que era el momento de que todos salieran al pie de la hoguera a orar y así cumplir el mandato de Dios. Pedro y Franklin soltaron del tronco a Vilma, que seguía atada de pies y manos. La joven, desesperada, opuso resistencia. Los hombres la lanzaron a la hoguera y Vilma comenzó a arder, sus gritos de desesperación llegaron hasta la iglesia donde otros miembros de la congregación se mantenían orando, entre ellos la hermana menor del Vilma, a quien no permitían salir. El pastor Rocha y sus compañeros dejaron a la mujer ardiendo. El fuego quemó las sogas que la ataban, lo que le permitió salir de las llamas, cuando su cuerpo ya estaba calcinado. La mujer quedó a una orilla, sufriendo sus quemaduras.

“Cuando yo la vi era oscurito. Estaba toda quemada. Se retorcía y decía ‘ay, ay, ay, me voy a morir’. El pastor estaba alegre y decía: ‘¡Ya se va a morir y va resucitar! En cuanto ella se muera la metemos en la iglesia y la vamos a entregar a dios y va a estar sana, ya no va a tener esas quemaduras’”, relata M.T. G.

Fue hasta la tarde de ese día, tras siete horas de sufrimiento, que el padre de Vilma, Catalino López Trujillo, y su primo, Roberto Trujillo, pudieron rescatarla y organizar su traslado a Rosita. La bajaron de la montaña en una hamaca.

Ervin Girón es el conductor de la sede en Rosita de Acción Médica Cristiana (AMC), una organización de ayuda humanitaria que trabaja en regiones pobres mejorando las condiciones de vida sus pobladores. Girón recibió una llamada de emergencia, le decían que había un quemada de gravedad que debía trasladar hasta Rosita. Debido a la escasez de equipos médicos en este municipio de Nicaragua, es común que AMC preste sus vehículos para traslados de emergencia. Girón viajó con una enfermera. “Cuando llegamos estaba un poco consciente. Se le veía la carne viva y como cascarones de piel en algunas partes. La canalizaron. Cuando veníamos en el camino pensé que se nos iba a morir. Ella cerró los ojos y la enfermera la tocaba para que no se durmiera. Me dijo que me apurara y lo que hice fue acelerar”, cuenta el joven en su pequeña casa de Rosita.

La familia de Vilma se esconde en las montañas, temerosos de las represalias de sus vecinos

La mujer fue atendida de emergencia en el hospital Rosario Pravia de esa localidad. El doctor David Saravia Flores, director del hospital, cuenta las condiciones en las que llegó. “Recibimos la paciente en condiciones graves, con quemaduras de segundo y tercer grado desde la cara, en la parte posterior a las orejas, en el tórax, el abdomen, los muslos y las piernas. Estas quemaduras se tipifican como no compatibles con la vida. Se le hizo un lavado quirúrgico, todos los exámenes, y la preparamos para trasladarla vía área hacia Managua”, narra el médico. “Las quemaduras son el tipo de dolores que menos son tolerados por el ser humano. Por la profundidad de las quemaduras y su extensión, estas eran insoportables para la paciente. Tuvimos que hacer uso de analgésicos bastante potentes”, explica.

Rosita es un municipio localizado en el llamado Triángulo Minero, conformado por otras dos localidades, Suina y Bonanzan. Los tres poblados son famosos por sus minas de oro, explotadas por compañías colombianas y canadienses. De los tres, Rosita es el único que no cuenta con una pista de aterrizaje para las avionetas que despegan desde Managua, única vía de conexión para estas alejadas poblaciones. Para llegar a Rosita hay que volar hasta Bonanza y luego contratar un vehículo en un viaje de más de una hora por una carretera sin pavimento. Cualquier enfermo grave que necesite atención médica especializada tendrá que ser trasladado hasta Managua, si logra pagar el transporte hasta Bonanza y la avioneta a la capital, a un costo aproximado de 200 euros, una pequeña fortuna para los pobres campesinos que habitan las montañas de Rosita.

El de Vilma Trujillo fue un viaje de suplicio, desde la montaña hasta tomar la avioneta a Managua. Su juventud y fuerza le permitieron aguantar el tormento. Murió en el capitalino Hospital Lenin Fonseca el 28 de febrero, a las 4.22 horas de la mañana.

La Policía de Rosita, apoyada por el Ejército, llegó hasta El Cortezal y capturó a doce personas. Cinco de ellas siguen presas en Managua, a espera de ser juzgadas por secuestro y asesinato. Se trata del pastor Juan Rocha, sus dos hermanos y sus dos colaboradores más cercanos. El proceso se desarrolla con expectación nacional, mientras la familia de Vilma se mantiene escondida en las montañas que rodean Rosita, temerosos de represalias de sus viejos vecinos, los miembros de la congregación que condenaron a la hoguera a Vilma.

Un cóctel mortal

Miuriel Gutiérrez Herrera es una joven vivaracha que trabaja en Gaviota, una organización que promueve y defiende los derechos humanos en el Caribe de Nicaragua. El organismo tiene su sede en Rosita, en una casa de madera de dos plantas y humildemente amueblada. La oficina de Miuriel cuenta apenas con una silla, un escritorio y un rústico librero donde archiva los casos a los que le dan seguimiento. Desde que se conoció la noticia de la quema en la hoguera de una mujer, Miuriel y su madre se movilizaron para apoyar a la familia.

La joven muestra su indignación ante este caso, que es dice, el resultado de un cóctel mortal: la misoginia, un Estado ausente, el machismo y el fanatismo religioso. Pero lo más alarmante, dice, es que no es la primera vez que una mujer es quemada, aunque el caso de Vilma ha sido el más extremo al que le han dado seguimiento. Miuriel cuenta historias de horror, como la de una mujer a la que su marido le quemó las manos con carbón candente, o la de otra que tenía un esposo tan obsesivo que la dejaba encerrada en casa y que cuando regresaba la obligaba a desnudarse y olía su ropa interior para detectar olores extraños, masculinos. En una ocasión la ropa interior de la mujer estaba húmeda y el hombre entró en cólera. Tomó un leño ardiendo y le quemó la vagina.

Este tipo de historias son la realidad cotidiana a las que se enfrentan las gaviotas, como llaman de cariño a las mujeres de la organización, personas valientes que luchan por los derechos humanos en una región machista.

“Este caso está relacionado al machismo de una sociedad en la que las mujeres somos castigadas”, dice Miruriel. “Es más fácil que las autoridades atiendan crímenes delictivos de otra índole y no actos criminales contra las mujeres. Este es un acto muy cruel, misógino y definitivamente contra humano”, agrega.

A unos kilómetros de esta organización está la sede de las Asambleas de Dios en Rosita. Se trata de un amplio edificio de concreto en el que se reúnen unas 600 personas los días de culto, de las 3.000 que forman parte de la congregación. A cargo de este templo está el pastor Saba Calderón Tobares, presbítero de las Asambleas. Lo entrevistamos una tarde de inicios de marzo, cuando estaba reunido con otros miembros de la congregación que hacían estudios religiosos. El pastor Saba no reconoce la responsabilidad de las Asambleas de Dios en la quema en la hoguera de Vilma Trujillo.

“Como Asambleas de Dios nosotros nunca hemos enseñado ni aceptado este tipo de actividad. Lo que ha pasado ahí es extraño”, dice el pastor. “Ellos hicieron seis días de ayuno para la liberación de esta muchacha. La intención era buena, porque se buscaba alcanzar una liberación, pero al acudir a una voz extraña el resultado que se ve es muerte. Es posible que un espíritu o un ser extraño pueda tomarse a un ser humano, pero no es base de que deba tomarse literalmente de que deba echarlo al fuego. Somos servidores de Dios y esperamos que dios haga lo que tiene que hacer”, justifica Saba.

El pastor asegura que desde que se conoció la noticia de la quema de Vilma, su congregación se ha enfrentado a una ola de hostigamiento, que teme que pueda traducirse en un hecho violento.

El mayor drama, sin embargo, se vive en las montañas del Caribe, cuyas comunidades han sido trastocadas por este hecho espeluznante. A dos horas de camino de El Cortezal, en una casa de madera y con hamacas como únicos muebles, están refugiados los padres del pastor Juan Rocha. Se trata de los ancianos Gregorio Rocha y Aura Romero, ambos discapacitados: él tiene destrozada las manos por una enfermedad y ella está sorda. Están a cargo del cuido de sus 10 nietos, niños gravemente enfermos. Uno de ellos apenas puede quedarse en pie, otro tiene graves llagas en sus piernas y una de las niñas sufre una profunda herida en uno de sus pies, que no ha sido curada debidamente. Hasta aquí no ha llegado el Estado para hacerse cargo de estos niños abandonados.

Los ancianos están desesperados y piden la liberación de sus hijos, que son juzgados en Managua después de haber quemado en una hoguera a Vilma, el caso más brutal de violencia contra las mujeres en Nicaragua, donde haber nacido mujer parece ser un delito que se paga con la hoguera.