Nicolás Curi, el médico convertido en político, el hombre incomprensible y de carisma natural; el tres veces alcalde de Cartagena y otras tantas Concejal, Diputado, Senador, y embajador en la caribeña y británica isla de Barbados partió de este mundo terrenal cuando el lunes 3 de diciembre el reloj marcaba la tres y treinta de la tarde.

Sus 83 años los vivió entre su natal Tadó en el Chocó, lugar donde vino al mundo un 4 de julio de 1935; entre San Onofre, en Sucre, donde transcurrió parte de su niñez y juventud; entre Soledad, en el Atlántico; donde ejerció como galeno, y finalmente en su Cartagena, la ciudad de “Siempre su compromiso” como él decía, y la misma que le dio la oportunidad, como caso único, de gobernarla por tres ocasiones.

Muy de cerca compartimos en lo personal, familiar, política, administrativa y socialmente cuando él ya frisaba sus experimentados sesenta y yo apenas cruzaba el umbral de los cuarenta.

Siempre fue un político romántico que con frecuencia, y hasta pasando por ingenuo, proponía ambiciosos y quijotescos sueños irrealizables que emergían más de sus ilusiones y sensibilidad que de la objetividad.

Controvertido y enigmático. Más querido que odiado. Emotivo y pasional. Ha sido Nicolás, hasta ahora, y de manera incuestionablemente, el mayor fenómeno político que ha emergido y marcado de manera indeleble las páginas más importantes de la política local.

Creyendo no equivocarme, como gran parte de la ciudadanía cartagenera me atrevo a escribir que desde aquel 1 de junio de 1988, hace treinta años, ninguno de los elegidos, ni encargados o designados ha sido mejor alcalde que el Nicolás que gobernó la ciudad entre el 1 de junio de 1990 y el 31 de mayo del 92.

Sus convicciones políticas le granjearon enemigos, entre los que se contó un jurista que ofició como director del tradicional periódico local, y quien casi que a diario, y de manera implacable, le disparaba por encargo ráfagas de denuncias y líneas de desprestigio desde sus páginas editoriales.

Con férrea serenidad, durante los inicios de su segunda administración, soportó y supo de las infamias y deslealtades de unos que diciendo ser sus amigos, y hasta socios políticos, aprovecharon la oportunidad que les daba controlar los hilos de la Gerencia Departamental de la Contraloría General de la República en Bolívar para camuflándose y atrincherándose detrás de ella dispararle salvas de ametrallamiento de denuncias, demandas buscando desmontarlo de su incipiente mandato.

Casi siempre estuvo armado de gran nobleza con la que tendía lazos de amistad para recuperar como amigos a sus detractores y encubiertos enemigos que siempre tuvo.

Fue víctima de odios, incomprensión, venganzas y retaliaciones por unos que para las calendas de 1999 movidos por insatisfacciones personales, burocráticas y contractuales dando a conocer el incipiente vocablo de veedor se confabularon con organismos de control y de investigación criminal para desatar en su contra el más feroz de los ataques contra su administración.

Soportó la traición de los que terminaron por separarlo de su segundo mandato. Nicolás, en esta ocasión, había sido derrotado más no vencido. La lucha continuaría.

También hay que decirlo, Nicolás, en medio de sus aciertos y errores fue un hombre noble y hasta ingenuo. Su legado de carisma que solo le perteneció a él y a nadie más se lo ha llevado a la perpetuidad. Para Nicolás solo queda decirle: Paz en la eternidad.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018