Todos sabemos, que en abierto contraste con el reconocimiento constitucional del DERECHO A LA VIDA y con las prohibiciones penales del hacer morir, Colombia es un país repleto de muertes violentas, donde el homicidio ha llegado a convertirse en la primera de las causas de muerte a los líderes de izquierda, perteneciente al movimiento político COLOMBIA HUMANA, cuyo principal pecado ha sido Defender los Derechos Humanos de las personas de su entorno. Es bien cierto que en el mundo entero hay diariamente miles de crímenes contra la vida, y que desde los primeros días de su aparición en la tierra los hombres han matado por disfrute, por contagio, por impulso, por prejuicio, por cobardía o por desequilibrio. Lo que perturba y horroriza al leer las estadísticas sobre hechos de sangre en nuestra sociedad, es descubrir con cuánta frecuencia y regularidad se mata en ella para suprimir las divergencias y las diferencias. Un notable porcentaje de los homicidios cometidos en territorio colombiano están inspirados en el odio político y en la discriminación.

La prodigalidad de homicidios consumados por razones políticas o discriminatorias, revela claramente el auge de una mentalidad extremista entre quienes son responsables de esas muertes violentas. Desde hace años causa estragos en Colombia cierto modo atroz de pensar que admite y justifica los procedimientos de fuerza bruta encaminados a combatir violentamente el disentimiento y la diversidad. Quienes mueren por sus ideas, por sus actividades o por sus comportamientos como defensores de los Derechos Humanos, perecen a manos de criminales que practican la llamada “política de la sinrazón” y son refractarios a la tolerancia, el pluralismo, el dialogo y el consenso. En esos homicidas no es difícil descubrir los rasgos de una personalidad autoritaria – tan común entre los nazis y los estalinistas – que se representa el mundo como un escenario de conflicto permanente y mira a cada contradictor expreso o tácito a un verdadero enemigo, a un opositor de mala voluntad cuya existencia resulta peligrosa.

Los responsables de los homicidios a los líderes de COLOMBIA HUMANA perpetrados en desarrollo de esa “política de la sinrazón” provienen de diversos estamentos de la sociedad, y actúan en nombre de distintas causas. Algunos de ellos son servidores del Estado que se involucran en ilegales procesos represivos, o particulares sumados, por sectarismo o por ánimo de lucro, a la aplicación de la violencia institucional. Otros son miembros de grupos armados que en la búsqueda del derrocamiento del gobierno practican el castigo y la represalia en adversarios y desafectos. Pero todos estos criminales comparten la misma aberración: todos están desesperadamente persuadidos de que con la violación de la ley se facilita y acelera la llegada de la victoria. Para todos ellos la destrucción de vidas humanas es una manera de quebrantar las reglas del juego por razones de conveniencia.

Otro aspecto de la victimización extensa que ha padecido nuestra sociedad en los últimos años es el uso terrorista del homicidio. En Colombia se mata en no pocas ocasiones con la intención específica de hacer que el terror se expanda a lo largo y a lo ancho del cuerpo social, con el deliberado propósito de empavorecer a quienes de cerca o de lejos presencian el estrago sanguinario. Quienes primero acabaron con los miembros de la Unión Patriótica y ahora lo hacen con los simpatizantes de COLOMBIA HUMANA, quienes planean y ejecutan campañas de exterminio contra grupos políticos y quienes asesinan a personas cuya única culpa radica en haber sido fieles a su deber, no persiguen sólo la eliminación de sus víctimas, en ocasiones escogidas al azar, sino que pretenden hundirnos en el miedo y en la incertidumbre con el más brutal de los métodos: con el de la efusión de sangre.

En la constitución de 1991 la Carta de Derechos se abre con el reconocimiento del derecho a la vida. Este se ha positivizado en el Capítulo 1 del Título II de la Ley Suprema, entre los derechos humanos que el constituyente reconoce expresamente como fundamentales.

¡Por favor! detengamos tanto sufrimiento que cierne sobre nuestra patria y leamos detenidamente el artículo 11 de la Constitución “El derecho a la vida es inviolable”. ¡No más muerte en la política sin razón!

Por: William Hundelhausen Carretero
Presidente Nacional APIC

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