No solo de conexiones, sino de vivencias

237

Llevamos casi dos décadas del histórico 2.000, un año tan esperado por muchos y que nos trajo la inmensa ansiedad por lo que vendría en el siglo veintiuno. Con el paso del tiempo, un sinfín de novedades y cambios en nuestra manera de vivir, como el avance de la tecnología y sus aparatos. Cuantas cosas han evolucionado hasta aquí, cuantas costumbres fueron sembradas en el baúl del pasado. Las nuevas generaciones jamás sabrán lo que es comunicarse por cartas, haciéndole caso al buzón de los correos. No hay modo, estamos en 2018 y vamos frenéticamente por el mundo de las conexiones. Lo que eso nos aporta, bueno, el algo cuestionable si lo miramos del todo.

Creamos – o nos crearon, la necesidad de sentirnos parte del universo digital a través de las conexiones. Sea en los smartphones o en la computadora, lo inadmisible es no darle me gusta al post del mejor amigo, es no felicitarle a uno en su cumpleaños por las redes, es no ver el video de aquel famoso canal. Y si no sacamos una selfie durante el paseo estupendo que hicimos en vacaciones, resulta que la pasamos muy mal. Estos nuevos comportamientos son tan curiosos que si una pareja no hace público su amor en las redes seguramente no se aman así de veras. No hay marcha atrás, nos rendimos al antojo de la internet, creándonos obligaciones que van más allá del compartir.

Por si no fuera suficiente, esta revolución en el comunicarse nos puso un abismo ilógico para saltar, el de la ausencia. La ausencia de mentes y palabras mientras se está presente con el cuerpo. La ausencia de consejos, sonrisas y charlas que inundaban el comedor en los domingos por la tarde. La ausencia de tantos temas por discutir en las colas de la ciudad, a la espera de nuestra vez. Esa ausencia, que está convirtiéndose en falta pura y abrió lugar para la llanura. Llevamos tanto tiempo estableciendo la comunicación para que ahora se nos escape el real sentido del compartir, huyendo de nuestras manos la oportunidad de vivir.

Sí, vivir como personas netamente normales. Dejarse gozar de las facilidades de la vida moderna, pero con el perspicaz cuidado de un soldado en campo minado. Saber que además de las pantallas existe una multitud de vivencias para disfrutar en el mundo real. Que no nos basta el contacto de los mensajes rápidos, sino aquel con quién podemos sentar y hablar cara a cara por largas horas. Que es posible viajar el mundo con el wifi de nuestro hogar, pero a lo mejor nos toque ser aficionados al pasear de la mano. ¡Y qué delicia es perderse en el tiempo y gozar el momento! No importa con quién, ni a dónde vamos. Necesitamos más del físico como experiencia, pues lo inolvidable de la vida es conectarnos con la vivencia.


Permitida su reproducción total o parcial citando la fuente