La obediencia es una derivación de la humildad, por eso en los religiosos comprometidos y sacerdotes, entre sus tres votos de castidad, pobreza está la obediencia. En la vida del Padre Pío de Pietrelcina cuando se empezaron a divulgar los hechos milagrosos y la aparición de los estigmas en su cuerpo, los superiores durante varios años prohibieron al santo hacer apariciones públicas, y él obedeció; he allí la prueba de un verdadero hombre de Dios.

En San Mateo 26:39-42 se narra, que Jesucristo mismo con notable humildad y obediencia en los momentos en que se hallaba en el Monte de los Olivos (faltando pocas horas para ser llevado a las autoridades de la época que luego le condenarían a la crucifixión) elevó esta oración a Dios Padre: “Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo, pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”, luego fue donde estaban sus discípulos y los halló dormidos y les dijo: “Manténganse despiertos y oren, par que no caigan en tentación, ustedes tienen buena voluntad pero son débiles.”

Después de esto Jesús volvió al lugar donde había orado antes y dijo otra vez: “Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.”

Tomás de Kempis en La Imitación de Cristo libro II, capitulo 13 con notable sabiduría escribió: “Hijo, el que trata de salir de la obediencia, él mismo se aparta de la gracia; y el que quiere tener cosas con egoísmo, pierde todas las demás. El que no se apega de buena gana a su jefe, eso es señal de que su carne aun no le obedece perfectamente, sino que muchas veces se resiste y protesta. Aprende a sujetarte con prontitud a tu superior, si deseas tener la carne dominada. Porque más pronto se vence al enemigo del mundo, cuando el hombre está fortalecido en el espíritu. Es necesario que tengas verdadero desprecio de ti mismo, si quieres vencer la carne y la sangre. Porque aun te amas muy desordenadamente, y por eso temes sujetarte del todo a la voluntad de Dios.”

Debemos entender que solo obediencia es la que puede llevarnos a la santidad, eso sí en el sentido de obedecer a los planes de Dios y no a los caprichos humanos como ha sucedido en la historia cuando los tiranos han ordenado a sus fuerzas militares a realizar actos atroces, así pues, se puede mencionar que en tiempos de Nerón sus soldados hacían todo lo que su emperador les dictara, por eso Roma fue incendiada por ellos.

En tiempos más actuales José Stalin llevó a su policía secreta a asesinar a mucha gente de la cual el dictador paranoico sospechaba un complot. Adolfo Hitler también fue el culpable de inducir a su policía especial y a su ejército a matar a millones de judíos polacos, gitanos, discapacitados y a cuanta persona se le opusiera a sus macabros planes.

Los hechos anteriores revelan las cosas que ocurren cuando el ser humano no entiende bien el sentido de la sana obediencia, es por eso que donde falta la misma surgen las anarquías internas incluso a nivel eclesiástico, como pasó con Martín Lutero, responsable del protestantismo que tanta confusión ha ocasionado al cristianismo.

Ad Maiorem Dei Gloriam

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos