En el mundo estamos siempre expuestos a innumerables congojas, aflicciones, tormentos e infinidad de problemas. Ante esos inconvenientes, la tranquilidad, la paz y la felicidad son elementos necesarios para tratar de solucionar los lamentos humanos, aunque si profundizamos nos daremos cuenta que hay algunas diferencias en lo que comúnmente se entiende, por paz y tranquilidad.

Entonces, cuando tenemos pocas preocupaciones y nuestra vida transcurre más o menos bien en todos los ámbitos, podemos decir que estamos tranquilos, pero eso todavía no garantiza la plenitud personal. Sin embargo, se puede dar el caso de tener paz en el alma aun en los momentos de sufrimiento, pero eso depende de un alto grado de espiritualidad, en cambio hay gente que tiene dinero y no le falta nada en lo temporal, aun así son personas vacías, amargadas e infelices.

Pero, ¿existe la felicidad plena en el mundo? Eso es relativo, ya que muchos se creen felices porque viven en un ambiente de fiestas y demás diversiones, pero en el fondo esos individuos son frágiles, ante el más pequeño problema que se les presente.

Como se dijo al principio de este tema, algunas personas casi nunca han conocido la felicidad como se debe, porque el destino les ha dado más desilusiones en lugar de bonanzas, pero aun así parecen estar mejor preparadas que otros, para enfrentar las peores calamidades con paciencia y mansedumbre, sin que eso signifique ser masoquistas.
Los grandes santos de la Iglesia han sido hombres que se gloriaron (en honor a Dios) en las adversidades, ofensas y martirios, y así imitaron a Cristo en su pasión.

El gran místico Tomás de Kempis en ese sentido escribió: “Los que aman a Jesús, por el mismo amor a Jesús, le bendicen en toda tribulación y angustia del corazón, y también en los momentos de consuelo. Y aunque si Jesús nunca más les quisiera dar el consuelo de todas maneras lo alabarán y le darán gracias”.

Jesucristo dijo:La paz os dejo, la paz os doy, pero no como la da el mundo, sino como la doy yo”.

Al decir eso Jesús, se refería a la paz espiritual, y no a la paz de protocolos y ceses de las guerras, con armas tangibles. Pero la ironía de las gentes es dar premios Nobel de la paz, pero que se pierden en quimeras, en cambio cada vez que estallan los conflictos armados o actos violentos, son pocos los que entienden que para lograr al menos una paz relativa en el planeta, primero debe darse la paz espiritual.

Otra ilusión es pensar que, algún día desaparecerán las guerras, pero Jesucristo mismo afirmó que tales conflictos persistirán hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, las guerras surgen por la inclinación humana a los fanatismos étnicos, religiosos y codicias desmedidas.

Y aunque las sociedades actuales realicen jornadas por la paz y se haya creado organizaciones internacionales para tal fin, si en la mayoría de nosotros no se da un cambio sincero y sin fanatismos, esa paz total nunca será realidad.

Ad Maiorem Dei Gloria

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos