Durante muchos años se relacionó el concepto de pecado original con la sexualidad, de modo que solo mencionarlo implicaba un tema de escándalo. Sin embargo, la sexualidad como medio de reproducción biológica no es en sí un pecado (en cambio responde a la condición biológica reproductiva de los seres vivos), de hecho, los seres humanos pertenecemos a la clasificación de los mamíferos, los cuales necesitamos de la unión heterosexual. De todas formas, cuando Dios creó al hombre y la mujer, les dotó de sexualidad, por eso el matrimonio sacramental es la verdadera puerta a esa unión que será una sola carne.

Empero, hay muchos mitos y tabúes, pues se ha dicho que el sexo es algo sucio y vergonzoso.

Eso sí, el manejo de la copulación genital en las personas debe realizarse de forma moral, lo cual implica evitar la fornicación, adulterio, homosexualidad, y cualquier aberración relacionada.

Además, lo ideal es ejercer la sexualidad de forma responsable, de lo contrario, es injustificable que los seres humanos desarrollemos una genitalidad menos decorosa que los animales. Los animales en cambio solo tienen relaciones genitales para efectos reproductivos, en los periodos que la misma naturaleza impone a cada especie.

En los humanos, los ciclos reproductivos son más frecuentes, lo cual implica grandes probabilidades de fertilidad en las mujeres. También, la unión sexual debe ser el clímax de una relación de amor legítimo en el matrimonio, exclusivamente. Empero, la sexualidad humana en la mayoría de casos se da en función de caprichos carnales, de mera sensualidad o pasión, pero donde no media ningún interés altruista.

De allí que pulula la prostitución e infidelidad en las parejas; pero Dios ha dejado un código moral inscrito en la conciencia de cada persona. Aun así, nuestra soberbia nos impide atender a ese llamado.

Irónicamente, algunas personas lamentablemente justifican su promiscuidad con el argumento de que al estar divorciados están solteros otra vez, pero eso es la más grande mentira que el diablo mete en las mentes.

Otros dicen que, son víctimas de divorcio por múltiples razones, “es que mi esposo o esposa me fue infiel”, “es que ya no me llevaba bien con él o ella” o “mi suegro o suegra me destrozó el matrimonio”. Pero esas cosas no deben ser motivo para que al estar divorciados tengamos relaciones sexuales con otras personas. Además, solo es permitido volverse a casar si todavía el primer cónyuge ha fallecido.

Bien dijo Jesucristo, cuando fue puesto a prueba por los fariseos, de que el que se divorcia de su esposa o esposa y se une a otra persona comete adulterio. Y Jesús aclaró que, Moisés le dio a los judíos (por su terquedad) acta de divorcio y permiso de casarse con otra persona dado que, ellos presionaron a Moisés.

De todas formas, Jesús dijo que en el principio las cosas no eran así, por eso no debería caber el divorcio. Además, Jesucristo de forma clara expresó que quién se divorcia de su cónyuge y se une a otro u otra persona, comete pecado grave.

Entonces, esa desobediencia significa no amar a Dios aunque nos preciemos de “cristianos” o “creyentes”, y eso sí será una forma de pecado original.

Por otra parte, actualmente, muchos sexólogos promueven la idea de que la sexualidad se debe disfrutar, hasta el frenesí o placer máximo. Pero pese a que Dios dotó de bienestar carnal las relaciones genitales, aun así se debe tener mesura.

De lo contrario el homosexualismo, la promiscuidad y una serie de parafilias, se vuelven actos, donde media solo el apetito que objetualiza a los demás a una condición, de simple mercadería.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos