En la noche de las brujas, donde la fina línea separa a muertos y vivos, llamamos, bajo la luz de la luna, a nuestras antepasadas las brujas, aquellas que fueron quemadas, torturadas y asesinadas brutalmente por la inquisición, aquellas que fueron acusadas por la envidia, por el odio de gente que debió ser quemada en su lugar.

A ellas invoco para que me ayuden a mostrar el verdadero rostro del monstruo, a ellas convoco en esta noche para que mi venganza sea una sombra que ronde sus cabezas y sufran las consecuencias de sus maléficos actos.

Si no has hecho nada, no has de temer, si no has hecho nada, duerme bien, si no has dañado a nadie, para qué correr, pero si has roto el alma de un inocente, no podrás escapar, si has provocado las lágrimas de quien no lo merece, mejor siéntate a esperar, porque la venganza de las brujas sobre ti caerá sin piedad.

Esto puede ser un relato, puede ser invención, puede ser una bruja que busca venganza y protección, puede ser un texto literario, pero también puede representar el miedo en los culpables, porque quien no daña a nadie no teme ser castigado, pero pobre del que haya hecho daño, porque él sufrirá las consecuencias de su maltrato.

Por eso, a esta noche de brujas, no le pido truco o trato, pido venganza para los hipócritas que destrozan a los que intentan vivir sin hacer daño, pido que sufran tres veces más lo que hicieron e intentaron justificar con mentiras y ocultando la verdad.

Pero esta maldición solo caerá sobre los que no reconozcan su culpabilidad, sobre aquellos que no pidan perdón por su maldad, sobre los mentirosos, los que observan mientras otros convierten en escombros la vida de quien no merece tal odio. Esta maldición caerá contra los que guarden silencio por miedo al monstruo del mal, pero a ellos les digo, que los simples mortales no pueden hacer más mal que mis hermanas las brujas que desde el infierno y el cielo me ayudarán a vengar cada lágrima vertida por una inocente que intentaba sobrevivir en un inhóspito lugar, porque mi ejercito luchará sus batallas y sola jamás se hallará.

Hablad, confesad, pedid perdón, y mis brujas no os rondarán.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz