Pena añadida en el corredor de la muerte

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Jeffrey Wood espera en el corredor de la muerte desde hace 20 años. Esperar durante años a que se cumpla la sentencia es una tortura añadido a cualquier pena de cárcel. La incertidumbre de saber cuándo llegará el momento provoca en estos presos un sufrimiento conocido como el síndrome del corredor de la muerte.

En enero de 1996 Wood y Daniel Renau planearon el atraco a una gasolinera del centro de Texas. Mientras Wood esperaba en el coche, Renau asesinó al empleado del establecimiento y robó más de 11.000 dólares. “Asumen que mi hermano es un asesino a sangre fría, así es como le han marcado y así es como la gente lo ve” afirma la hermana del acusado. Su familia defiende que el hecho de no haber cometido él mismo el asesinato hace que Wood no merezca la muerte cómo castigo. Pero las leyes del estado de Texas establecen que es cómplice de asesinato y ayudó a su compañero a cometer el crimen. Daniel Renau fue ejecutado cinco años después de que se cometiera el crimen. Wood esperó durante doce años a que se cumpliera su sentencia. En 2008 el juez suspendió la ejecución sólo cinco horas antes.

Los reclusos de este corredor siniestro permanecen encerrados en sus celdas más de 20 horas al día, sin contacto con otros presos, con menos de una hora al aire libre y, en muchos casos, con muy pocas visitas de familiares. Suelen manifestar rasgos de trastornos psiquiátricos. El estrés les produce alucinaciones y depresión a la vez, ataques de pánico, dificultades de concentración, paranoias, temores persecutorios, problemas para controlar sus impulsos y distorsiones de las percepciones sensoriales. Todos estos síntomas desembocan a menudo en impulsos suicidas.

En 2014 el Comité de las Naciones Unidas contra la Tortura (CAT) consideró que la espera que sufren los condenados a la pena capital, se convierte en tortura y trato cruel. “¿No es la angustia, la incertidumbre y la larga espera ante una muerte inminente una especie de daño mental prolongado que puede equivaler a tortura?”, preguntó Alessio Bruni, relator del CAT. En febrero de 2016 Georgia ejecutó al preso de mayor edad del pabellón a los 72 años, después de casi 40 años de espera. En 2016 este estado ha alcanzado el mayor número de ejecuciones en un año desde que se reinstauró la pena de muerte hace cuatro décadas.

La defensa de Wood afirma que tiene un largo historial de problemas psiquiátricos y que su capacidad intelectual es limitada. Un psicólogo forense estableció, sin realizar un examen en persona, que los antecedentes del reo no significaban que no fuera consciente de sus actos y que el paciente presentaba grandes rasgos violentos. Sin embargo, muchos discapacitados mentales sufren durante décadas las consecuencias del citado síndrome del corredor de la muerte. En 2002 el tribunal supremo de Estados Unidos estableció que iba en contra de la Constitución aplicar la pena capital a personas con retraso mental. Estableció que en estas circunstancias se trataba de un castigo “inusualmente cruel”.

Más de tres décadas después de abolir la pena de muerte, el índice de asesinatos de Canadá se ha reducido un tercio desde 1976. En Estados Unidos han sido absueltos 150 condenados desde los años setenta, según Amnistía Internacional. Por desgracia, en varios casos la absolución llegó después de que los presos fueran ejecutados. “Ejecutar a una persona es definitivo e irrevocable y no se puede descartar nunca el riesgo de ejecutar a inocentes”, afirma la organización. Aquellos reclusos que consiguen que se conmute su sentencia pasan un proceso que puede durar décadas. Los recursos y las apelaciones son un gasto económico que muchos acusados no pueden permitirse. En muchas ocasiones la falta de recursos impide que se tengan en cuenta todos los factores posibles antes de quitar una vida.

Por: Javier González Sánchez
Periodista