Qué solitario parece este peregrinaje por los caminos de la existencia, llevando sobre nuestros hombros una alforja llena de silencios, extraviados en nuestros propios laberintos, abriendo brechas para reencontrarnos a nosotros mismos, inventando nuestros propios credos, dejando atrás, templos desolados, dejando de escuchar aquellos pasos que se perdieron sin llegar, y la ciudad donde tiritan con nostalgia las luces de los que han partido más allá de las colinas, bajo otros cielos con estrellas recién nacidas.

Peregrinamos húmedos bajo una brisa incesante; el camino es largo para los que hemos decidido viajar, abrazando en nuestra mente aquellas imágenes amadas que nos dan fortaleza para creer que en algún recodo de la ruta, nos espera una tarde vestida de arco iris, o un mar rojo que se abre para conducirnos a otro encuentro con la vida.

Peregrinos de mil años, aún quedan pretextos para converger juntos, en este delirio por vivir, para acariciar el alma con nuevos sueños, aunque hayamos llorado riendo caminando entre la niebla, añorando el aire limpio para respirar libremente; atrás quedaron nuestras fúnebres mañanas sin sol, y los crepusculares atardeceres de confusión.

A pesar de que la muerte dejó de ser un fantasma lejano, aún podemos crear en nuestra mente un columpio para dos, para sentirnos vivos, para poder mirar desde mañana brillantes puestas de sol, y creer que el abandono es falso, y que siempre habrá motivos para construir hasta con palabras, puentes de unidad y de amor.

Hemos experimentado con dolor, la dualidad de todo el universo,
El amor y el desamor,
amando y dejando de amar.
El bien y el mal,
construyendo y destruyendo,
la justicia y la injusticia.
La muerte y la vida,
cesar de respirar,
Cuidarme y cuidarte,
porque proteger es amar;
aunque el mundo esté lleno de soberbios,
por amor vale esperar, hasta
que despertemos juntos,
a un nuevo comienzo sin final.

Es una hora luminosa para creer que no es el final del camino, que el viaje es largo, y que dura toda aquella vida que somos capaz de vivir, gestionando su verdadero sentido en esta imperiosa necesidad de adherirnos a ese plan divino que es más que perfecto, en el interminable ciclo de la vida.

Por: Lucy Angélica García Chica