Mientras del oficio está dicho que es aquella actividad que para su ejercicio no requiere de estudios formales; de la profesión se dice que para su ejercicio laboral se requiere de una determinada formación académica; conceptos que bien confluyen para identificar con claridad que el ejercicio del periodismo puede caer en alguna de estas dos circunstancias como actualmente sucede en Colombia donde el ejercicio periodístico se convirtió en una labor que bien puede desarrollar cualquier ciudadano.

El libre ejercicio del periodismo, no es un capricho, no; se da como consecuencia de una decisión de la Corte Constitucional que determinó que para desempeñarlo no era necesario acudir a una universidad para graduarse como tal, ni para ejercerlo se requería de una tarjeta profesional como lo establecía la Ley 51 de 1975.

El trascendental fallo que tuvo como ponente al magistrado Carlos Gaviria, y que tumbó el obsoleto Estatuto del Periodismo, argumentó que la libertad de expresión es un derecho fundamental protegido por la Constitución Política, y que no podía ser coartado ni tampoco ser de uso exclusivo entre quienes ejercen la labor de informar, ni del hecho de poseer o no una tarjeta profesional.

Con todo lo anterior quedan más que claras las indiscutibles reglas que regulan el ejercicio libre y legal del periodismo en Colombia; normas que obviamente tendrán que ir ligadas a las cualidades que hoy escasean en el mismo, y que son, como bien dijo el fallecido Javier Darío Restrepo, que el periodista debe ser ante todo una buena persona, apasionado por la verdad y la objetividad, también, que debe ser ante todo, independiente, ético, honrado, honesto, pero, así mismo debe tener presente que debe ser un fiscal del poder y no sentirse o creerse que él es el poder.

Pero antes que las normas posteriores a la Constitución del 91 dejaran claro que el periodismo, como oficio, es una actividad que para ejercerla no requiere de la talanquera de una tarjeta ni haberse formado como tal, este antiquísimo ejercicio de la libertad de expresión ha sido desempeñado con lujo de detalles a través de la historia por personas de disimiles profesiones, y que no lo han hecho, precisamente, por haber fracasado en ellas, como algunos de manera irrespetuosa e ignorante opinan.

En Colombia, las letras del periodismo han brillado por personas que siendo de formaciones académicas diferentes a éste oficio, lo han enaltecido.

¿Podría decirse de García Márquez que fue un fracasado abogado que incursionó en el periodismo? ¿O podría decirse lo mismo de otro, también abogado, como Jaime Garzón? ¿O de Juan Gossaín Abdala formado inicialmente como contador público? ¿O de Javier Darío Restrepo, el decano de la ética del periodismo, al que llegó después de 17 años de ejercicio en el sacerdocio católico? ¿O del zootecnista Guillermo Prieto La Rotta, “Pirry”? ¿O del ingeniero químico Hernán Peláez, quien llegó al periodismo después 10 años de éxito profesional en la Shell, Esso y Carboquímica?

Tampoco podría decirse los mismo del exitoso periodista deportivo, Cesar Augusto Londoño como un profesional fracasado de la arquitectura; ni del dactiloscopista, grafólogo criminal y toxicólogo Carlos Antonio Vélez.

¿Y qué decir de los prestantes columnistas como el ex magistrado, Carlos Villalba Bustillo, o de Melanio Porto Ariza?; ¿o de los abogados Rafael Vergara Navarro y Danilo Contreras; ¿o de los médicos Darío Morón Díaz y Henry Vergara Sagbini?; ¿o del sacerdote Rafael Castillo, del ingeniero Juan Conrado Ovalle, del docente Benjamín Maza Buelvas, del ingeniero químico Raúl Porto Cabrales, o de Edgard Perea, descubierto siendo tornero en Mamonal?

Finalmente, dijo Jackson Brown: “La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento”.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018