Ser inmigrante significa muchas cosas, venir de allá y cargarse un pedazo de la patria que nos vio nacer, guardarlo en el bolsillo para apretarlo cada vez que nos sentimos solos, sacarlo y pegar sus otras partes con la imaginación y los recuerdos de todo lo demás dejado atrás, para volver nuestro rostro un paisaje de añoranza y los ojos una luz hacia el horizonte que titila murmurando un ¡espérame! o ¡hasta pronto!

Y es que en el momento que dejamos ese gran amor con los pies llenos de caminos de todo lo vivido y recorrido, significa entonces arrastrar las flores de las semillas que nos quedaron en los pies, y que nunca dejarán de germinar para abonar y abrir nuevos caminos.

Siempre y es claro que uno es amante de su patria, pero cuando se es inmigrante es permitido tener dos amores, sí, al comienzo no pareciera posible, la nostalgia se empeña en arrebatar ese romance, enlodar y aislarlo detrás de un cristal nublado y sudado en sentimiento, pero con el tiempo uno se da cuenta que a la patria se le lleva por dentro y allí permanece grande, tan grande, tanto que se escapa en la respiración, en el perfume de la piel, en la sonrisa matutina, en la mirada de montaña y sol de la mañana y en la mano que dijo alguna vez adiós y que luego al acariciar el pecho compungido y sin darse cuenta ya se traía a la patria que se metió muy adentro para abrazarse por siempre con el alma.

El otro amor, el país al que llegamos ingenuos de su cariño, y al cual nos acercamos despacio, es el que nos comienza a conquistar desde nuestros primeros pasos sobre su tapiz de líneas y estrellas, de sonidos y ecos de bienvenida.

¿Y quien no quiere ser conquistado con pasión y por arreboles distintos con colores de asombro y novedad?, ¿Por un mar de olas con sabor extranjero y un lenguaje atrevido que nos coquetea en el oído?

Así comenzamos a ceder por su insistencia, ¿difíciles? sí somos, inmigrantes con la patria abrazada al alma y con las manos vacías, pero de corazón amplio con dos curvas para entrelazar dos soles y dos lunas que aprendemos a contemplar desde distintos ángulos y que terminan en un solo pico apuntando a un mismo suelo.

A mi regreso

Te contaré a mi regreso
mi vida de emigrante,
no soy geógrafa,
pero te puedo describir
las fronteras
de la nostalgia y el olvido.

Me gradué de compatriota,
con las raíces más profundas
en tu suelo.

También te puedo cantar
los himnos omniscientes,
que el mar le susurraba
a mi corazón viajero.

Y si te fijas…
traigo una lágrima seca,
con el recuerdo
de los desterrados
con las alas rotas,
y los peces del río dulce,
ahogados en el mar.

Mi luna extranjera

¡Ha venido mi luna
desde lejos…
mi luna ahora
es extranjera!

Errante…
atravesó el laberinto
en los cielos,
de las nostalgias
y los quereres,
y ha llegado a mi
encuentro.

Lirio de marfil,
fina lumbre
en mi sombra encogida,
y brújula de mis sueños
inasibles,
como en un rito hoy al fin
nos contemplamos,
en ese cristal que el mar
sostiene con temblor.

¡Ha venido mi luna
desde lejos…
mi luna ahora
es extranjera!

Caminos

Llego a ti por la nostalgia…
por el aroma de la navidad en el frío,
y el árbol níveo coronado con estrella.
Por el trenecito errante sin destino,
y el vino de las uvas extraviadas.

Llego a ti por la soledad…
por la última hoja del árbol desnudo,
y un caracol acunado en la arena.
Por un libro abandonado de versos,
y una guitarra huérfana.

Llego a ti por la melancolía…
por el llanto irreverente de la lluvia
y el eclipse mudo y timador
de las estrellas.

¡Cuántos caminos para llegar a ti
mi patria!

Evocación

¡Yo que he rodado en tus montañas
con la risa suelta,
y abrazando fuerte a la niña en mí!

¡Yo que te he caminado mi patria!
¿Qué te puedo decir?

¡Que aún en el exilio,
en el vago viaje de mi cuerpo
en la distancia,
y a pesar de las fronteras
no existe en mí el olvido,
y recorro el camino errante
de mis pasos,
siguiendo a mis huellas en reversa!

Otro bosque

¡Debajo de mí se tumban mis hojas
para alcanzar a navegar en otros ríos,
pero mis flores se conservan coloridas
y fragantes prendidas en sus ramas!

¡Soy un árbol sembrado en otro suelo
aferrado a sus raíces,
soy semilla de otra tierra,
a la que clama el viento desde el sur
de sus llanuras!

¡Un bosque me acompaña
y se asemeja a mi jardín!

¡Pero no es el mío,
no, no hay bosque igual al de mi patria,
porque sus ojos son azules,
y negros son como la tierra pura
los de mi bendita patria!

Por: Hedda Ibarra

Reseña bibliográfica de Hedda Ibarra

(Bogotá, Colombia). Poeta, periodista y diseñadora gráfica radicada en Estados Unidos. Ejerció el periodismo en su país natal como cronista y fotógrafa en periódicos locales, también fue columnista en algunas revistas de actualidad. Es eterna apasionada del infinito mundo literario, confiesa: “Amo y ha sido desde siempre mi pasión escribir todo sentimiento que germina del alma y compartirlo con mis lectores, mis compañeros en este viaje al corazón”, por eso Hedda, desde hace unos años emprendió la aventura un tanto compleja pero muy satisfactoria de trabajar ardua y profesionalmente en la edición y publicación de sus propios libros y convertirse entonces en este amplio, versátil y maravilloso mundo de letras en una autora independiente (Indie).

Es autora de los libros Un Jilguero en otra rama (2018), una colección de poemas migrantes en los que logra plasmar su nostalgia y añoranza al verse y sentirse lejos de su patria. Prosa de caracola bajo la luz de mi velero (2018), versos donde manifiesta sentimientos puros y profundos hacia su familia, la naturaleza y su entorno. Rosas en la piel y mariposas en el vientre (2018), ricas metáforas arriesgadas pero sutiles abrazadas al erotismo y con la manifestación divina de la piel y el alma en éxtasis. Siempre un girasol (2020), una compilación poética latinoamericana en tiempo de pandemia.

Todos estos de venta en Amazon, Barnes & Noble, Mercado Libre, Walmart, Good reads, EBay, AbeBooks Marketplace, Books-A-Million, etc y algunas librerías locales.