Inmigrante

Sigo bebiendo,
patria mía y bendita de tus hijos,
la fuente de tu arroyo,
aunque lejos me encuentre.
Duermo vigilante
en esta cama de sueños compartidos,
pensando en la avidez
de que nos volvamos a encontrar.
He llegado de la frontera estancada
a construir los rieles de mi estación,
los rieles de un tren que nunca veré pasar.

Fronteras

De qué han servido las fronteras
si no has podido delimitar
la furia del hambre
en el estómago
de los pueblos.
De qué han servido las fronteras
si las largas marchas de los pueblos
son huellas perpetuas
en los cuatro puntos cardinales
para volverse un canto universal.
De qué han servido las fronteras
si las migraciones humanas
han sido un auge milenario y detenerlas,
solo ha dejado interrogantes.
De qué han servido las fronteras
si las necesidades colectivas
tienen diseño definido.
De qué han servido las fronteras
sino para la embriaguez desmedida
de dictaduras y gobiernos de brazos caídos.
De qué han servido las fronteras
si la línea divisoria ha sido un muro construido con los cimientos ficticios.
De qué han servido las fronteras
me he preguntado esta noche

 Camino tropezado

Cruzan las fronteras,
aunque parezcan vallas metálicas y muros imposibles.
Nadie los detiene.
Empapados en sabanas de incertidumbre
en el grosor de vivencias que no escogieron.
Caminan uno tras el otro,
apesadumbrados por veredas inciertas,
queriendo no dejar huellas para no ser identificados,
pero no se dan cuenta que son huellas imborrables las de ellos.
Brillan sus pasos sin permitir que los erosione el tiempo.
Dejan la patria, dejo mi patria.
Queda invisible todo el inicio planeado con vigor,
un enjambre de ilusiones
para verlas florecer como
el polen que se llevó el tiempo
tan rápido como hoja seca en verano.
No hay dolor más grande
como el dolor de dejar la patria.
Cruzan el umbral de lo desconocido,
el precipicio no deseado.
Son perseguidos
por la ferocidad del tiempo que los eligió.
Van quedando los sueños dispersos
en ambos lado del camino.
Se desvelan
porque son ojos que despertarán en otra patria.
Pasan con la mirada turbada,
viendo el horizonte hacia abajo,
bailando el cortejo de la canción que no han escuchado.

Indocumentado

Soy uno más
sin documento que me identifique
en esta patria tuya.
A veces no creen en mi nombre
porque no está impreso.
¿Por qué no volteas la mirada
para entender mi causa?
¿Por qué de primero juzgas mal
acusándome de ensuciar la alfombra
de tu jardín?
No estoy aquí porque quiero.
El tiempo y el destino
me han jugado una mala pasada
sin quererlo.
Ya no celebren cumbres de Estado
ni citen tratados sobre migración de
ocultas malas intenciones.
Da igual o no, buscar políticas justas
para los inmigrantes
si me señalan el camino sin regreso.
Para qué seguir hablando por hablar
si emergen
para defender lo que
hacen ustedes mismos, indefendible. 

Allá

En el infinito azul poblado de silencio
germina la nostalgia apresurada
para no olvidar aquella cercanía de mi patria
yaciendo embriagada de distancia.
Indetenibles vuelan los recuerdos
como pétalos asiduos en medio de la nada.
Envíame el gozo de tus labios,
aunque sea en las alas de un sueño
que nunca supo de su desvelo.

Sobre el autor:

Fabio Mendoza Obando

Fabio Mendoza Obando (n. 11 de mayo). Es escritor, periodista, locutor, poeta y columnista internacional nicaragüense residente en Costa Rica. Su pasión por la lectura y la escritura despertó desde muy joven.  Escribe poesía, relatos, crónicas, prosa y artículos de opinión. En su obra literaria aborda diferentes temas, actuales e interesantes. Parte de sus escritos han sido publicados en distintos medios nacionales e internacionales, digitales e impresos y antologías Latinoamericanas. Es autor de varios libros de poesía y narrativa inéditos. Tiene una Mención de honor  en el género Periodismo del Concurso “Notas migratorias Cesar Vallejo 2020”.

Es autor del poemario inédito Huellas perpetuas de un inmigrante, prologado por el escritor y poeta Carlos Javier Jarquín, en el siguiente enlace puedes leer este prólogo, el epílogo lo escribió la escritora, poeta y periodista de origen colombiano Hedda Ibarra. El pintor nicaragüense Jonathan Blandón es el autor de la portada de este estupendo poemario.