El pasado jueves, la marina china apresó un dron submarino de losEEUU que navegaba en aguas internacionales, a unos pocos kilómetros de Subic Bay, una base naval de los EEUU en Filipinas, pero agua que China considera el ‘mar del Sur de China’, que le pertenece por motivos históricos, alegación que ha sido desechada por la justicia internacional. El presidente electo Trump afirmó en su cuenta de Twitter: “La marina china roba en aguas internacionales un dron de investigación a la armada de los EEUU, trasladándolo a China en un acto sin precedentes”.

Mucho analista se plantea si dicho incidente es un aviso de China ante un posible endurecimiento de la política de EEUU hacia China que preconiza el incierto Trump. Así, este último avisó durante la campaña electoral que declararía a China un país “manipulador de divisas” (gesto que no presenta muchas consecuencias prácticas), y que introduciría aranceles sobre ciertos productos chinos. Tras su victoria, Trump, atendiendo una llamada de felicitación de la Presidencia de Taiwán, ha roto el consenso en política exterior norteamericana desde la época de Nixon, la llamada ‘doctrina de una sola China’, que implica reconocer solo al régimen de Beijing pero defender a Taiwán sin tratar a esta última directamente.

A su vez, el líder chino Xi Jinping, que ha reforzado su poder personal hasta cotas sin precedentes desde Mao, ha roto la tradicional política exterior china marcada por Den Xiaoping, que evitaba gestos hostiles hacia el exterior y se concentraba en el fortalecimiento económico. Así, los incidentes fronterizos con países vecinos como Japón, Filipinas o Vietnam se han multiplicado a medida que China ha intentado ejercer una posesión ‘de facto’ de muchos islotes, artificiales o naturales, localizados en lo que China considera son sus ‘aguas históricas’, islotes en los que China poco a poco va desplegando capacidad militar, algo relevante si se tiene en cuenta que por el Pacífico transitan unos cinco billones (españoles) de dólares anualmente en comercio.

Recientemente, la fuerza aérea china ha multiplicado sus misiones en zonas disputadas y ha realizado ejercicios de entrenamiento con bombardeo real muy cerca de Okinawa en Japón y de la isla de Taiwán. Como ejemplo, el pasado lunes señalaba el ‘The Wall Street Journal’ cómo la fuerza aérea japonesa había tenido que interceptar el año pasado a aviones de guerra chinos en 571 ocasiones, en comparación con 96 intercepciones en 2010. La situación es especialmente delicada si se tiene en cuenta que no solo China está dirigida por un nacionalista, sino que también Japón, Rusia, EEUU o la India, o sea, las grandes potencias del Pacífico, lo están, y en ocasiones pequeñas escaramuzas pueden provocar una espiral que podría germinar en una guerra.

Graham Allison, decano fundador de la Kennedy School de Harvard, y famoso experto en geopolítica, planteó hace más de un año en ‘The Atlantic’ la hipótesis de la “trampa de Tucídides”. El gran historiador griego, hace 2.400 años, expuso en su libro ‘Historia de las guerras del Peloponeso’ que la combinación de una potencia hegemónica y otra en ascensión desemboca en guerra, debido al temor que la segunda infiere a la primera en su proceso de ascensión. Así, la potencia hegemónica entre las polis griegas del siglo V fue Esparta, que contempló son susceptibilidad cómo Atenas ganaba un enorme poder político, cultural y militar durante dicho siglo.

Esta tensión desembocó en que un incidente menor, en este caso una disputa entre dos ciudades de poca importancia, una aliada de Esparta y otra de Atenas, desembocara en la guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas y a Esparta, junto a sus aliados, y que acabó a finales de siglo con la derrota de la primera y la ocupación por fuerzas espartanas de la Acrópolis. En palabras de Tucídides, “fue el ascenso ateniense, y el temor que inspiró en Esparta, lo que hizo inevitable la guerra”. Paradójicamente, Esparta mantuvo poco tiempo su hegemonía, ya que a los 20 años fue derrotada por Tebas, que a su vez fue pronto arrasada por la Macedonia de Filipo y Alejandro Magno.

Al final, la guerra por la hegemonía para nada.

Graham Allison expone cómo se pueden identificar en los últimos 500 años 16 situaciones similares de una potencia ascendente infundiendo temor a la hegemónica. Doce acabaron en guerra, incluyendo entre otros a los Habsburgo desafiando a la Francia de los Valois, a la Francia napoleónica desafiando al Imperio británico a primeros del siglo XIX, o al Japón Meiji derrotando a la Rusia zarista en 1905.

Con todo, el episodio más terrorífico lo ilustra la enorme carnicería que se generó durante la Primera Guerra Mundial. Mucho analista exponía cómo el riesgo de conflagración era limitado, debido al enorme comercio internacional y las profundas relaciones económicas entre Alemania y Reino Unido. Como señaló el Káiser Guillermo II en una visita a Londres en 1910, “es inviable una guerra con un país al que adoro tanto”.

Los analistas se equivocaron, y el asesinato del heredero al trono del Imperio austriaco desencadenó un diabólico desenlace de alianzas tejidas desde la época de Bismarck que generó la trágica estupidez colectiva que dejó 20 millones de muertos y el final de la hegemonía de Europa en el mundo, incluyendo la del Reino Unido y la de Alemania.

De nuevo, gran paradoja ante la trampa de Tucídides.

Los chinos han anunciado que devolverán el dron, y un porcentaje enorme de americanos concuerda en que no quieren que el país se inmiscuya en aventuras exteriores, así que esperemos que los “incidentes sin importancia” acaben precisamente así, sin importancia.

Sin embargo, el estudio de la historia nos enseña que muchas veces dichos incidentes ‘aislados’ desembocan en el mayor fracaso del colectivo humano: la guerra.