Presidenta o Presidente, ¿Cual es correcto?

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La ex presidenta argentina Cristina Fernández

La palabra presidenta tiene 117 años de uso. Se la encuentra documentada en diversos escritos, por lo menos desde el siglo XVII, aunque apareció en el Diccionario de la Real Academia Española ─RAE─ en 1899 con los significados de ‘la que preside’ y el sentido coloquial de ‘mujer del presidente’; desde 1992 figura con los significados adicionales de ‘presidente, cabeza de un Gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.’; y ‘presidente, jefa del Estado’.

Sin embargo, por desinformación, o por desactualización en asuntos relativos a la evolución del idioma, muchos hispanohablantes se «escandalizan», y hasta rasgan sus vestiduras, cuando escuchan y leen la palabra presidenta en los medios de comunicación. Dicen que ella no debe usarse, y se atreven a atacar con epítetos ofensivos a quienes la emplean para referirse a las mujeres que presiden algún estamento, aunque sea su propio hogar.

Así, por ejemplo, lo hace un mexicano que dice ser licenciado en Literatura y Español. Según él, el vocablo presidenta es incorrecto. Y para censurarlo ─hasta pide no usarlo dizque ¡para no ser incultos!─ hace un análisis traído de los cabellos, que ni vale la pena citar, porque eso significaría hacerle el juego a la tesis con que él desorienta a las personas ávidas de saber cómo se aplica el femenino de presidente.

No parece haberle servido de mucho tanto «estudio» al crítico. Escribe, además, con soberbia; su estilo es impositivo y maltrata a los demás llamándolos ignorantes. ¿Será él una eminencia exenta de errores? ¿Será infalible, como Dios? El tal «licenciado», por lo demás, se introduce en argumentaciones carentes de sustento lingüístico al hacer comparaciones con locuciones que nada tienen qué ver con el uso de género en asuntos idiomáticos. Para contradecir a quienes usan el término presidenta, el «manito» hace una analogía al poner como ejemplos que, entonces, deberá también decirse y escribirse: «besitas», como femenino de besitos; «saludas», como femenino de saludos; y añade que no se debe decir licenciado en castellano, sino en «castellana»; ni licenciado en literatura, sino en «literaturo», en una alusión egocéntrica a su título académico. ¡Una fanfarronería con rustiquez incluida!

Y, luego, remata advirtiendo que un mal ejemplo sería decir: «La pacienta era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas y también atacanta, y la velaron en la capilla ardienta ahí existente». ¡Qué ocurrencia absurda!
Comparar la aplicación de femeninos en sustantivos y adjetivos que lo admiten con los que no los tienen, es un craso error. Desconoce el «licenciado», por lo que se nota, la existencia de los vocablos ambivalentes, es decir, que se usan con sentido masculino y femenino: paciente, estudiante, adolescente, sufriente, integrante, ardiente que él, ingenuamente, cita en su ejemplo.

Se infiere de semejante «tesis» que el señor del país de sombrero de ala ancha ignora la normativa lingüística existente en español. Y borra de un plumazo (¿o de un tequilazo?) lo que preceptúa la Real Academia Española ─RAE─ en su Diccionario panhispánico de dudas sobre la materia que nos ocupa. Veamos:

«Presidente. ‘Persona que preside algo’ y, en una república, ‘jefe del Estado’. Por su terminación, puede funcionar como común en cuanto al género (el/la presidente): «La designación de la presidente interina logró aplacar la tensión» (Clarín [Argentina]). Pero el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico presidenta: «Tatiana, la presidenta del Comité, no le dejaba el menor espacio». (Álvarez Gil – Naufragios [Cuba – 2002])».

Con la actualización de su diccionario electrónico la RAE incluyó también el vocablo que tanto inquieta a muchos:

Presidenta:

  1. Mujer que preside.
  2. Femenino de presidente (cabeza de un Gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etcétera).
  3. Femenino de presidente (jefa del Estado).
  4. Femenino coloquial, mujer del presidente.

Las lenguas son cambiantes, mutan de manera constante. Se forman por el arraigo que las palabras tienen entre los hablantes. Lo que hace la RAE no es inventar vocablos, sino incorporarlos a las nuevas ediciones de su diccionario a medida que esas palabras cobran fuerza por su uso; y tras verificar que tengan asidero lingüístico.

Queda claro, entonces, que no es cierta la «cátedra» soberbia de aquel mexicano, ni la que otros sostienen, sin el necesario coraje para identificarse.

Así que sigamos escribiendo y diciendo, sin ningún complejo de culpa, por ejemplo:
«La presidenta de la ‘Asociación de deslenguados’ se opuso hoy a que la llamen como si fuese un hombre».

«Hay presidentes que producen dislates, así como hay presidentas de faldas bien puestas».

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