Unas 2.500 millones de personas en todo el mundo no pueden acceder a ningún tipo de préstamo bancario por sus bajos ingresos, según el Banco Mundial. Uno de los compromisos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas consiste en aumentar el acceso a los recursos y promover la inclusión económica y financiera de las personas en los países más empobrecidos. Los microcréditos nacieron con la esperanza de convertirse en una herramienta de lucha contra la pobreza y la falta de oportunidades. Este modelo funciona con éxito en muchos países, pero la especulación y el creciente interés de bancos y prestamistas han eliminado el fin social y endeudado en exceso a muchas familias.

Desde el año 2001 se dado microcréditos por valor de 35.000 millones de dólares sólo en América Latina. Los intereses a pagar por estos préstamos son más de un 75% y en algunos casos alcanzan el 90%. En quince años las organizaciones que realizan préstamos a las personas más pobres se han multiplicado por seis, y según el Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin) sólo el 31% de estas son organizaciones sin ánimo de lucro.

“Antes a la gente pobre nadie les daba nada, porque creían que no eran rentables”, señalan desde el Fomin, al mismo tiempo que advierten que muchos prestamistas se aprovechan de la garantía de devolución. Según el Banco Santander, la morosidad en los microcréditos apenas alcanza el 3%, mientras que en la banca comercial, aumenta al 5,2% del total del mercado.

El premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, uno de los impulsores de los microcréditos, alerta de que en muchos países, sobretodo latinoamericanos, se ha desarrollado un modelo que se centra más en el enriquecimiento de los prestamistas que en el desarrollo de las comunidades más empobrecidas: ‘’algunas personas tomaron la idea y la usaron para hacer mucho dinero para ellas mismas […] los microcréditos se crearon como un negocio social, para ayudar a las personas y no para aprovecharse de ellas’’.

Aún existen entidades y proyectos sociales que no han olvidado la finalidad de los microcréditos. “Con la crisis, mucha gente ha empezado a buscar alternativas para que sus ahorros no beneficien a los de siempre, sino que tengan un impacto social beneficioso para los más necesitados” afirma David Díaz, coordinador en España de Oikocredit, una entidad que recauda dinero gracias a personas que deciden aportar una cantidad a un fondo común que se distribuye a personas emprendedoras de países empobrecidos con un bajo interés.

Este modelo no garantiza el éxito inmediato, sino un esfuerzo continuado que ayude a las personas a alcanzar los derechos sociales que les pertenecen, de forma especial a mujeres, que son las mayores beneficiarias de estos microcréditos.

A pesar de la dificultad que supone, los bancos deben replantearse el modelo en el que otorgan estos préstamos, para evitar que la pobreza se transforme en deuda, y hacer de los microcréditos una herramienta para combatir la pobreza y garantizar mismas oportunidades.

Por: Óscar Arranz Videla
Periodista


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