Tras los procesos coyunturales generados a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, por solo citar la independencia de los Estados Unidos, La Revolución Francesa y los movimientos independentistas iberoamericanos, permitieron crear un panorama múltiple y diverso en ambos hemisferios (oriental y occidental), lo que vislumbró la necesidad de conformar sistemas públicos educativos. Como respuesta a ello, la educación pública empieza a jugar un papel fundamental en la trasformación del hombre, pero enfocada a grandes cantidades poblacionales. Es el siglo XIX el momento en el que la temporalidad espacial le dicta a la educación un papel “homogeneizador”. Se tiene pues que los sistemas públicos de enseñanza no son nada más que, “(…) conjuntos de instituciones de amplitud nacional destinados a ofrecer al menos una enseñanza elemental al conjunto de los habitantes de un territorio cuya organización corriera a cargo del estado” (M. Acher, 1979).

Ante este panorama puede considerarse que el anterior discurso toma fuerza en América Latina como una de las grandes necesidades de la región. Pero, ¿para qué enseñar modales? ¿Cuál era la necesidad de la educación durante este periodo? Es importante expresar que la palabra educación es sinónimo “instrucción” en esta escala temporal. Ella, se consolidaba como un vehículo para que los individuos adquirieran derechos y deberes, modales y la conformación del ciudadano. Dictar a la población como ciudadanos era entre otras cosas homogeneizarlos hacia esa nueva conciencia doctrinal.

Lo anterior, se fundamenta en mirar como la iglesia juega un papel fundamental, se alza como uno de los bastiones para la conformación de la nación colombiana. Por ello, se disponen monasterios donde se instruye al individuo de la forma en como ellos debían concebir la lectura de la sociedad en la cual se encontraban inmersos. (Quiceno, Humberto, 1988). Homogeneizar e instruir permitiría que los ciudadanos no crearan actitudes o posturas críticas frente a los procesos sociales, económicos, políticos y culturales de la época. Aquí aparece el concepto de patria, se instruye para que la población tenga un apego a los símbolos nacionales. Rendirle culto a las grandes gestas y a los próceres dictaba generadores de tradición e identidad. (Tovar, Bernardo, p 125 – 169).

Además, en medio de esta situación aparece el registro pedagógico promulgado por la iglesia que llevaría a vigilar aún más la población. Guardando la proporción del tiempo y las coyunturas espaciales, la anterior apreciación puede mirarse en otras categorías a lo que llama Michel Foucault y Jeremías Bentham, “el panóptico”. Es decir, la escuela en este momento es un ente que vigila y castiga a los que no están de acuerdo con su doctrina y su método de instrucción pública y quien asume en el aula o lugar donde se imparte la clase debe ver y observar todo, debe ser generador de una conducta dócil y moralmente instruido. Entonces debe preguntarse ¿para que se enseña moral en el aula? ¿Homogeniza o no a la población hacerlo?

En ese mismo orden de ideas, otro mecanismo que ha permitido que la educación homogenice a la población y la instruya desarmándola y privándola de poder cambiar las estructuras mentales colectivas de los individuos, podría ser el manejo de la “libertad”. Y es que las escuelas fueron y han sido portadoras en lo largo de los años de ese gen que corta toda opción de ser libre y diferente. Vigilar y ver todo lo que ocurre dentro de ella no solo en los años de 1827 sino en la actualidad ha generado numerosas propuestas frente a ello.

Y, ¿en la escuela se permiten vincular procesos que den nociones de la realidad en aras de poder ser actores activos en el medio por parte de sus estudiantes? Si se mira a la escuela de siglos atrás con la escuela actual, posicionándola como una policía educativa pocos son los cambios que existen, y que guardando las proporciones temporales le atribuyen más características a esta concepción. Es pues, que la religión la moral y la salud son atributos de esa policía educativa que vela y observa todo, sin dejar espacio a la interacción y al cambio de raciocinio en busca de formular posturas críticas ante la sociedad. (Foucault, Michel, 1996, p. 132).

Cuando se establece una infracción a esa policía educativa automáticamente se genera un crimen (Foucault, Michel, 1996, p. 133), así, para que haya una infracción debe existir una ley formulada. Ante los manuales de conducta y las restricciones que brinda la instrucción pública educativa de antes y de ahora, se penaliza a quien difiera de ella. Entonces, como se piensa en buscar multiplicidad de ideas y posturas distintas si la misma escuela prohíbe, excluye y penaliza en últimas a quienes lo hagan. Sin duda este es otra premisa que sustenta la idea que la escuela a lo largo del tiempo no ha cambiado esta situación. Dicho en palabras de Rousseau, el criminal es aquel individuo que ha roto el pacto social.

Para el caso de Colombia, se han generado proyectos educativos que solo se han quedado en hojas y líneas bien redactadas. Generan expectativas cuando se lanza un nuevo proyecto escolar, pero hay poca disposición de que esos proyectos sean verdaderamente acatadores de la realidad de nuestro país. ¿Por qué no vincular a estos proyectos la participación de los padres y la familia en general, profesores, estudiantes y distintos actores en la escuela? Es aquí donde entra a jugar el papel de director en la reforma a la educación, su función frente a estos proyectos se ve empañada por la falta de compromiso en muchos casos, como también por la falta de recursos que el gobierno destina; por tal razón ellos están sujetos al cambio. Se deja en al aire el siguiente interrogante ¿ejercerán funciones de inclusión y cambio los directores?

Por: Edwin Nieto Olivo.