Hoy he visto en la mañana los ojos azules
de la vida, desde esta tierra de visión negra,
y de pronto me sentí consolado de ese don,
el de poder nacer nuevamente en mí mismo,
y el de morir que empieza pues por vivir.

Me sentí tan bien, que me puse en camino,
a soñar con la poesía que me resucita,
y a vivir despojado de toda apariencia,
que uno ha de ser para sí y para todos,
el aliento del primer paso hacia la sonrisa.

Reconozco que nadie puede consolarse
a si mismo, requiere de nuevos tonos y timbres,
al menos para darse aire y para sentirse viento,
que todo lo azota, pero también lo revive
y purifica, pues al fin del barro florecemos.

Miremos al Crucificado, veámonos en Él,
notémonos y ensanchemos los brazos por doquier,
empequeñezcámonos, pues nada somos,
sin su consuelo, que es lo que nos da fuerza,
con su antorcha de verbos y germen de versos.

Tras la fortaleza de un corazón abierto,
siempre está Dios que nos seca las lágrimas,
y nos humedece el espíritu de ternura,
pues amando mucho, es como se aprende
a perdonarse, cada cual consigo y los ajenos.

Y una vez donado a los demás, uno posee
el consuelo de dar sentido a su existencia,
de que nada es demasiado transcendente,
salvo los abrazos de un ser entregado al otro,
que quién se entrega sabe lo que es sufrir.

Pero siempre se reanima y jamás se ahorca.
Busca y rebusca un escape en la amalgama
de su llanto, con el llanto de su análogo,
y el dolor del que espera, el abrazo de un ser,
o el tedio del que se desespera, porque no halla.


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