No hay futuro sin verse en los pasos del ayer,
ni el ayer cohabita sin mirarse en el andar del hoy,
ni el hoy es nada sin volverse al verso que fui.

Porque uno es historia y presente de un camino,
pero también tránsito y germen de un sentimiento,
romero de un aire que anima y nos reanima el ser,
penitente de una cruz que nos convoca a la poesía.

Somos, si es que somos algo, fruto de nuestras raíces,
raíces que son de Dios y a Dios han de regresar,
raíces que en adelante son la belleza que nos sustenta,
pues sin esplendor todo el encanto del caminante
deja de ser esencia para convertirse en vaho que pasa,
sin amor alguno y esta es la desgracia del no ser,
o del no saber crecer con fuerza propia y trascender.

Él, Creador de nuestra energía, nos llama siempre,
a darlo todo y a donarlo a la luz que nos alienta,
a no envejecer con el tiempo, sino a ganar verso,
a ser como antorcha radiante y perenne lámpara
de un solo fuego, que llamea a pesar de los vientos,
de tantos momentos oscuros vividos y de tantos
desconsuelos hallados en medio de un mundo cruel.

Mirémonos, nos hace falta salir para los demás,
es mucha gente la que nos insta al auxilio del día,
que el Señor nos ayude a entendernos, a ver lo justo,
a ser nadie y a ser todo, a ser vida a pesar del dolor.

Igual que la flor del almendro, repongámonos al alba,
seamos como ese aire  liberador, rompedor de cadenas,
repartidor de sueños, puesto que la eternidad nos espera.

Por: Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba Herrero