Mis sentidos comenzaron a salir del letargo en el que sin saber cómo se habían sumergido. Mis ojos no se abrieron, pero mi cuerpo se sintió flotar al igual que mi larga y rizada melena rubia, mi paz fue sustituida por una agitación extraña y la mente me jugó una mala pasada rebobinando mis recuerdos hasta las últimas imágenes en las que únicamente veía sangre.

Mi subconsciente se negó a recordar aquella escena dantesca que luchaba por aflorar, y volvió a la fiesta de una amiga de la universidad a la que no le caía demasiado bien y que extrañamente me invitó. Hubiera preferido quedarme en el piso de alquiler que compartíamos Susana y yo, viendo películas de esas melosas y románticas que tanto nos gustan, pero mi amiga insistió en que fuéramos, estuvo todo el día alegando mil motivos para convencerme, pero el que realmente hizo que me decidiera fue el hecho de que era nuestro último año de carrera y aún no nos habíamos estrenado en una de esas fiestas locas en las que se te olvida hasta el nombre. Por cierto, mi nombre es Alexa, y durante todos los años de mi carrera de medicina había podido ver los resultados de esas locuras, y mi obsesión de control, junto con mi exceso de precaución habían hecho que arrastrara a mi amiga a una vida universitaria aburrida e insípida. Tenía que compensarla y acepté ir con ella a la fiesta de Amanda.

Por mí hubiera ido con mis pantalones vaqueros y mi camiseta desgastada, pero sabía que mi objetivo de pasar desapercibida no estaría conseguido si no me vestía en consonancia a los demás, por lo que acepté que Susana me dejara uno de sus vestidos negros por debajo de la rodilla. Cuando me lo probé me sentí como una oruga atrapada. Al mirarme en el espejo comprendí que el efecto óptico iba en consonancia con lo incomoda que me sentía; mi pecho era mucho más voluminoso que el de Susana, por lo que el escote palabra de honor en vez de esconderlos los resaltaba aún más, eso sumado a mis curvas voluptuosas me convertían en un imán para las miradas. Iba a quitármelo inmediatamente antes de que me lo viera Susana, pero fui muy lenta, cuando me di la vuelta para deshacerme de aquello vi a mi amiga con la boca abierta observándome con admiración desde la puerta de mi dormitorio.

– ¡Estás fabulosa! – exclamó Susana- ni se te ocurra quitártelo o te dejo tirada el lunes en la clase de la doctora Suan, y tienes que hacer el trabajo con el baboso de Javier, que en vez de ayudarte se va a pasar el rato mirándote el culo.

Yo suspiré y asumí que aquel debía ser mi vestido, así que solo me quedaba resignarme e intentar no pensar en el tubo que se ajustaba a mi cuerpo y que me hacía sentir desnuda a la vista de todos.

Mi amiga y yo llegamos tarde a la fiesta, pero a pesar de las primeras miradas, hice lo que mejor sabía hacer, esconderme. ¿Sabéis eso que se dice cuando se conduce, del punto ciego? pues yo lo encontré, mi radar detectó un par de columnas que, al sumarle las tres palmeras que tapaban sus huecos, hacían de aquella esquina cercana a la piscina el rincón perfecto donde camuflarme toda la noche. Susana estaba bailando en el jardín con un chico que le había gustado desde que empezamos la universidad, así que estaba a salvo de sus insistencias en que me relacionara. Las fiestas me aburrían, pero estaba todo previsto, sin que Susana se diera cuenta, antes de salir del piso cogí mi pequeño iPad y lo guardé en el bolso. Puede parecer patético, pero la medicina me divertía más que el ver bailar y beber a todos aquellos chicos que al día siguiente se despertaría con dolor de cabeza, vomitando, y con fotografías incómodas en las redes sociales. Sí, me puse a estudiar en lo que decían era la mejor fiesta del año. Las horas se me pasaron muy rápido, no me hacía falta mirar el reloj para saber cuánto tiempo había pasado desde que llegamos, con mirar a la gente me bastaba, comprendía que me consideraran un bicho raro, pero los libros y la medicina eran mi vida, donde yo me encontraba relajada y cómoda era en la biblioteca, no rodeada de gente bailando, haciéndose fotos y divirtiéndose, sí, la verdad es que al decirlo la que suena ridícula soy yo, pero es mi forma de ser, y no he aprendido aún a ser otra persona.

Bajé mi mirada posándola de nuevo en mi IPad, cuando comencé a escuchar demasiados gritos provenientes de sectores distintos de la fiesta. Mi vista de lejos no era muy buena, pero, como según Susana, las gafas estropeaban a la diosa del vestido negro en la que me había convertido, me vi obligada a renunciar a ellas y dejarlas en el piso.

Cuando vi a la gente correr en todas las direcciones achiné los ojos para centrar la vista y poder ver qué ocurría a mi alrededor, y con esa terrorífica visión, mi rostro perdió el color y mi cuerpo dejó de responderme. Lo que estaba ocurriendo parecía estar sacado de una de esas películas de vampiros que tanto me gustaban ver, pero mi mente no hacía otra cosa que repetir “los vampiros no existen, los vampiros no existen, los vampiros no existen…”

Yo seguía escondida en mi rincón con miedo a respirar e incapaz de mover si quiera un músculo cuando uno de esos chicos con roja mirada y boca ensangrentada acabó delante de mí con la vida de uno de mis compañeros de clase. Cuando terminó con él, me descubrió justo delante, paralizada, con el IPad en la mano y salpicada con la sangre de mi compañero. A partir de ese instante, todo fue muy rápido, pero en mi mente parecía estar ocurriendo a cámara lenta; él me miró con una escalofriante sonrisa en el rostro, se acercó lentamente a mí, su mirada se suavizó y con delicadeza olió mi pelo. Pensé que, si lo hubiera visto por la universidad seguro que me habría fijado en él, ya que su pícara mirada, sus gruesos labios, su pelo rubio y su aspecto atractivo hacían de él un blanco apetecible para cualquier mujer que se cruzara en su camino. Rozó mi cuello con sus labios y mi piel se erizó, su reacción fue simplemente una sonrisa de satisfacción que pude sentir en mi cuello, sin pensarlo más, clavó sus colmillos en mi cuello. Mi pánico no se lo impidió antes, y ahora era tarde, sentía como succionaba mi sangre, podía hasta escuchar su sonido al ser tragada por aquel ser, pero por extraño que parezca no sentí dolor, sino placer, un placer que jamás había experimentado y que me llevó a lo que pensaba que se sentía al llegar al clímax. Mi cuerpo temblaba de placer, pero a la vez se hacía más débil, por un lado, sentía que era mi final, pero por otro, deseaba que siguiera apoderándose de mi ser, por lo que mi debilidad hizo que optara instintivamente por sujetarme de su cuello para no caerme. Él pareció percatarse de algo y me sostuvo por la cintura apretándome aún más junto a su cuerpo. La escalofriante escena que estaba teniendo lugar alrededor nuestra parecía no tener nada que ver con nosotros. Mi imaginación creyó captar un temblor en él y una lucha interior que lo hizo dudar sobre algo. Inesperadamente sacó sus colmillos de mi cuello, a mí se me escapó un quejido de protesta, pero debió ser apenas audible porque sentía que me estaba desvaneciendo en un sueño eterno del que presentía no despertaría jamás. Lo único que recuerdo fue haber sentido sus labios sobre los míos y dos segundos más tarde ser empujada a la piscina por el mismo hombre que me besaba. Mis ojos se abrieron antes de caer a la piscina, y como si todo se hubiera ralentizado pude ver el baño de sangre que había a mi alrededor y por último la imagen de aquel hombre mirándome con expresión de culpa mezclada con asombro y una pizca de miedo. Ese fue mi último contacto con la realidad, o eso creo, porque puede que todo haya sido un mal sueño del que debo despertar, una curiosa pesadilla…

Mis ojos se abrieron de repente, pero no sé si prefiero cerrarlos de nuevo, ya que la escena que vi parecía aún más irreal y escalofriante de lo que creí que sería una pesadilla. Pero esto no puede ser una pesadilla, ¿o sí? Me encuentro hundida en el fondo de una piscina con agua de color rojo, ¡Oh, Dios mío! ¡Es sangre! ¡Por encima de mí están los cuerpos sin vida de mis compañeros! Pero… ¿Qué hago yo hundida? Y lo más importante… ¿cómo puedo respirar bajo agua? Me siento extraña, he intentado aguantar la respiración, pero no me ha hecho falta, me encuentro bien, no tengo necesidad de respirar, y si no fuera porque estoy entrando en pánico, hasta diría que me siento bien bajo el agua. No puedo estar más aquí, necesito saber que ha sucedido. Instintivamente mi cuerpo ha respondido a mis necesidades, y con un simple empujoncito de mis pies al suelo de la piscina mi cuerpo se ha catapultado al exterior como si volara.

Una vez fuera no sé si deseo volver al fondo de la piscina, ni si quiera me parece apropiado contarlo, la escena era aterradora, lo que me sorprende es que no sienta nauseas.

– Has tardado en despertar, pensé que ibas a estar durmiendo eternamente, eso de estudiar en una fiesta no debe ser bueno– se burló él– por cierto, me llamo Benett y soy tu nuevo maestro en el arte del vampirismo.

– ¿Se puede saber de qué me estás hablando? Aléjate de mí ahora mismo o llamo a la policía– amenacé yo, comprendiendo al instante la ridícula amenaza que había formulado y reconociendo que la carcajada que vino después por parte de él era totalmente lógica.

Intenté respirar profundamente para coger aire y enfrentarme a una situación que no comprendía, pero mi intento fue fallido, no entiendo que me está ocurriendo, pero la teoría de que fuera una vampiresa era ridícula. Había visto muchas películas de vampiros, y una de las cosas que sabía seguro es que si fuera vampiro mi corazón habría dejado de latir, y eso es imposible porque estoy aquí, viva, respirando, bueno… exactamente no respiro, pero mi corazón… me toqué el pecho buscando los latidos, pero mi corazón… ¡Oh, Dios mío! ¡No encontraba los latidos! ¡Es imposible! Todo esto es absurdo, seguro que es un sueño y de un momento a otro despertaré.

– No, no es un sueño, eres un vampiro, y ya puedes darme las gracias por no haberte matado y haberte concedido una vida en la que conservarás eternamente tu belleza– dijo él acercándose hacia mí con aspecto chulesco.

– No puede ser, esto es imposible, yo no puedo ser un vampiro, yo no soy así, yo tengo una vida, voy a ser doctora, tú no eres real, esto no es real, mis amigos no están muertos, y tú no existes. ¡Susana! Ella estaba en el jardín– contesté asustada por no poder hiperventilarme como cuando me ponía nerviosa.

– Tu amiga está donde los demás, bueno, más tarde te explicaré todo lo que debes saber, pero ahora tengo que encargarme de un asuntito y como me demore más, los otros comenzarán a sospechar. Vamos– ordenó él cogiéndome de la mano.

Yo estaba como en estado de shock, no entendía nada, pero era suficientemente inteligente como para encajar las piezas que se movían en mi cabeza y a las que mi subconsciente trataba de impedir que se colocaran correctamente. Sentía ganas de llorar por la suerte que había corrido mi amiga, pero no podía. En ese momento me hubiera dejado arrastrar por el mismísimo diablo, mi mente no estaba en condiciones de razonar, aquello me superaba.

Benett me monto en su coche y hasta que no salimos a la carretera de tierra que rodeaba la casa, no nos detuvimos. Benett salió de coche y mirando hacia la casa pulsó algo que llevaba en la mano. El gran estruendo hizo que mi mirada se fijara en la casa que habíamos dejado atrás hacía unos instantes, no podía creer que estuviera destruida. Cuando salí de mi estupefacción, Benett entró en el coche y continuamos como si no hubiera ocurrido nada.

– ¡Acabas de explotar la casa! – le grité desesperada.

– Por supuesto, ¿Si no como iba a ocultar la fiesta que se dieron mis amigos? – respondió él.

– Eres… eres… eres… – comencé diciendo sin saber cómo enlazar todo lo que se agolpaba en mi cabeza y que jamás se me hubiera ocurrido pronunciar delante de nadie.

– ¿El mejor? ¿El más inteligente? Lo sé… quieres pasar toda la eternidad junto a mí. – habló Benett con su habitual chulería y egocentrismo.

– ¡Ni loca! Eres un ser despreciable, no quiero pasar ni un segundo más junto a ti. ¡Para, que me bajo! – contesté cabreada como jamás lo había estado.

– Eso creo que no va a poder ser, antes tengo que llevarte a ver a alguien– Benett la miró y le guiñó un ojo.

– Yo no te pedí que me convirtieras en nada, no quiero ver a nadie ni pasar un segundo más contigo– dije furiosa cruzando los brazos.

Benett detuvo el coche bruscamente, se inclinó hacia mí y me besó fuertemente haciendo que sintiera el mismo escalofrío que había sentido la última vez que lo hizo. Mi mente me decía que lo empujara, pero mi cuerpo no le obedeció y actuó por su cuenta. Mis labios se abrieron dejando paso a su lengua, podía sentir sus colmillos creciendo levemente mientras su boca exploraba la mía. Benett dejó de besarme y clavó sus colmillos en mi cuello haciéndome sentir incluso más placer que cuando era humana. Pero sin saber el motivo, mis colmillos crecieron también, olí su sangre y mi instinto hizo que lo mordiera en el hombro que era el lugar más cercano, en ese momento supe que le pertenecía y sentí miedo a renunciar a ese placer tan intenso que solo él me había hecho experimentar. Lo agarré con fuerza, él presionó su cuerpo contra el mío y cuando ambos sacamos los colmillos de la piel del otro, solamente hizo falta una mirada para comprender lo que nos había sucedido. Esta vez, el Benett egocéntrico y chulesco desapareció para dejar pasó al Benett dulce, comprensivo y asustado por la intensidad de sus sentimientos. Pero mi sonrisa y el dulce beso que nos dimos hicieron que el miedo y la inseguridad se disiparan en ambos.

– Va a ser complicado al principio, Alexa, pero siempre estaré junto a ti para ayudarte, y ella también– sonrió él.

– Creo que no me va a desagradar tanto ser vampira, lo que me fastidia es no tener el poder de leer la mente y saber a quién te refieres cuando hablas de ella– protesté incorporándome en el asiento y viendo como Benett también retomaba la conducción.

– Gracias a ella estás viva, si no te hubiera lanzado a la piscina, mis amigos te habrían encontrado y acabado contigo. En el agua no pudieron olerte y los cuerpos de los demás taparon el tuyo, que por supuesto al convertirte en vampiro y dejar de tener aire en los pulmones se hundió rápidamente. – me explicó él, dejándome con la boca abierta.

– ¿Eres médico? – pregunté con un particular brillo en los ojos.

– Más o menos– me respondió él sin darme mayores explicaciones.

– Sabes que voy a seguir preguntando hasta que me lo expliques, ¿verdad? – dije yo mirándolo y esperando que comenzara.

Él me miró y comprendió que era cierto que iba a seguir insistiendo– Tengo toda la eternidad para contestarte, pero prefiero hacerlo cuando elijas.

– ¿Cuándo elija? ¿El qué?, por cierto, ¿dónde vamos? – pregunté fijándome en que el coche se dirigía al puerto.

– A que te encuentres con quien te he dicho – contestó él.

– ¿Con ella? ¿La mujer misteriosa? – pregunté olvidando la primera pregunta.

– Con alguien que lleva unos cuantos años esperando este momento– me respondió Benett dejándome aún más intrigada.

El coche se detuvo una vez que llegaron al puerto. Frente a ellos había una joven de pelo rubio y liso y tez pálida.

– Oye, ¿si los vampiros no pueden salir al sol como es que no me derrito? – pregunté percatándome de repente.

– Has visto demasiadas películas– rio Benett saliendo del coche e indicándome con un gesto que saliera yo también.

Una vez fuera, avanzamos hacia la joven que se hallaba de espaldas y que se giró lentamente cuando estuvimos cerca.

– ¡Amanda! – Exclamé sorprendida– tú nos invitaste a la fiesta y provocaste la masacre. Mis ojos se volvieron rojos y comencé a sentir que perdía el control, pero las palabras que salieron de la boca de Amanda comenzaron a resonar en mi cabeza haciendo que la agitación cesara.

– Soy tu madre– dijo ella mirándome entre asustada, tímida y con lo que parecía amor.

Entre los nervios, la confusión, y todo lo que me había ocurrido en menos de 24 horas, lo único que pasó por mi mente fue la frase de Dark Vader “Yo soy tu padre”. Una risa nerviosa afloró a mis labios dejando sorprendidos a Benett y a Amanda.

– Perdonad, es que esto es demasiado para un solo día– les dije intentando controlar mi risa inútilmente.

– Alexa, llevo esperando este momento muchos años. Te he visto crecer en la distancia, y he estado esperando a que llegara el momento perfecto para convertirte– me explicó Amanda.

– Comprendes que me parezca extraño, ¿verdad? Tienes mi misma edad, hasta hace unas horas creí que te caía mal y después de cinco años de carrera nunca me has dirigido la palabra a excepción de la invitación a tu fiesta. – contesté resentida planteándome que aquello fuera verdad.

– Alexa, no estoy bromeando, soy tu madre, pero cuando me encontraba de parto, un vampiro me mordió y comencé mi transformación contigo dentro de mí– me explicó ella– ¿nunca te has sentido distinta? ¿Nunca has notado algún… digamos poder o suceso que no puedas explicar?

Aquello me hizo recordar miles de momentos extraños que pensé habían sido pesadillas y que luego, volvía a revivir eligiendo otra opción distinta a la elegida.

– Pero todo eso son únicamente pesadillas de las que despierto– dije en voz alta intentando convencerme a mi misma para darle un poco de sentido común a toda esta locura.

Amanda hizo un gesto con la mirada a Benett y éste desapareció dejándonos a solas.

– Dentro de poco habrá pasado veinticuatro horas desde que todo ocurrió, y me gustaría que tu elección fuera quedarte conmigo– aseguró Amanda– sé que han sido muchas cosas en muy poco tiempo, pero necesitaba saber si conociendo todos los detalles, elegirías esta vida.

– No te entiendo, no entiendo nada, y tampoco me hago a la idea de que alguien con mi misma edad pueda ser mi madre. – Contesté yo un poco perdida y agobiada– ¿Y a qué tipo de elección te refieres? ¿Es que me queda alguna otra opción?

Al pronunciar la palabra opción una idea descabellada pasó por mi mente, pero estaba empezando a descubrir que por muy raras que fueran las cosas no quería decir que no fueran reales.

Amanda se inclinó hacia mí y me sujetó la mano– hija, no quiero que lo nuestro comience con una mentira, quiero que seas feliz, sé que lo serías siendo vampira, pero necesito asegurarme de que esa es tu elección, no quiero obligarte a seguirme.

– No sé si lo que pienso que me ocurre es producto de mi fantasía o tus insinuaciones encajan con toda la locura que atraviesa mi mente. – dije dubitativa y bastante colapsada.

Amanda miró su reloj – no nos queda mucho tiempo, Alexa, lo pasé muy mal cuando tuve que renunciar a ti, te amo, hija, a ti y a tu padre. Nunca os abandoné, morí en el quirófano, pero no quería dejaros y en mi desesperación por verte crecer fui descubierta por tu padre. Le expliqué todo y él quiso que volviera, no le importó mi nueva condición, pero yo no puedo vivir con sangre humana cerca y él no podía abandonarte a tu suerte. Siempre fue un gran padre, renunció a nuestro amor por ti, por cuidarte y por darte una vida normal. –Los ojos de Amanda, a pesar de no poder soltar lágrimas, se veían llenos de tristeza y añoranza.

En este momento me habría gustado a mí también poder llorar y sacar este dolor que inundaba mi pecho. Mi padre había dado su vida por mí y yo ahora me había convertido en aquello de lo que él me había protegido desde pequeña.

– Alexa, el tiempo se acaba, debes tomar una decisión, ¿quieres seguir siendo vampiro? – preguntó su madre– podrás vivir eternamente joven, podrás ser doctora y estudiar las carreras universitarias que quieras, el tiempo no será nunca un impedimento, podrás trabajar donde quieras y además creo que Benett y tú tenéis algo especial.

En mi cabeza no había sopesado la idea de poder elegir, pero por algún extraño motivo que aún no llegaba a comprender tenía esa opción y debía elegir en breve. Por un lado mi madre tenía razón, pero por otro lado estaba mi padre, la vida a la que renunció por mí, tampoco me encajaba demasiado el ser doctora y estar todo el día rodeada de sangre humana sin tener la tentación de matar a alguien en vez de salvar vidas.

Cerré los ojos para pensar mejor todas las opciones y de repente escuché la voz de Susana. No podía ser, ¡Susana estaba viva! Abrí los ojos pensando que sería algún tipo de alucinación, pero ¡no! Mi amiga estaba allí regañándome por haberme quedado dormida con su vestido negro antes de ir a la fiesta.

¡La fiesta! No puede ser, me levanté de un salto, desorientada.

– ¡No puede ser! – Volví a exclamar, abrazando a Susana fuertemente– ¡Estás viva!

– Y tú estás muy rara– me dijo ella entrecerrando los ojos y tocándome la frente para comprobar si tenía fiebre.

Entonces vino a mi mente la imagen de todos mis compañeros asesinados, sangre por todos lados, Benett, mi madre… la cabeza comenzó a darme vueltas al igual que el estómago, y las náuseas me obligaron a correr al baño para vomitar. Era la primera vez en mi vida que me alegraba poder vomitar, había descubierto a lo que se refería mi madre, 24 horas, tengo 24 horas para cambiar mi futuro si quiero.

– Oye, si quieres nos quedamos aquí, tampoco es tan importante esa fiesta, habrá otras, seguro– dijo Susana después de verme vomitar.

– Sí, la verdad es que no me encuentro bien, siento fastidiarte los planes, te diría que te fueras, pero no me gusta quedarme sola y enferma, si pudieras quedarte conmigo… – dije con cara de pena.

– Anda, venga, quítate mi vestido antes de que me lo manches. Nos podemos quedar viendo una de esas películas de vampiros que tanto te gustan– dijo Susana sonriéndome.

– ¡No, de vampiros no! Ya no me gustan esas películas– dije rápidamente.

– Sigo pensando que estás muy rara– sonrió mi amiga.

Estaba feliz, nunca había estado tan feliz de estar viva y haber salvado la vida de mi amiga. Lo triste es que no podría salvar a los demás, pero a partir de ahora sabría cómo evitarlos y como proteger a los míos.

Aquella noche, a pesar de estar feliz, me retorcía nerviosa pensando en la escena macabra que se estaría desarrollando en aquellos momentos. También pasó por mi mente la imagen de Benett, lo echaría de menos, me hizo sentir algo que nadie me hará sentir jamás. Cuando Susana se acostó, mi mente no dejaba de pensar que lo mismo sí que había sido un sueño, que quizás todo había sido producto de mi imaginación. En ese instante, una sensación extraña hizo que quisiera abrir la puerta. Me puse una bata y pasé por delante del dormitorio de mi amiga con sigilo, abrí la puerta del piso y allí estaba Amanda, mirándome con tristeza y ternura.

– Al final elegiste otro camino– dijo con una triste sonrisa.

– Entonces es verdad, todo lo que sucedió fue real– dije en voz baja para no despertar a Susana.

– Sí, tan real como que eres mi hija y siempre que me necesites voy a estar disponible para ti, esté donde esté alguien me informará – Amanda se apartó y dejó que Benett apareciera tras ella.

– Benett– atiné a decir en un susurro– lo siento.

Benett me miró con esa sonrisa pícara tan característica de él– no creas que vas a deshacerte de mí tan fácilmente, voy a seguirte desde la distancia por si alguna vez quieres que te vuelva a convertir.

Benett se acercó a mí y me besó dulcemente– parece un beso de despedida– dije con nostalgia.

– No, es un beso de hasta pronto– sonrió él alejándose escaleras abajo. Mi madre me dio un abrazo y un beso antes de seguir a Benett, y a pesar de saber que había tomado la mejor decisión, comprendí que quizás en un futuro cambiara de opinión. Sonreí y cerré la puerta.

– ¿Quién era? – preguntó Susana a mi espalda.

– Se habían equivocado de momento, pero quizás nos volvamos a ver– contesté con una sonrisa.

– Sigo pensando que hoy dices cosas muy raras, anda vete a la cama o mañana no vas a poder levantarte para estudiar– dijo mí amiga antes de bostezar sonoramente y volver a su dormitorio.

– Quizás mañana no estudie– dije con una sonrisa, provocando que Susana se volviera a medio camino y me mirara extrañada.

– Lo que yo digo, tú no estás bien– y tras esto volvió a su dormitorio.

Yo me asomé a la ventana y con la mano en el cristal me despedí silenciosamente de mi madre y del amor de mi vida.

– Hasta pronto, volveremos a vernos–.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz