Las ventanas. De modo extraordinarias expresaban su propio ritmo, pero, en esta ocasión el sol hacía  serpentear las sombras, era efectivamente una espléndida mañana, que con su frescor cubría los notables racimos de la piel de las personas, y allá se observaba la invulnerabilidad ciudad de Dios, todo indicaba, dirigirse, prolongarse en dirección al ojo de Dios, el cielo inmaculado. En fin, era una diáfana  y perfecta mañana.

Empero, no existía aquel sentimiento de júbilo, era ánimo inexperto de nuevo día, y a veces con equívocos presagios escritos e inscritos en la página (s) ante presunta e ilusa voluntad. Por supuesto, el camino se ramifica formando y firmando en el cubillo de la mente tremendos senderos laterales, con hermosísimas hojas perennes, entonces, en la notoria realidad fuera de la mente y dentro  se forja un exacto techo natural,  donde se escuchan ruidos. haciendo un recodo con gran cortesía y beneplácito.

Ese y/o éste día era todo un misterio que cabalgaba, pero, en fin, era un nuevo día  como los  idos, con nuevos afanes, entre sostenidos y bemoles y ritmos variados.

-Os agradezco la noble realidad, que me estés y hayas abierto mis ojos-dijo el recoveco de la  mente-.

– No interrumpas la búsqueda-aclaró el tinglado de la realidad-. 

– Si tomas el sendero de la derecha, por antonomasia te remitirá al otro lado-externó la mente-.

-No creo pueda ir muy lejos, o se detiene o se estrella-inquirió la realidad-.

– Es demasiado astuto e inteligente para precipitarse o estrellarse-arguyó la mente-.

-Ja, ja, ja, ja-bostezó la realidad-.

-Durante este viaje de la vida te he enseñado las huellas de este indómito mundo-replicó la mente, que, en ese instante divagaba por todos sus laberintos-.

-Empero, el cillerero, nos está observando y haciendo señas malévolas, aunque no puedo precisar porque está muy distante, algo lejos-indujo la realidad-.

-Entonces. Veamos, aterrizamos a lo realístico, antes que nos estrellemos-sugirió la mente, que en ese instante salía de su propio laberinto-.

-Vino la realidad, con jaque mate-le expresó: deja que a esos bichos humanos y no, se  los lleve el río, nosotros nos quedamos no más observando, es más de sabio que ser visceral, conflictivo, pues, no conlleva a nada sano. En ese momento la mente y la realidad, acordaron sentarse a tomarse una taza de café caliente con galletas, y se sentaron en la mesa del patio a disfrutar del suculento panorama. Antes de despedirse la mente leyó un poema a su amiga realidad: 

Poema

Castigo seguir viviendo 

¡La maldad asedia,
a la verdad.
Quién dejó morirá,
tú castigo es seguir viviendo.
Nos vemos…!
-Espérame-le dijo la mente-. Yo te contaré un minicuento, mejor no. Y, se despidieron y, cada cuál tomó su atajo.

Por: Bayardo Quinto Núñez
Escritor, Pintor, Músico, Columnista, Abogado y Notario Público nicaragüense