El instinto del miedo a lo desconocido es el impulso más fuerte, más furioso y
más salvaje del animal, llámese hombre o bestia. Los actos de huir de aque-
llo que puede dañar no deben llamarse actitudes animistas del hombre que
solo son simples reacciones naturales tan propias del chimpancé como del ho-
mínido.

Distinto era cuando aquel hombre de las cavernas realizaba rituales
ante el sol, la luna, el volcán o el árbol, entonces sí estamos hablando de ani-
mismo, mas no religión, que ésta sobreviene en un estadio más cercano, cuan-
do Dios se revela al hombre, entonces estamos ya ante la REVELACIÓN, llama-
da impropiamente religión (mal definida en el diccionario) y calificada como
un fenómeno cultural, antropológico, etnológico, una invención, cuando una
religión que proviene de la REVELACIÓN es aquella cuando el hombre, sabién-
dose criatura, adora, ama y sirve a un Creador que ya reconoció, es la vasiji-
lla de barro que ha reconocido a su Alfarero aunque de modo imperfecto, que
a la inteligencia le es imposible conocer al Absoluto, al Dios creador. Fue Dios
el primero en revelarse a su criatura y ésta le rinde adoración a ese Dios que
lo creó.

No hay lugar ya para hablar de mitos, leyendas, cuentos, cantos y rela-
tos populares ancestrales cuando estamos ante esa REVELACIÓN. Graciosa re-
velación que le permitió al hombre tener conciencia de su ser creado, de su ser
existencial, cosa de la que se excluyó a la bestia. Y la vasijilla agradece al Alfa-
rero su creación, acto de reverencia que engendra un vínculo de amor inmenso
e incondicional entre la criatura y el Creador, es el compromiso libre y voluntario
del hombre hacia Dios, es el santo temor de Dios del que tanto habla la Escritura.
No es un acto de miedo que la razón no alcanza a comprender, NO, es la actitud
de humilde obediencia, sagrada y silenciosa, ante el Absoluto, que sabio y justo
es el hombre que teme a Dios.

Y cuando esa adoración se organiza, nace el culto, culto y doctrina, magisterio y
catecismo, para el caso de la Iglesia Católica. Magistero y Tradición viva de la Igle-
sia sin apartarse de la Sagrada Escritura.

Algunos ateos, no todos, dicen que la religión es perniciosa y bálsamo para aliviar
la ignorancia cuando, bien entendida y bien llevada conduce a las más altas cimas
de la espiritualidad, si no que lo diga la santidad de aquellos grandes hombres que
han pasado por este mundo dejando un reguero de luz y verdad. Y como decía el
gran científico Volta, «Yo confieso la fe santa, apostólica y romana. Doy gracias a
Dios que me ha concedido esta fe en la que tengo el firme propósito de vivir y morir»

La Iglesia es la Barca de Pedro que viene bogando desde hace más de dos mil años
por entre los mares más procelosos y las tempestades más grandes, no ha hecho
aguas y ni los fuertes vientos que la azotan han podido quebrar su mástil, ella sigue
mar adentro, barca santa, pecadora y perseguida. Santa porque del cielo vino, peca-
dora porque quienes la tripulan son hombres no ángeles, y perseguida porque los
demonios y los soberbios no dejan de acecharla y de acusarla, estos últimos, como
perrillos falderos desdentados le salen al paso para ladrarle pero terminan huyendo
con el rabo entre las patas.

¡Salve Iglesia mía! Que desde los tiempos más remotos en la alborada de la Historia
de la Salvación ya los Patriarcas divisaban, en lo más distante de la inmensidad océa-
nica, aquel minúsculo punto que apenas asomaba sobre el horizonte de las aguas ,
era el Arca de Noé, que traía ya salvo el «pequeño resto» de Yahvé que más tarde
anunciaría Isaías.

Por: Juan Antonio Céspedes Guzmán
Escazú, COSTA RICA