De pequeña me enseñaron que existían tres temas de los que no se debía hablar en público: Religión, futbol y política.

Lo cierto es que en ocasiones no puedo evitar hablar de política, pero con el paso de los años he aprendido que la religión es un tema tabú, no porque no sea correcto hablar de él, sino porque cada persona tiene derecho a creer en lo que desee creer y nadie debería intentar convertirlo a ninguna religión.

Las religiones y los Dioses son el fruto de la inseguridad del ser humano ante un mundo en el que puede pasar cualquier cosa sin que tenga sentido alguno.

Cuando nos encontramos perdidos, desesperados y agobiados por cualquier situación, siempre miramos al cielo y rezamos al Dios en el que cada uno cree, nos sentimos tan pequeños, tan insignificantes y tan desvalidos que buscamos la ayuda de un ser superior que pueda intervenir por nosotros y que haga que el universo nos favorezca. Cuando nuestro Dios no nos ayuda, algunos dejan de creer y otros asumen que era lo que debía suceder.

Que curiosos somos los seres humanos ¿verdad? A lo largo de los años, la religión se usó para que la población se resignara a la vida de penurias que le había tocado vivir, y desde entonces, mucha gente se conforma pensando que sus esfuerzos serán recompensados en el más allá, ¿pero y si no es así? ¿lo habéis pensado? En ese caso se nos va a quedar una cara de idiotas…

También es curioso que se piense que, si no perteneces a cualquier religión, tu alma no se salvará, cuando en lo que deberíamos basarnos es en hacer el bien, o por lo menos, no hacer mal a nadie. Y según esto, si pertenezco a una religión, pero hago daño a alguien ¿me salvo porque ese Dios o Diosa perdonan mis ofensas? Y si por el contrario no pertenezco a ninguna religión, pero siempre he vivido y dejado vivir a los demás ¿creéis que mi alma se salvará? Pensadlo desde la lógica, no tiene ningún sentido.

No digo que las religiones sean malas, enseñan una filosofía de vida que en muchas ocasiones guían al ser humano que se hallaba perdido, le enseñan a amar, a dar, a ayudar a aquel que lo necesita.

Las religiones son como profesores de vida que te enseñan a sobrellevar situaciones insostenibles, que te dan valor para seguir en pie cuando la tormenta arrasa con todo y te proporcionan una columna a la que agarrarte cuando tu mundo se derrumba.

Muchas religiones hacen que la persona no se sienta sola en un universo inmenso. Todos necesitamos sentirnos parte de algo, y las religiones nos unen en un mismo pensamiento y una misma creencia.

Nunca se me ocurriría decir que las religiones son perjudiciales, creo que cada cual debe acudir a ellas si así lo desea y necesita, pero también os digo que no condenéis el alma de aquel que no dese unirse a ninguna religión, porque lo que realmente se debe enseñar en los colegios y en la vida, es humanidad, bondad, comprensión, amor y perdón.

No asociéis todo eso a una religión, porque todos esos valores se encuentran en vuestro interior, solamente tenéis que juzgaros a vosotros mismo y no esperar el perdón de un ser superior, puesto que todos vuestros actos tienen consecuencias y jamás serán perdonados porque esas consecuencias no pueden ser reparadas. Debéis aprender a vivir con ellas, con el resultado de vuestros actos, no os refugiéis en vuestro Dios o Diosa para ser perdonados, porque eso supone un borrón y cuenta nueva, supone volver a errar y pensar que no tiene consecuencias lo que habéis hecho.

Los errores son piedras que vais echando a vuestra mochila, piedras que jamás desaparecerán, y cada vez vuestro camino se volverá más pesado. Es muy fácil que vuestro Dios quite esas piedras y las tire al camino, pero esas piedras no dejarán de existir aunque las arrojéis y tampoco dejarán de existir si las ignoráis u olvidáis.

Yo pienso que nuestras almas van reencarnándose y aprendiendo o repitiendo los mismos errores, pero creo que lo que muchas veces deseamos en esta vida, lo vivimos en la siguiente, y aun así seguimos insatisfechos.

El ser humano es inconformista por naturaleza y si no tropezamos con la misma piedra, tropezamos con otras, pero no echéis la culpa a nadie por tropezar porque las soluciones se hallan en vuestro interior.

Por: María Beatriz Muñoz Ruiz