Tenemos prisa por llegar, por marcharnos, por ganar, por tener, por consumir…. Nuestra mente va un paso por delante de nosotros mismos. Los “tengo que…” ocupan nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que nuestros momentos, esos momentos únicos que solo están en el presente, quedan desdibujados.

Vivimos deprisa, muy deprisa. Nuestra cultura premia este estilo de vida, la rapidez, la productividad, la impaciencia, la urgencia, son signos de valía, así que ir más despacio es sinónimo de ser lento, torpe o inútil.

Es cierto que la cultura impone su ritmo, sin embargo, hay personas que tienen mayor tendencia a  poner su conciencia y su atención en el camino en lugar de ponerla en la meta.

Las personas con temperamento colérico son las más propensas a vivir aceleradas. Son personas hiperactivas, energéticas e impulsivas. Tienden a hacer muchas cosas en poco tiempo y generalmente realizan más de una actividad a la vez. Siempre tienen prisa, hablan rápido, comen rápido y casi sin masticar, conducen a gran velocidad y cuando están, excepcionalmente sentados en el sofá de su casa, no dejan de mover la pierna o tamborilean con sus dedos sobre la mesa. Se trata de personas impacientes que se imponen tantas tareas que siempre les falta tiempo, por eso es fácil encontrarles tensos, irritables, irascibles, enfadados y refunfuñando por cualquier cosa. Descalifican el ocio por considerarlo una pérdida de tiempo, por lo que no son prolíficos en sus relaciones sociales, ni dedican tiempo a su familia, ni juegan con  sus hijos, ni se permiten el tiempo de descanso necesario.

Estas personas no ven lo que les rodea, no se empapan de los estímulos que les ofrece cada momento, por lo que no disfrutan. Se han impuesto un ritmo tan frenético, que su vida es, permanentemente, una carrera contra reloj.

Sus pensamientos están puestos sólo en el “hacer”.  Dan prioridad a la cantidad sobre la calidad, que no logran alcanzar. Centran su rendimiento y colocan toda su energía en la competitividad. Por eso el trabajo es lo más importante en su vida.

Aunque pueden aparentar ser personas seguras de sí mismas, tienen una autoestima baja y su mayor miedo es el fracaso. Su autoestima se nutre de fuentes externas por lo que tienden a valorarse en función de los resultados y para conseguirlos se exigen a sí mismos hasta exprimirse.

Tienen mucha dificultad para ponerse en el lugar de los demás por su bajo nivel de empatía,  que se ve favorecido por la propia desconexión de su mundo emocional. Este tipo de personalidad es muy propensa al desarrollo de estrés y ansiedad y su actitud da lugar a una serie de respuestas cardiovasculares y neuroendocrinas que contribuyen al desarrollo de hipertensión y enfermedad coronaria.

Cuando logramos entender que por más que corramos no llegaremos antes, comenzamos a PARAR, palabra clave para vivir sin prisa. Parar, mirar en nuestro fondo, muchos de nuestros problemas tienen su origen en nuestra ceguera hacia nosotros mismos, en no darnos cuenta de que somos los artífices de nuestra propia vida y los gestores de nuestro tiempo.

Si nos paramos a pensar, la mayoría de las cosas a las que acudimos corriendo, no urgen tanto como creemos, así que si continuamos con ese frenético ritmo será solo nuestra elección. Desde luego podemos seguir culpando a los demás de nuestro estilo de vida, por las urgencias que nos imponen o a las circunstancias que atravesamos, sin embargo, con esta actitud solo continuaremos haciendo más de lo mismo hasta el agotamiento. Cada uno se impone su propio ritmo y por tanto puede detenerlo en el momento que se lo proponga. Si hemos actuado hasta ahora por inercia, justo ahora es el momento de decidir un nuevo estilo de vida más calmado y saludable.

Romper con nuestra aceleración nos puede hacer más efectivos, solo tenemos que cambiar la ambición de tener, de lograr y conseguir triunfos y méritos por la de ser, de este modo nos ponemos en contacto con nosotros mismos y aprendemos a respetar nuestras necesidades y a gozar de quien somos y con lo que hacemos.

Buscar una forma de vivir más tranquila nos permite dar su espacio a cada cosa que encontramos en el camino, disfrutar de cada momento, que es único en sí mismo. Las grandes vivencias son las que mejoran el alma de quien las vive y no requieren de grandes acontecimientos o grandes logros, solo se precisa estar presente en el momento que ocurren.

Por: María Guerrero Escusa
Psicóloga, profesora de la Universidad de Murcia (España)

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