A través de una carta sin precedentes, el Papa Francisco se dirige directamente a la comunidad católica romana, condenando severamente los abusos sexuales en contra de menores por sacerdotes de la Iglesia católica.

Hace poco menos de una semana, La Corte Suprema del estado de Pensilvania presentó un informe en el cual se documentaron las últimas siete décadas de abusos sexuales cometidos por miembros del clero durante los últimos 70 años en las diócesis de Allentown, Erie, Greensburg, Harrisburg, Pittsburgh y Scranton, en las cual 300 sacerdotes son acusados de abuso sexual en contra de más de 1.000 menores en Pensilvania.

El informe que contiene más de 1.300 páginas fue escrito por 23 miembros de un gran jurado, que durante 18 meses examinó medio millón de páginas de documentos. El FBI ayudó con la investigación de estos casos sucedidos entre 1947 y 2017. En el documento se identifican a más de 1.000 menores que fueron abusados o violados por parte de 300 “sacerdotes depredadores” desde el año de 1940, si bien se cree que el número real de víctimas puede ser mucho mayor. Dicho informe detalla cómo la iglesia “encubrió sistemáticamente” lo sucedido durante más de 70 años.

Dos días después de su publicación, la Santa Sede aseguró que el papa Francisco estaba del lado de las víctimas y el día de ayer el Vaticano publicó una “Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios” en su página web, donde el pontífice expresa su enérgica condena a los abusos sexuales cometidos durante décadas por sacerdotes en Pensilvania y reconoce que ningún esfuerzo por pedir perdón y reparar los daños será suficiente.

En la carta firmada el 20 de agosto, el Santo Padre indica que “nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado” ante los “abusos sexuales, de poder y de conciencia” cometidos por un “notable número de clérigos y personas consagradas”. El papa Francisco aseguró que “El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”.

Pese a la firmeza de la misiva del pontífice, no se especifica las medidas tomara la iglesia para erradicar el problema, pero ratifica su apoyo en “todas las mediaciones judiciales” que sean necesarias.

En la misiva, el Papa pide unidad “para erradicar esta cultura de muerte”.Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos”, señala el papa Francisco quien durante su pontificado ha creado una comisión para la protección de los menores, admite que la iglesia no estuvo a la altura.

“Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas”, reconoce el Papa.  “Hemos descuidado y abandonado a los pequeños”. Refiriéndose directamente al informe estadounidense, el pontífice señala que la “mayoría de los casos corresponden al pasado”. Sin embargo, hace énfasis en “con el pasar del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades (…) las heridas nunca prescriben”.

No obstante, admite que “Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias. Pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro”, señala sin entrar en más detalles.

En la carta que fue publicada, el Papa ínsita a todos los miembros de la iglesia a “denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona”, les invita a la “oración y el ayuno” y pide “solidaridad”. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165)”, escribe.