¿Se acabó el gran Barcelona?

Él sabía de estas cosas. El mayor mafioso de la historia del fútbol argentino, el señor Julio Grondona, a quien la dictadura militar nombró presidente de la asociación del fútbol en 1979 y todos los demás gobiernos mantuvieron hasta que se murió en 2014, llevaba en el dedo anular de la mano izquierda un anillo que decía “Todo pasa”.

La frase tiene, por lo menos, dos lecturas: el alivio —que él debía buscar— de que nada dura para siempre; la tristeza –que no debía– de que nada dura para siempre. Hoy la tristeza brilló brutal, penosa. Se termina el tiempo más glorioso que conocí en el fútbol: el gran Barcelona ya es pasado.

Cayeron peleando. Que es un modo de decir, también, que no cayeron jugando. Arremetían, empujaban, rebotaban, lo intentaban a trancas y barrancas: nada. Los medios, los hinchas, las personas llevaban una semana hablando del milagro: el Barcelona necesitaba otra vez un milagro. Por algo los milagros no suceden en la vida real; solo en el fútbol, el espacio de la fantasía. Pero por algo los milagros son milagros: porque no llegan cada miércoles.
Este miércoles el Barcelona tenía que hacer tres o cuatro goles y no pudo hacer ni uno. Cero; mejor dicho: no pudo acertar ni un tiro entre los tres palos en 90 minutos de ataque. Al fin, el Barcelona jugó 180 minutos contra la Juventus sin meterle ni un gol. Y lo peor: por momentos daba la impresión de que podría haber jugado otros tantos con el mismo resultado.

Su decadencia se mostraba en su impotencia: vueltas y vueltas alrededor del área contraria sin poder perforar, sin crear peligro verdadero, revoleando centros desde lejos. O, mejor, se veía que ahora el Barcelona juega a dos o tres toques. Ese equipo en el que los jugadores eran piezas de un reloj que funcionaba al primer toque, ya no existe. Su secreto era poder hacer en menos movimientos —en menos tiempo— lo que a los otros les tardaba más. Su secreto era engañar al tiempo, pero el tiempo se ha vengado con creces.

Giorgio Chiellini, defensa de Juventus, saluda a Sergio Busquets y Luis Suárez, jugadores del Barcelona, al finalizar el partido del 19 de abril de 2017. Credit Lluis Gene/Agence France-Presse — Getty Images

Y esta tarde el tiempo corría y no pasaba nada: todo había pasado. El mejor equipo de la historia se había vuelto un amasijo de voluntades desvaídas. Debe ser raro ser Luis Enrique: debe ser raro ser el tipo que se cargó una obra de arte. No digo que necesariamente sea su culpa; yo creo que sí, pero quizá no. Lo cierto es que, bajo su mando, el Barcelona pasó de serlo a ser este rejunte: un grupo de muchachos más o menos desesperados que esperaban la salvación de alguno de sus héroes. Y los héroes andaban mustios, desarmados.

La discusión arreciará, estos días, como quien debate el sexo de los ángeles: ¿bajan los jugadores porque baja el equipo o baja el equipo porque bajan los jugadores? Esta tarde algunos jugadores no alcanzaron el nivel de sí mismos: Iniesta estaba trompicón; Suárez, ausente; Busquets, confuso; Messi, triste.

Hoy Messi fracasó como ha fracasado, es cierto, en otros partidos decisivos. Hoy Neymar —como suele pasar últimamente— fue el mejor jugador del Barcelona, el más peligroso, el más decisivo, muy por encima de su diez. Pero el fracaso de Messi es, también, un canto a la gloria de Messi: cuando él era el mejor, el Barça lo ganaba todo y ahora no.

Enfrente, para más inri, el pulpo turinés: su habilidad para reubicarse en la cancha y tapar todos los huecos en cuanto los huecos se producen; el mejor exponente de esta sabiduría sorprendente de los italianos para convertir cualquier partido de fútbol en un pantano enmarañado, sábanas húmedas, la pesadilla recurrente, el tiempo que se escapa.

El portero de Juventus, Gianluigi Buffon, celebra junto a sus compañeros el empate ante el Barcelona en el Camp Nou Credit Sergio Perez/Reuters

Y que se terminaba. El partido se acababa, el tiempo se acababa. El Barcelona lo intentaba ya sin convicción, y su técnico dio una última lección de patetismo: su cambio cuando faltaban diez minutos y tres goles fue meter al pobre Mascherano para que Piqué pudiera irse al ataque. Ya nada de eso parecía importar o, mejor: ya nada de eso podía ser importante. El Camp Nou, que nunca fue estridente en las victorias, era ejemplar en la derrota: miles y miles de banderas, los cantos de 100.000 personas que despedían al mejor equipo que tendrán en su vida.

Y enfrente ese puñado de italianos. Nadie sabe festejar un cero a cero como los italianos: con júbilo, con gracia, con entusiasmo verdadero. En un rincón del campo, allá arriba, casi perdidos, a punto de salir volando, dos mil turineses cantaban como locos porque su equipo había conseguido congelar el fútbol, deshacerlo, devolverlo al estadio anterior de los milagros.

Es el fondo, o el último escalón antes del fondo. La decadencia del Barcelona, es cierto, lleva meses; le queda, como último manotazo del ahogado, el próximo domingo, su clásico contra el Real Madrid.

El martes, el Madrid había ganado como suele ganar el Madrid: cuando ya parecía que perdía. Con la ayuda de un árbitro —a menudo—, con la suerte de cara —muchas veces—, con el mérito de alguno de sus jugadores —tantas otras—, el Madrid gana. El martes dejó fuera a los alemanes del Bayern y a sus últimos fantasmas; el domingo puede ganar también la Liga.

Alguien dijo hace poco que no es fácil ganar como el Madrid, jugando a nada. Que el equipo de Luis Enrique lo intentó pero no tiene los años de experiencia en ese noble arte que su rival sí tiene. Este domingo, contra esos expertos, el Barça tendrá su última posibilidad de pelear contra el cruel paso del tiempo: de volver a la vida, de gritar que, si todo pasa, algunas cosas no terminan de pasar. No creo que pase, pero en el fútbol, por suerte, nadie sabe.

Por:


Permitida su reproducción total o parcial citando la fuente