Sinfonía inacabada de España

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Aquella Selección que fue el asombro del mundo y que no se bajó del podio en cuatro años no ha terminado de marcharse. Y esa Italia de siete vidas, con un encanto cada vez más discreto, tampoco. Aún decadente, supo agarrarse a un empate que no mereció. España tuvo fútbol, un plan y sentido del deber, pero el agotamiento, un error de Ramos y el lado oscuro de Diego Costa redujeron su premio a la mitad.

Por buena que sea una metodología jamás pesará más que los futbolistas, aunque esa certeza quede a veces mal explicada en el marcador. España es más que Italia. En París, donde no supo traducirlo hace tres meses, o en Turín. Con la pelota, porque está en su naturaleza, o sin ella, el mejor indicador de que la Selección anda afinada. El grupo de Lopetegui tuvo el aire de la era imperial y también heredo su hándicap: la carestía en el remate. Es una de las contraindicaciones de un estilo que cuenta con la bendición general, pero también responsabilidad de Diego Costa, en el que cuesta separar el crack del matón. Puso los pies en el partido sobreexcitado, restregó su mano por la cara a Bonucci y acabó distraído en ese cuerpo a cuerpo callejero que él aprendió cuando los italianos habían redactado ya varios manuales.

En lo demás, y salvó las equivocaciones de Sergio Ramos, que sigue sin corregirse, España fue irreprochable. Un equipo bien armado, en versión sinfónica, con una presión coordinada y armónica, fortalecido con Busquets y Koke y con Iniesta y Silva como cascabeles. Una pareja que enhebró el fútbol de España en aquella selva ‘azzurra’, una lengua ultradefensiva de apenas 30 metros, producto del adelantamiento de su zaga y del papel de Pellé y Eder, que pasaron muy pronto de flechas a escudos. Un ‘catenaccio’ postmoderno del que Italia nunca se avergonzó. Ni siquiera ante su público, como en esta ocasión.

A diferencia de lo que ocurrió en la Eurocopa, España masajeó mucho y bien la pelota, con ritmo y con gracia, y limpió del partido a De Rossi, gerente de aquel recital que Italia ofreció en París. Incluso con el contratiempo de la lesión de Jordi Alba, que obligó a poner a un diestro inactivo, Nacho, capaz de atender cualquier llamada.

Con su vista panorámica Iniesta desmadejó a Italia, cuyas posesiones hubo que medirlas en milésimas. Se marchó al descanso sin pegar un tiro. Su ataque fue un matasuegras. Pero España tampoco trasladó su enorme superioridad al área de Buffon. Ahí sí fue efectiva la selección de Ventura, que sólo concedió dos cabezazos de Piqué, definitivamente en versión de ariete de rompe y rasga, y dos remates sin fuerza de Iniesta y Silva. Arriba, Diego Costa equivocaba su papel de hombre de acción.

El teatrillo de Ventura, sin embargo, se vino abajo con un error fuera de concurso de Buffon, el mismo que había evocado a Casillas 24 horas antes. Busquets le mandó una pelota profunda a Vitolo a la que llegó sobrado de ventaja el meta. Temeroso de meter el empeine y encontrarse con un rebote sorpresa, quiso meter el interior del pie para sacar la pelota por una banda. En la duda sobre con qué pegarle acabó por patear al aire y dejar al canario a puerta vacía. Allí, en su casa, ante su público, Buffon, el mito, dejó la más cómica escena de su carrera.

Aquella sacudida bajó de las nubes a Ventura, que acabó por entender que Pellé ha entrado en clara recesión en el fútbol chino y buscó más alboroto con la movilidad de Immobile. La respuesta de Lopetegui no fue táctica sino preventiva. Diego Costa, con una amarilla, desplazó un balón sin ninguna prudencia y el seleccionador entendió que hasta ahí llegaba la broma. El nuevo escenario tuvo el mismo dominador pero más animación. Italia, a su manera, por empuje, sin un verdadero plan de ataque, se acercó entonces de verdad a De Gea. Y la Selección, con espacios, persiguió el tiró de gracia. Lo tuvo Vitolo y se le fue por un palmo en un mano a mano. Ese palmo que tantas veces le falta a la Selección para volver al trono. Ese palmo de anticipación que tuvo Eder para forzar el penalti de Ramos que De Rossi convirtió en igualada. Ese palmo que casi nos hace palmar ante un rival inmortal.


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