Señor Dios mío,
desde esta tierra que derrama dolor,
como el que tú has padecido,
hasta morir por cada uno de nosotros,
levanto mis ojos al cielo,
y con tu cruz misericordiosa,
me lleno de esperanza,
me colmo de alegría,
me calmo y cierro los ojos,
para reencontrarme con el alma
y ser más espíritu que cuerpo.

Dios mío, Señor Jesús,
danos oído para escuchar los llantos,
vista para ver el rostro del Crucificado;
ayúdanos por siempre a consolar
a tu Madre dolorosa, viértenos la luz
del edén en nuestros labios,
para injertar el más sublime poema,
y así, bajo las sábanas del silencio,
podamos meditar con tu muerte,
que la vida no se alcanza aquí,
sino al ser reconciliados con el verso.

Hemos de regresar al santuario
de la belleza, con el pulso limpio,
y la mirada renacida por el bien,
después de conciliar un buen deseo,
de empezar un nuevo camino,
el del amor que acoge y recoge,
que se dona y se otorga,
que se entrega y se reintegra
a su Creador, aquel que procede
con justicia y habla con rectitud,
y rehúsa esta corriente mundana.

Siempre es hora de levantarse,
de ponerse en camino,
de ser morada y alma despierta.
El trabajo nos urge,
pero aún más nos purga,
el dejarnos habitar por la bondad
de un Padre que está ahí siempre,
con su Hijo y la Trinidad protegiendo,
para que cada día, por muy noche que sea,
podamos amanecer al sol,
por mucho que se oscurezca la conciencia.