Actualmente utilizamos en casi todo el mundo el calendario gregoriano, sistema para medir el paso del tiempo y que tiene su origen en Europa. Fue impuesto por el papa Gregorio XIII  el 4 de octubre de 1582, sustituyendo al calendario juliano, que se utilizaba desde Julio César.

El origen de este cambio llegó a raíz de los acuerdos en el Concilio de Trento. El objetivo era eliminar el desfase producido desde el primero Concilio de Nicea, en el 325. En aquel momento se fijaron los días en los que se tenía que celebrar la Pascua, y por consiguiente el resto de celebraciones religiosas. Es decir, lo que se tenía que hacer era adaptar el calendario civil al año trópico.

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Origen del calendario gregoriano

Para poder conseguir esto, el 4 de octubre de 1582 el papa Gregorio XIII hizo que desaparecieran 10 días que se habían acumulado desde que se instaurase el calendario juliano. Más concretamente los días del 5 al 14 de octubre. El descubrimiento de este desfase llegó desde la Universidad de Salamanca, donde se realizaron varios estudios sobre el paso de los días.

El calendario juliano marcaba el 1 de enero como el principio del año, pero con 365 días y seis horas. El año bisiesto, que trata de recuperar esas horas, incluía un día entre el 25 y el 24 de febrero. También en los años divisibles entre cuatro. Pero el calendario juliano tenía un margen de error de 11 minutos y 14 segundos. Además, los días se intercalaron de manera errónea.

En 1582, el equinoccio se adelantó al 11 de marzo, y con ello la celebración de la Semana Santa. De continuar con este error, la liturgia se celebraría cada vez antes, llegando a cambiar de estación. Esto chocaba directamente con lo escrito en la Biblia. Aquí se especifica que Jesús murió en el mes judío de nisán (primavera). Así el papa también decidió fijar el equinoccio el 21 de marzo, para celebrar la Pascua en primavera.

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