Durante mil años los obispos de Roma fueron reconocidos como soberanos de media Italia. Pero la unificación italiana necesitaba acabar con ese residuo de la Edad Media.

El 20 de septiembre de 1870 los bersaglieri, bayoneta calada y plumas de gallo al viento, entraron a la carrera por la brecha de Porta Pía. Roma era suya y Pío IX pasó a la Historia como un “dulce hecho de bizcocho, cubierto de crema o de huevo”, según define el Diccionario de la Real Academia al término “pionono”.

Así terminó el reinado de mil años de los papas-reyes. Pío Nono se convirtió en “el prisionero del Vaticano”. Permaneció encerrado en su palacio hasta su muerte ocho años después, sin querer salir al exterior para no ver la realidad: que la Italia unificada se había convertido en un Estado moderno con Parlamento, Constitución y elecciones. Que ya no había ni volvería a haber Papa-Rey.

Su única revancha fue excomulgar a la dinastía Saboya.

Habría que esperar a Mussolini para resolver la “cuestión romana”. En 1929, Pío XI y el Duce firmaron el Tratado de Letrán. El Papa recibió un microestado, Ciudad del Vaticano, junto al cual Mónaco parece un gran país. A cambio reconoció al Estado italiano y levantó la excomunión a la dinastía reinante.

El principio del poder temporal de la Iglesia, es decir, de un país regido por los papas, se pierde en el marasmo de la caída del Imperio Romano. En el siglo VIII los obispos de Roma exhibían un documento –una burda falsificación, se supo pronto– según el cual el emperador Constantino le había otorgado nada menos que la soberanía del Imperio Romano al Papa.

El rey de los francos Pipino el Breve, que dominaba media Europa, avaló el invento y reconoció la soberanía papal sobre Roma y un extenso país en Italia central. A cambio, el Papa “devolvería” el Imperio al hijo de Pipino, Carlomagno, coronándolo como emperador.

Fue un matrimonio de conveniencia entre el poder político y el espiritual, y como tantos matrimonios, tras unos primeros tiempos de luna de miel vinieron años de sórdidas peleas. El enfrentamiento entre el Papado y el Imperio llena la Edad Media y culmina en 1527, cuando el ejército de Carlos V, nuestro muy católico emperador, asalta Roma y la somete a un despiadado saqueo. El Papa Clemente VII salva la cabeza refugiándose en el castillo de Sant’Angelo, donde permanece asediado ocho meses, un antecedente del encierro de Pío IX tres siglos después. Para mostrar su hegemonía sobre el Papa, Carlos V se haría luego coronar emperador por el propio Clemente VII.

Un mero peón

A partir de entonces, el poder temporal de los papas sería el de un mero peón en la política internacional, y los soberanos pontífices muchas veces peleles de las potencias dominantes.

La Revolución Francesa fue exportada a Italia por las bayonetas del general Bonaparte, y los Estados Pontificios se convirtieron en República Romana. Luego, cuando Napoleón se inventó el Imperio, Roma fue capital del Reino de Italia. Pío VII era prisionero de Napoleón y le apostrofaba: “¡Comediante! ¡Tragediante!”, pero hubo de tragar y coronó Emperador a Napoleón, como había hecho Clemente VII con Carlos V.

Después de Waterloo, con la reacción triunfante en Europa, el Papa volvió a ser rey. Su régimen era el más oscurantista de Europa, con la Inquisición como tribunal de garantías. Ninguna libertad, brutal represión. Cuando en 1848 esa Europa sojuzgada por el absolutismo estalló en revoluciones por todas partes, los romanos también se levantaron y expulsaron al Papa-Rey, que ya era Pío Nono.

Final

La revolución fracasó y el Papa- Rey volvió a Roma, pero los tiempos tenían que cambiar y ya no era posible mantener un residuo medieval como los Estados Pontificios. El proceso de unificación de Italia bajo la dinastía liberal de los Saboya avanzó imparable desde mitad de siglo, y su progreso implicaba la desaparición del reino papal.

Cuando el 20 de septiembre de 1870 los bersaglieri hicieron sonar sus trompetas y, como Josué, rompieron la muralla romana por Porta Pía, fue el fin del Papa-Rey.

La cruzada de Bradomín

Napoleón III, que mantuvo una calculada ambigüedad frente a la unidad italiana, quiso sostener a Pío Nono y envió un ejército francés a Roma. Pero la Guerra Franco-prusiana le obligó a retirarlo. La defensa del Papa- Rey quedó entonces en manos de unas brigadas internacionales de la reacción. Aristócratas nostálgicos del absolutismo, curas ultramontanos, monárquicos franceses, carlistas españoles –Valle Inclán envió al marqués de Bradomín a servir en los zuavos pontificios– acudieron en cruzada. Pero no pudieron con el brío de la Italia del “Risorgimento”.

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