El 6 de Julio de 1885, una mujer llegó llorando con su hijo de 9 años al laboratorio donde investigaba . El chico se llamaba y había había sido mordido dos días antes por un perro rabioso en 14 sitios diferentes. De puro dolor, casi no podía andar y su muerte en breve plazo estaba prácticamente asegurada.

“¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur!” rogaba insistentemente aquella madre.

Pasteur había probado un remedio en animales pero jamás en personas. ¿Debía inocular aquel remedio al muchacho o no? Gran dilema.

Este mismo día , fue hecha a un ser humano la primera inyección de microbios atenuados de hidrofobia. Consistía en extractos de médula espinal de conejos conservada en un frasco abierto durante 15 días. Se le aplicaron otras 12 inoculaciones en los 10 días siguientes con extractos de virulencia progresivamente mayor. Día tras día, el pequeño Joseph Meister soportó las restantes inyecciones. El muchacho jamás presentó el menor síntoma de la espantosa enfermedad.

Una vez que salió indemne de la prueba, Pasteur perdió el miedo y dijo al mundo que estaba dispuesto a defender de la hidrofobia a todos sus habitantes.

El 26 de octubre de 1885 leyó ante la Academia de Ciencias “Un método para prevenir la rabia después del mordisco”.

El mundo no tardó en aprovecharse de su descubrimiento. Muchas personas pasaron por el laboratorio de la rué d’Ulm. Los encargados del laboratorio no paraban de preparar cultivos y más cultivos para las inyecciones y hubo que suspender todo trabajo de investigación en aquellas series de habitaciones pequeñas y abarrotadas, mientras Pasteur, Roux y Chamberland iban clasificando muchedumbres políglotas de mutilados que en una veintena de lenguas diferentes suplicaban:

“¡Pasteur, sálvanos!”

Un total de 2.500 víctimas de mordeduras recibieron la vacuna en los 15 meses siguientes.

Todo el mundo reconoció abiertamente sus méritos. Empezó a llegar dinero en sumas que alcanzaron millones de francos para contribuir a la construcción de un laboratorio donde Pasteur pudiera disponer de todo el material necesario y seguir la pista a otras enfermedades. Los trabajos empezaron inmediatamente.

El arquitecto se negó a percibir los honorarios y los constructores sólo aceptaron el pago de los gastos.

El laboratorio fue construido pero nuestro héroe tenía entonces 63 años y salvar esas vidas liberó la tensión que había acumulado durante cuarenta años de incesante investigación.