Su generación fue hecha de otra pasta. Sus manos eran de otro material y su corazón es tan imperecedero que sigue latiendo fuerte entre todos los aficionados al automovilismo.

Tazio Nuvolari nació en Castel d’Ario, como a las nueve de una fría mañana del 16 de noviembre de 1892. Corte Mantovanelli escuchó el primero de los pocos llantos que emitiría a lo largo de su vida, rociada de gasolina y testigo envidiable de las hazañas de aquel espigado, pequeño y narigudo héroe.

Héroe italiano

Tazio NuvolariHablar de Nuvolari es hablar de Italia y de aquellos primeros años del siglo XX en el que el país transalpino lidiaba con disputas internas y con el nacimiento del fascismo. Tazio llegó a estar alistado en la ‘Gran Guerra’, tratando de ser conductor de ambulancias y siendo expulsado de dicho rol por ser considerado ‘excesivamente peligroso’. El amor por la adrenalina llegó a hacerle crear un paracaídas casero en sus primeros años de vida, con el cual saltó desde el tejado de su casa provinciana, sobreviviendo al intento. Sobrevivir, esa es una de las palabras que más se cruzarían por la mente del italiano a lo largo de su vida. Sobrevivir a cada curva; sobrevivir tras conducir sin volante; sobrevivir a sus dañados pulmones.

En contra de lo que sucede en la actualidad, Tazio Nuvolari comenzó a competir en automóviles a los 28 años de edad, tras haber hecho alguna prueba en motocicletas previamente. Cuentan los archivos históricos, que el italiano llegó a disputar el primer evento celebrado en el Autódromo de Terramar, situado en la localidad catalana de Sitges, allá por el año 1923. ¡Qué lejos de nacer estaba la Fórmula 1 por aquel entonces!

La vida como apuesta

Los ‘Grandes Premios’ de comienzos del Siglo XX se celebraban en tramos de carreteras, en circuitos recién construidos y con el público a pie de pista -si no siempre, la mayoría de las veces-. Nuvolari tenía que lidiar con aquellas situaciones, evitar comisionar con otros pilotos y tratar de no arroyar a aquellos aficionados que se pegaban a las improvisadas vallas en busca de la brizna de aire respirada por sus héroes. Del piloto italiano existen cientos de anécdotas, como aquella en la que reparó un antiguo aeroplano para después tratar de volar con él y acabar escapando de las llamas milagrosamente.

O esa otra de la ‘Mille Miglia’ de 1930, en la que Tazio apagó las luces de su Alfa Romeo 6C 1750 para evitar que Achille Varzi le viese llegar y así superarle justo antes de la llegada. El ‘Mantovano Volante’ ya tenía la victoria asegurada, dado que las salidas se hacían de uno en uno y le sacaba más de diez minutos a su compañero de equipo antes de superarle. Pero tal vez -sólo tal vez, dada la grandeza del personaje- la más curiosa de todas sea la de su última ‘Mille Miglia’ cuando, superados los 50 años, se mete en el bolsillo, para siempre, a la afición que abarrotaba los pequeños pueblecitos italianos desde Brescia y vuelta, pasando por Florencia, Pisa, Livorno o Roma.

‘Mille Miglia’ de 1948

En 1948, Nuvolari se quedaba sin el asiento con ‘Cisitalia’ por problemas técnicos de la compañía italiana pero un tal Enzo Ferrari le llamaba unos días antes para subirse al segundo de sus Ferrari 166 SC y le endosa a Sergio Scapinelli como copiloto -el italiano había sido mecánico de la compañía del ‘cavallino rampante’ hasta entonces-. “En cierto momento afrontamos la entrada a un gran puente de madera, sustituto de otro antiguo que fue destruido en la Segunda Guerra Mundial. Empezamos a ver señales que dice “Reduce”, “Reduce”, pero Nuvolari no baja la velocidad, no se para nunca. Se escucha un ruido infernal al pasar sobre el puente y nos salimos al cruzarlo, pero las banderas rojas no valen para él y continuamos”, cuenta el propio Scapinelli en el libro de Mario Donnini, ‘Il rombo del cigno’.

Nuvolari afronta la recta final de su vida deportiva, con compilaciones en sus pulmones y con la gran exigencia física de aquellos bólidos sin dirección asistida, ni nada que se les pareciera. Pero el antiguo campeón quiere entrar en los libros de historia y resistirá hasta el final como los caballeros de otras épocas, como los pistoleros del lejano Oeste. A su paso por Gualdo Tadino, cerca de Perugia, la mitad del capó del Ferrari se desprende pero Tazio va encendido, una mirada febril se deja entrever entre las gruesas gafas de conducir y su copiloto se agarra firmemente a un asiento sin cinturones de seguridad.

La Italia que sigue aquella edición XV de la ‘Mille Miglia’ es una Italia que trata de olvidar la cruenta guerra, que quiere construirse y reinventarse y que pegada al transistor y a las cunetas de sus carreteras, ve como un quincuagenario piloto vuela hacia la victoria, pilota a través de la Historia. Todos piensan que será la última vez que Nuvolari podrá luchar por la victoria, el tiempo corre en su contra y los tiempos comienzan a cambiar. Con el agridulce paladeo de los últimos contravolanteos y las últimas derrapadas, miles de niños abren bien los ojos al paso del 166 SC de la Scuderia.

A un paso de la hazaña

Tazio tiene media hora de ventaja ante su más directo rival, el piloto de la otra 166 SC, Biondetti -a la postre el más laureado en la prueba de las mil millas italianas con cuatro victorias en su haber- pero, a pesar de que su biplaza está comenzando a dar problemas, asegura a su copiloto que no se pararán hasta llegar a Reggio Emilia pero allí las noticias que esperan no son buenas. Enzo Ferrari espera y ve cómo una varilla de la suspensión del biplaza está totalmente rota. Fatídico final para el vuelo hacia la leyenda.

En la complicidad canónica, ‘Il Commendatore’ mira al héroe y le asegura “Ánimo, Tazio, el próximo año será”, pero el mito responde apesadumbrado: “Ferrari, jornadas como esta a nuestra edad no vuelven muchas; recuérdalo y trata de disfrutarlas al máximo, si puedes.”Era el trago amargo de aquella leyenda que soñó con correr en la recién creada Fórmula 1 hasta el día de su muerte, que soñó con enfrentarse a aquellos Fangio, Farina, Fagioli o Ascari a los que había servido de inspiración algunos años atrás. El destino y la edad se lo impidieron pero sus delgadas y nervudas manos, sus bailes con la muerte a bordo de aquellos bólidos y su mirada penetrante siguen aún brillando para quienes quieran recordarlo.