Múnich es  un viaje a la cuna del nazismo. Sus cervecerías con siglos de historia fueron el escenario desde el cual un por entonces desconocido joven austríaco llamado Adolf Hitler comenzó a convencer a los alemanes de que era hora de recuperar la gloria perdida, sin importar los costos.

Múnich está repleta de pistas sobre los orígenes del Tercer Reich. Mientras aún masticaba bronca por la rendición alemana en la primera guerra mundial, Hitler llegó a Baviera en busca de permanecer alistado en un ejército desmovilizado y con la autoestima por el suelo. En aquella Alemania efervescente y radicalizada, sus superiores le encomendaron espiar a los partidos políticos.

En una antigua cervecería, Hitler comenzó a escuchar los discursos de los referentes del Partido Obrero Alemán. Allí, al mismo tiempo que tomaba apuntes, aplaudía con entusiasmo los discursos de quienes hablaban de la superioridad de la raza aria y de la necesidad de respetar su pureza. De a poco, ese joven que escuchaba en silencio los discursos desde un rincón comenzó a hacer oír sus opiniones, y a despertar la admiración de aquellos veteranos ansiosos de revancha.

Varios de ellos creyeron que por fin habían conocido al hombre que destrozaría cada una de las páginas del odioso Tratado de Versalles y devolvería a Alemania la gloria perdida. El local que albergaba dicha cervecería sigue en pie en el centro de la ciudad. Con la ayuda de Google Maps y algunas fotografías, los viajeros podrán ubicarlo, aunque allí ya no hay rastros de aquella sede política. Ahora funciona un negocio de venta de teléfonos celulares.

Quienes visiten Múnich podrán, a su vez, conocer la emblemática (e impactante) cervecería Hofbräukeller. Ese enorme local, en el que beben cerveza de Baviera miles de turistas cada día, fue el escenario del primer y efervescente discurso político de Hitler, el 16 de octubre de 1919.

De manera no oficial, Hofbräukeller fue la sede del partido nazi, en una ciudad cuya historia está directamente asociada a la cerveza y en la que cualquier reunión importante está acompañada por esa bebida. El escenario ubicado debajo de un enorme techo en forma de bóveda aún puede ser visitado. Hay quienes dicen que la pintura esconde algunas esvásticas de los tiempos de la dictadura nazi.

El entusiasmo era tan grande que pocos años después, en 1923, Hitler creía estar preparado para llegar al poder por la fuerza, inspirado por la Marcha sobre Roma que un año antes había protagonizado Benito Mussolini en Italia.

Mientras algunos altos jerarcas del gobierno de Baviera estaban reunidos en la cervecería Bürgerbräukeller la noche del 8 de noviembre, Hitler entró al local, disparó al techo y proclamó el inicio de una revolución. A la mañana siguiente, los nazis marcharon sobre Múnich y se enfrentaron con la policía. El golpe de Estado fracasó y Hitler fue encarcelado.

Dieciséis nazis murieron aquella mañana de 1923 y, tiempo después, fueron homenajeados como mártires. Hitler ordenó colocar una placa en su honor en el sitio donde cayeron. Bajo la amenazante presencia de dos oficiales de las SS, quienes pasaban por allí en los tiempos del nacionalsocialismo estaban obligados a realizar el saludo nazi.

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