“Me han echado la culpa de todos los muertos, con la excepción de los de la lista de bajas de la Guerra Mundial”, decía Capone socarrón, con el puro en la orilla de la boca y su sombrero de ala larga al frente que proyectaba sobre la mitad de su cara una muy conveniente sombra. idiota, había convertido al capo Capone en gánster gagá.

El 17 de octubre de 1931, Alphonse Gabriel Capone (Al Capone) fue condenado a prisión. La noticia de que por fin le habían echado el guante al gánster más famoso de todos los tiempos produjo gran revuelo.

El juicio, que las artimañas de sus abogados habían logrado dilatar durante meses, provocaba en cada sesión tumultos fuera del juzgado, donde había curiosos y forofos que veían emocionados esta discutible escena: cada vez que Capone se bajaba de su automóvil rumbo a la sala del juzgado, hacía una escala frente al carro de fruta que regentaba un humilde inmigrante italiano y, luego de un breve saludo, le daba un billete de cien dólares a cambio de una manzana. Aquel gesto de Capone, además de arrancar los aplausos de sus admiradores, pretendía sensibilizar a su favor al jurado que almacenaba pruebas y testimonios para emitir su veredicto. Aunque ya aquel día el alarde de la manzana había sido puro coqueteo, pues la gente de Capone se había encargado de sensibilizar, con amenazas o dinero según el caso, a cada uno de los miembros del jurado.

“El gánster más grande de la historia”, como lo calificaba New Yorker en sus titulares, entró al edificio haciendo gala de una confianza que quedó plasmada en la mordida triunfal que le dio a su manzana; no contaba con que precisamente ese 17 de octubre, el juez Wilkerson, desafiando las leyes elementales de la Mafia, había intercambiado a su jurado por el de otra sala y que éste, que no había pasado por la terapia de sensibilización, iba a terminar condenándolo a pagar 80.000 dólares y a purgar 11 años de prisión por el delito de evasión fiscal, casi una broma si se tiene en cuenta la fuente turbia de donde provenía su fortuna o las decenas de homicidios que se le achacaban, y que nadie, ni el legendario policía Eliot Ness, pudo nunca probar.

Capone fue encerrado en una prisión en Atlanta, pero a los pocos meses, cuando trascendió que a fuerza de sobornos llevaba una vida de marajá, fue trasladado a la isla de Alcatraz, donde lo despojaron de sus privilegios y comenzó a disparársele una sífilis que padecía desde pequeño. Los 11 años de condena se redujeron, por buena conducta y mala salud, a seis años y cinco meses.

Pasó gran parte de sus últimos años de reclusión en el hospital de la prisión y finalmente fue liberado el 16 de noviembre de 1939.

Estaba arruinado, físicamente débil y con la mente deteriorada. Se retiró a su propiedad de Palm Island, en Miami Beach, Florida, donde se recluyó del mundo exterior. El 21 de enero de 1947, Capone sufrió un derrame cerebral, y murió cuatro días después de neumonía. Lo encontraron muerto en la bañera.

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Fue enterrado en el cementerio Mount Olivet y trasladado al cementerio Mount Carmel al oeste de Chicago, junto a los restos de su padre y de su hermano.