Siempre que el budismo se ha difundido por otras culturas, ha interactuado con los sistemas de creencias de las mismas, dando lugar al desarrollo de algo nuevo; o a otra formulación de esa sabiduría perenne.

Actualmente el principal campo de interacción en Occidente no es el judeo-cristianismo con la indudable aportación del islam, sino la Psicología, una relación que ha conducido a innovadores tipos de psicoterapia y en las últimas décadas al movimiento mindfulness.

Muchos psicoterapeutas en contacto directo con el dolor y con los cuidados paliativos practican el budismo en sus diversas y enriquecedoras formas; no pocos han incorporado técnicas contemplativas en sus terapias.

Un claro ejemplos es Jon Kabat-Zinnl fundador y director de la Stress Reduction Clinic y el Center for Mindfulness in Medicine, Health Care, and Society en la facultad de Medicina de la Universidad de Massachusetts que escribe “Mindfulness significa prestar atención de un modo particular: deliberadamente, en el momento presente y sin juzgar”.

Pero hay no pocos practicantes que ya alertan del peligro de que “si estas prácticas carecen de una crítica social aguda podrían ser utilizadas para justificar y conservar el statu quo, convirtiéndose en un refuerzo del capitalismo consumista”, advierte Bikkhu Bodi, destacado monje budista americano.

El budismo como terapia sicológica o la práctica mindfulness pueden tender a quitar importancia al papel tradicional de los preceptos éticos, a la práctica comunitaria y sobre todo a la iluminación, que siempre se ha entendido como algo más transformador que simplemente ayuda a uno a adaptarse a las estresantes situaciones de la vida cotidiana, escribe Loy. “Más que devaluar este mudo intentando poner fin a los renacimientos en él, o intentar aprovechar lo mejor que podamos nuestras vidas en él, tal como parece ser, hay una tercera posibilidad: podemos despertar dándonos cuenta de algo generalmente inadvertido acerca de la naturaleza de este mundo, aquí y ahora, e integrar esa realización en nuestras vidas diarias.

Frente a las advertencias del Buddha sobre el eternalismo que defiende que el yo sobrevive a la muerte y el aniquilacionismo que sostiene que el yo es destruido al morir, él afirma que ambas adolecen del mismo error: hay un yo nuclear que se destruye o no cuando el cuerpo muere. En ambas se trata de una realización en la que se percibe que el mundo tal como lo experimentamos habitualmente no es real ni irreal, sino una construcción psicológica y social que puede deconstruirse y reconstruirse, que es lo que ocurre cuando uno sigue el sendero budista.

Sea lo que sea la realidad, advierte Ilya Prigogine, esta se nos revela solo a través de una construcción activa en la que participamos.

En Un nuevo sendero budista, el autor examina con lucidez y amenidad las cuestiones más relevantes para el budismo del siglo XXI: ¿Cuál es el sentido del despertar? ¿Cómo puede reconciliarse la ciencia moderna con las antiguas enseñanzas religiosas? Y sobre todo ¿Cuál es nuestro papel en el universo?

Por: J. C. Gª Fajardo

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