Hace tiempo que busco y rebusco,
el camino del verso para engrandecerme el alma.
Me desconsuela mirar y verme,
perdido en medio de tantos caminos y caminantes.
Soy persona de acción y reacción,
lo importante es seguir siendo yo y mis entornos.
Pues cada uno de nosotros, ha de ser más,
no se puede quedar sólo en la mirada,
con el corazón encerrado en la amargura.
Salgamos de nosotros,
y arriesguemos a desvivirnos por vivir en el auxilio.
Porque socorrer es aliviar la carga de cualquiera.

Confieso que me ensimisma
prometerme y comprometerme a ser otro cada día,
a conquistar nuevos horizontes,
a navegar por otros mares y cielos,
a perder de vista esta tierra mal repartida,
a dignificarme como servidor.
Pues sin apuros en el andar,
no hay deseo de trascender en la poesía,
que es a lo que aspiramos,
a ser del verso el soplo de cada aurora,
y así vivir eternamente en territorio de ninguno.
Porque nadie se encuentra con paso dado.

Necesitamos crear y recrear otro mundo,
más acorde con el espíritu del corazón,
donde hallar refugio y sosiego,
para escucharnos y entendernos,
cada cual consigo mismo,
e indivisos, más allá de las fronteras y los frentes,
ser una piña de luz,
y poder decir adiós a tantas noches injertadas.
Hemos de despertar, ¡pero ya!,
ser más valientes para entonar otro cambio,
que nos desbloquee y nos haga fértiles de cariño.
Porque el amor no se posee, se entrega sin más.

Adheridos al territorio del afecto,
yo ya no soy el que soy, sino un activo
en movimiento, una corriente que vive por ti,
donde fructifican las pasiones,
el donarse y el perdonarse,
el quererse y el amarse,
el sostenerse y el sustentarse,
hasta el extremo
de que el gozo no es hacer para sí,
sino hacer para los demás,
lo que uno quisiera que hicieran conmigo.
Porque sí, uno es nada, sin alguien que le aliente.


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