Vade retro, Satanás

La misionera francesa María Teresa Noblet sufrió durante toda su vida enfermedades y castigos que parecían venir del mismísimo diablo.

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El caso de la misionera francesa María Teresa Noblet (1889-1930), sierva del Señor en Papuasia, Nueva Guinea, resulta muy estremecedor. Debemos al padre Pineau, autor de una espléndida biografía suya, el conocimiento exhaustivo de su admirable misticismo, así como a los Estudios Carmelitanos. Desde muy pequeña, se observaron ya en María Teresa Noblet los primeros fenómenos médicos inexplicables a la sola luz de la ciencia. Con siete años, se curó repentinamente de una peritonitis aguda; a los trece, desaparecieron los dolores raquídeos acompañados de trastornos nerviosos: taquicardia, tos persistente, parálisis de las piernas y del brazo izquierdo, que hicieron al doctor Chipault diagnosticarle «Mal de Pott dorso-lumbar, complicado con un estado general nervioso».

Pues bien, en febrero de 1908 se reconoció en la diócesis de Reims la milagrosa curación de esta enfermedad por intercesión de la Virgen de Lourdes. Aun así, no se libró María Teresa de otras penosas enfermedades: a los 21 años, una apendicitis a raíz de la cual recibió la Unción de Enfermos; y con 24, fiebre y vómitos cuya naturaleza no pudo averiguarse esta vez. Al cabo de diez años, padeció una cistitis que desapareció también por sí sola. En ningún manual de medicina del mundo se lograba explicar cómo podía sanar esta mujer de un cúmulo de trastornos y dolencias que la ponían sucesivamente en el umbral de la muerte.

Vejaciones

Hablando del demonio, antes incluso de partir hacia la Papuasia, María Teresa se declaró ya víctima de sus vejaciones. Nada más llegar allí, Satanás la dejó muda durante dos días enteros. Las experiencias diabólicas sufridas por esta santa mujer son el mejor ejemplo de cómo la realidad permitida por el Señor para purificar sus almas y las de los demás supera a la mejor ciencia-ficción.

Cierto día, el demonio amarró a María Teresa a los barrotes de su cama utilizando sus propias trenzas para ello. Se le aparecía también con frecuencia, flagelándola y pisándola el cuello; otra vez la cogió del sofá donde reposaba para arrojarla violentamente sobre su cama, diciéndole: «¡Ah! ¡Así es como me obedeces!». Y luego, a una velocidad de vértigo, se la llevó al infierno para atormentarla con la visión de los condenados y de las bestias inmundas que lo poblaban. El diablo también «se vestía de Prada», parafraseando el título de la novela de la periodista Lauren Weisberger llevada al cine por David Frankel. El demonio jugaba sus cartas marcadas con enorme astucia, adoptando incluso la apariencia de un antiguo pretendiente de María Teresa, militar de profesión, que llegó a pedirle matrimonio durante su juventud. Ella le rechazó para entregarse a Dios por entero. Pero un día, el «doble» de aquel apuesto oficial se presentó en la Gineste luciendo el uniforme de gala y solicitó ver a María Teresa en el salón de visitas. Ella acudió presurosa a la llamada y permaneció allí un buen rato, al cabo del cual fue a ver espantada al sacerdote para relatarle lo sucedido. El clérigo corrió al salón pero no vio allí a ningún ser humano; sí contempló, en cambio, con gran asombro una columna de humo amarillo que ascendía lentamente en espiral hacia el techo.

Invocando a San Miguel

María Teresa pudo al fin explicarle que acababa de escapar de una irresistible trampa del diablo que intentó conmoverla con una nostálgica historia de amor. Después de rechazar sus insinuaciones, el demonio dio finalmente la cara y amenazó con raptarla. Pero consiguió escapar de él con ayuda de su ángel custodio. El demonio transportaba consigo a su víctima a otros lugares infames, atacando tenazmente su voluntad por medio de sugestiones, imágenes o palabras. En otra ocasión, le mostró a una persona muy querida que participaba en un horrible espectáculo de blasfemias y burlas sacrílegas mientras hacía los votos religiosos.
Satanás adoptaba también formas de animales. Durante su viaje desde Francia a Paupasia, María Teresa vislumbró sobre el puente del barco a un gorila que no vaciló en apalearla los días siguientes. Ya en tierra firme y durante la noche, el diablo la molía también a palos, pero en cuanto ella invocaba a San Miguel Arcángel y a sus milicias celestiales se desvanecía. En otra ocasión, la atacaron un mono y dos perros; y más tarde, un caballo con ojos de fuego se arrojó sobre ella derribándola y pateándola sin la menor compasión. Noches tormentosas, como otra en la que Satanás la arrojó de la cama, arrastrándola de los cabellos por todo el dormitorio y poniéndole una rodilla sobre el pecho mientras la golpeaba para que le prometiese obediencia eterna.

Por: José María Zavala

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