Vivir en silencio, vivir el silencio

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Era el último viernes de agosto, a las cinco de la tarde, la ciudad estaba desierta y yo volvía del trabajo. Contenta. Iba pensando en darme un chapuzón en la piscina, estaba parada en un semáforo, cantando, disfrutando ya del abrazo de mi marido, el recibimiento de mis perros y el frescor del agua. Un golpe por detrás, brutal e inesperado, ni siquiera frenó, lo cambió todo para siempre. Justo después del impacto llegó… un enorme silencio. El primero de todos los que iba a tener. El silencio de los que creía amigos y no lo eran. El silencio de los gritos que me tragué y no di. El silencio del teléfono que dejó de sonar. El silencio ensordecedor de mi vida parada, viendo la de los demás. El silencio del dolor en soledad.

No fui consciente hasta ese momento de todo el sonido que me acompañaba en mi ajetreada vida diaria.

Una lesión muy poco habitual fue el diagnóstico, producida precisamente por estar cantando, por tener la boca abierta justo en el instante del golpe. Una ironía, el premio a la alegría, pensé. La lesión no tiene cura, de momento, me provoca un dolor lacerante y continuo. El dolor del suicidio lo llaman los médicos. Me duele comer, reír, llorar, gesticular con la cara, y sí, también hablar y cantar. Cualquier movimiento facial o de la cabeza. De ahí que ese silencio que todo lo ocupó los primeros años después del accidente, fuera mi enemigo y mi aliado. Lo odiaba y lo necesitaba. Hacía más soportable el dolor.

Vivíamos en el campo y, cada mañana al despertar, oía el viento jugando entre los pinos. Ese fue el primer silencio amigo, aprendí a oírlo y a disfrutarlo, no me comparaba con la que fui. Le gustaba como era. Y me daba paz. Me invitaba a respirar su olor siempre nutritivo y fresco. El olor del silencio. Me acostumbré a darle las gracias cada mañana, también en silencio. Y, de las copas de los pinos al cielo, hay sólo un paso.

Sentada en el porche, desayunando, empecé a escuchar el silencio del cielo, de las nubes emborronadas o de puro algodón, los matices del azul, el gris, la luz esplendorosa o a veces tímida. Cada día diferente y siempre mágico. Y saboreando mi café con leche me descubrí dando las gracias al silencio del cielo. Ese silencio tan impresionante y eterno. Que hace que me sienta pequeñita y especial a la vez. Aprendí a utilizar cada minuto de precioso silencio a mi favor. Fue despacio, sin prisas, el accidente también me regaló el tiempo. El silencio dolía cada vez menos, dejé de llevar el móvil pegado a mí, como si fuera una prolongación de mi mano. Hubo veces que estuvo desaparecido días, y ni él ni yo nos echamos de menos.

El dolor está presente sin descanso, es cierto. Es un invitado no deseado e inevitable, hablo y negocio con él. He aceptado que forma parte de mí. Me gusta la persona que soy ahora, y ese dolor lacerante forma parte de quien soy, por ello lo quiero. Como a mis errores, equivocaciones y defectos.

Han pasado más de once años de aquella tarde de agosto. El silencio me enseñó la gratitud, el valor de las pequeñas cosas, el regalo diario de la Vida. Me mostró el camino de la reflexión, la meditación, el encuentro conmigo misma. Me dio el tiempo y el clima para conocerme, las pequeñas esquinas acogedoras de mi ternura, los recovecos de mis miedos, los lugares en sombra que he de iluminar, los espacios abiertos llenos de luz donde viven el amor, la amistad, la esperanza, la generosidad, la confianza. La palabra mágica, aceptación.

Me di el permiso de ser yo, alguien libre que elige cada mañana Vivir. El dolor, ese accidente, me robó mis planes de vida, meticulosos y perfectos, sin embargo me ofreció la oportunidad de ser y sentirme libre en la Vida. Me regaló Vivir.

Y cada día elijo. Cada mañana, cuando me despierta ese dolor terrible opto libremente por vivir. Y en silencio doy las gracias. Por cada pequeña cosa. Por todos los “ahoras” que me hacen feliz.

Cada mañana, cuando el dolor me despierta, oigo el silencio. Y duele, y lloro. Sin embargo, algo aprendí de aquellos pinos y del viento jugando con ellos: el silencio es mi amigo, me muestra el camino. Y cada mañana, en completo silencio, llena de gratitud por tenerme, elijo Vivir.

Nieves Guerrero Alonso
Orientadora del Teléfono de la Esperanza

 

 

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)


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