Vivir sin merecerlo: ¿Cómo es el Síndrome del Impostor?

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Mucho se habla hoy en día sobre la salud mental, lo importante que es cuidar nuestra mente, así como nuestro cuerpo físico. La nueva moda es hablar sobre lo que sucede en la cabeza de todos… Pero, ¿cómo funciona realmente la mente de alguien que no siente que “está bien no estar bien”? (frase cliché que siempre usamos).

No sé cómo es la experiencia para todo el mundo, pero al menos para mí es una montaña rusa. A veces pasan días o incluso meses donde todo es «normal» (¿qué es normal?) y luego, de repente, un día algo explota en mi cabeza y todos los pensamientos positivos que he construido se destruyen, comienzan a crecer los pequeños problemas y defectos como si se tratara de una bomba a punto de estallar. Así se siente mi cabeza, como si fuera a estallar.

La cuestión es que cuando la bomba se revienta, grito, lloro mucho, me exalto, a veces me encierro, escribo… Y cuando todo eso sucede, siento que no me merezco nada, por eso es que todo me sale mal.

Fui diagnosticada a comienzos de este año con El Síndrome del Impostor’, y ese pequeño (gran) descubrimiento me ha ayudado a entender porque siento lo que siento y porque pienso lo que pienso. Ha sido un proceso revelador, difícil, largo y también duro, porque para no es fácil saber que algo no está bien con uno mismo.

El síndrome del Impostor es un trastorno psicológico en el cual las personas «exitosas» son incapaces de asimilar sus logros. De hecho, algunos investigadores la han vinculado al perfeccionismo, tanto en hombres como en mujeres. La tendencia a minimizar y subestimar el éxito es significativa en quienes padecen el síndrome del impostor. Existen dos niveles: uno que desaparece con el tiempo y la experiencia —que se manifiesta cuando nos sentimos inseguros ante un nuevo reto o puesto de trabajo— y otro más grave, que empeora con el tiempo.

Entonces, cuando la cabeza ya no me da más y los pensamientos se acumulan, me doy cuenta que lo que tengo no es porque me lo he ganado sino porque he corrido con suerte. Todo me acorrala, los comentarios negativos de la gente se vuelven un mar dentro de mí y me ahogo.

Vivo una vida que no siento merecer.

Hace poco fui galardonada en la universidad por mi trabajo de investigación, todo fue anunciado de manera unánime por el concejo académico, genial ¿no? Pues no. Resulta que otro compañero sacó la misma nota que yo en su investigación y a él no lo galardonaron… Y él me lo hizo saber.

Creo que simplemente tuve suerte, como con todas las demás cosas. Otras personas intentaron convencerme que mi investigación había sido más pertinente, mejor presentada o redactada de una manera más divertida, pero yo creo que solo fue cosa del destino a mi favor.

Mi vida de impostora no solo se ve reflejada en lo académico sino también en mi vida personal y profesional. No merezco que la gente me quiera tanto. No merezco que sigan mis posts en redes sociales. No merezco un súper trabajo (aunque me esté esforzando como loca por conseguirlo). La lista sigue así con cada pequeña cosa.

Finalmente, puedo decir que vivir así está bien, porque me esfuerzo mucho por sentirme orgullosa yo misma de mis logros y aunque suele ser muy difícil asumirlo, la impostora dentro de mí no me permite abandonar el barco.

Si de verdad soy la mejor, no me puedo rendir.

Por: Erika Paola Ardila Palacio