Qué bonito era antes cuando se hablaba lo justo y no te podían llamar de improvisto por video llamada. Que entretenido era escribir un mensaje a tu novio e intentar simpleficar todo lo que le querías decir en un único mensaje, porque los mensajes, aparte de costar dinero, también tenían un número de letras determinado. Bueno y ni que decir las faltas de ortografía que cometíamos para ahorrar letras, dañaban la vista.

A ver si adivináis este mensaje “Toy ai 2s spera. tngo q ir ksa xq olvid regalo An. TQM”. Traduzco: “Estoy ahí en dos segundos, espérame, es que tengo que ir a casa porque olvidé el regalo de Ana. Te quiero mucho”

Y este era de los fáciles, no queráis saber cómo eran las discusiones por mensaje, el que tenía menos saldo disponible era el que perdía, así que tenías varias opciones: Llamarlo al teléfono fijo que normalmente estaba en el salón delante de todos, y pelearte muy bajito, también podías llamarlo al teléfono fijo y cuando lo descolgara decirle dos palabras y colgar sonoramente o esperar hasta verlo e ir alimentando tu frustración poco a poco como quién infla un globo a punto de estallar.

Aún recuerdo a esos que se dicen llamar expertos pero que nadie sabe quiénes son, decir que en el futuro terminaríamos escribiendo tan mal como en los mensajes y, por lo tanto, la lengua española se iría al carajo.

Entonces… ¡Apareció Whatsapp! Y el mundo se abrió a la comunicación; se podían mandar fotos, hablar largo y tendido todo lo que quisieras, enviar audios, y, por supuesto, apareció esa arma que carga el diablo, las video llamadas.

No os voy a engañar, yo no podría vivir sin whatsapp, a través de esa aplicación gestiono prácticamente la revista y a los colaboradores, la utilizo hasta de libreta de notas y… también he de confesar que cuando estoy aburrida, cotilleo los estados de Whasapp y las fotos de perfil de la gente.

Podríamos pensar que son muchas las ventajas, pero son también muchas las meteduras de pata que he tenido que asumir por culpa de las prisas y de mi despiste.

Aún recuerdo una noche que estaba hablando con una amiga por whatsapp tan tranquila abajo en el salón, y me dice mi amiga –los niños están dormidos.

Yo puse automáticamente emojis de risa y le contesté–sí, se los he colocado a mi madre para que los duerma y yo estoy abajo en plan relax.

Contestación de ella–lo sé, pero como no te acuestes pronto y se despierten, no me los vuelves a colocar.

Mis ojos se abrieron como platos, no me cuadraba, miré con quien estaba hablando y se ve que sin darme cuenta salté de conversación a mi madre, podéis imaginar lo poco que tardé en subir las escaleras de dos en dos. Menos mal que es mi madre y no se molesta, pero a pesar de haber aprendido la lección, el hombre tropieza varias veces con la misma piedra, y yo he seguido tropezando una y otra vez, sobre todo con el auto corrector de texto, que comete errores como el cambiar “Un saludo” por “Un salido”

Yo comparo a whatsapp con un botón rojo, muy rojo y grande, de esos que no puedes evitar pulsar, aunque sepas que las consecuencias serán nefastas para la humanidad. Ponme lo que quieras delante, pero no me pongas un botón rojo, que lo pulso caiga quien caiga.

Cuando recibes un whatsapp pero estás haciendo algo que no puedes dejar, bajas esa ventanita para ver de quién es, vas a contestar, vas a abrirlo, pero sabes que si lo abres ya no hay vuelta atrás, y la conversación se puede alargar, así que te alejas del móvil e intentas sacar de tu mente esos whatsapp. ¿Vosotros lo conseguís? Yo no, y al igual que no podría evitar tocar ese botón rojo, tampoco soy capaz de no contestar.

Pero eso no quiere decir que a mí me moleste que la persona tarde en contestar, al igual que yo estoy liada, ella también lo puede estar.

En este mundo lleno de tecnología estamos demasiado acostumbrados a tener todo a nuestro alcance y nos hemos vuelto impacientes, pero también existen casos en los que se debería contestar, sobre todo si esa contestación afecta a tu trabajo o a algún proyecto que depende de ese whatsapp. Son normas invisibles que solo están escritas en la educación de cada cual y en el respeto.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz