La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe

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Luis Lasso de la Vega narró, que tan solo diez años después de conquistada la ciudad de Tenochtitlán a manos de los españoles, el 12 de diciembre de 1531 el indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin “Juan Diego el que habla como un águila”, a la sazón de 60 años, tuvo la primera aparición mariana que se conoce en América. Y narró los acontecimientos a don Antonio Valeriano de Azcapotzalco, un indígena letrado por los jesuitas. El indígena Valeriano fue el primero en escribir la historia en la crónica Nican Mopohua, de allí en adelante otros cronistas escribieron más sobre el tema.

Juan Diego era de etnia chichimeca, y nació al parecer el 9 de diciembre del año 1474 en Cuautitlán, en el barrio de Tlayácac, región que pertenecía al reino de Texcoco; y fue bautizado por los primeros franciscanos, hacia el año 1524 cuando contaba unos 50 años de edad. Juan Diego era de una condición humilde y piadosa, por otra parte se sabe que fue casado y al quedar viudo se entregó a una vida de castidad y entrega, a las cosas de Dios.

El indígena Diego reconocía su condición social, de hecho dijo a la Virgen después que ella le encomendó, el mensaje ante el obispo: “(…), Señora, y niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado le encargues el mensaje para que le crean porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú niña mía, la más pecunia de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía”. Pero la Virgen le dijo: “Oye, hijo mío, el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y haga mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad (…)”.

Se dice que Juan Diego, murió a la edad de 74 en la Ciudad de Méjico, el 30 de mayo de 1548. A juzgar por la fecha de nacimiento, Juan Diego nació en un tiempo en el cual los españoles aun no habían descubierto el continente americano, sin embargo al parecer a pocos años de la llegada de los españoles ya el indígena junto a muchos más, se había convertido en fervoroso católico. Además en el momento de la aparición, la ciudad se había consolidado tanto que, por esa época se había instaurado un obispado en la persona del fraile franciscano Juan de Zumárraga.

En tanto, Juan Diego casi todos los días salía temprano, quizás a hacer diligencias cotidianas no sin antes visitar el templo de Tlatilolco y a instruirse en las cosas Divinas, y en su camino bordeaba el cerro del Tepeyac (Tepeyácac). De hecho el Nican Mopohua dice que Diego respondió a la Virgen cuando le pregunta ¿a dónde vas?: “Señora y niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor.”

La tradición narra que un sábado de los primeros días de diciembre de 1531, muy de mañana en el cerro del Tepeyac escuchó cantos como el de los pájaros del lugar (Coyoltototl y Tzinitzcan), que le anunció la aparición de la Virgen de Guadalupe. Ella se le apareció cuatro veces en aquel diciembre, y le encomendó decir al obispo, que en ese lugar quería que se edificara un templo. Al principio el obispo no le creyó y ante la insistencia de Juan Diego, el obispo le pidió a Diego que trajera una señal de que esa petición era de origen divino.

Después de la segunda aparición la Virgen de Guadalupe le pidió a Juan Diego que cortara unas rosas que acababan de florecer, en lo alto del cerro para que él las llevara al obispo en su ayate. La tradición dice que cuando Juan Diego mostró al obispo las hermosas flores se apareció milagrosamente la imagen de la Virgen impresa en el ayate, llamada más tarde Guadalupe por los españoles.

El prelado se sorprendió y creyó en el milagro, por eso ordenó la construcción de una ermita donde Juan Diego vivió por el resto de sus días, custodiando el ayate. Pero ese no fue el único milagro del momento sino también la sanación pronta de Bernardino el tío de Juan Diego, y posterior a ése hecho, son cientos quizás millares las gracias recibidas por sus fieles creyentes, en todas partes del mundo.

Respecto a la imagen impresa en el ayate, ésta ha sido objeto de muchas dudas y discusiones entre los especialistas en arte y científicos, pues no se explican cómo la imagen carece de señales, de que fue pintada por manos humanas. En cambio la pintura al parecer fue emitida por un fenómeno radiactivo.

Sin embargo, es sabido que algunos elementos pictóricos si fueron agregados con el paso del tiempo a la imagen, tales son el resplandor, el lazo oscuro sobre al alto vientre de la Virgen, la luna y el ángel con rasgos indígenas.

El Nican Mopohua expone:La ciudad entera se conmovió (cuando vio la imagen): venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen”.

Entonces aquí la explicación es que esto es un milagro, y con ello se viene abajo el argumento de que la Virgen fue pintada por alguién y que la historia fue producto de un mito. En cuanto al estilo artístico de la imagen, es otro asunto que se presta a controversia, pues refleja una tendencia barroca, a pesar que para el año 1531 fecha de la aparición, el estilo barroco aun no se había desarrollado en Europa (en cambio prevalecía la pintura del renacimiento italiano), y en América, los indígenas y criollos aun no habían adquirido siquiera una identidad artística. Es más, la imagen no refleja abiertamente un estilo ni renacentista ni barroco, eso sí es evidente que el rostro de la Virgen es de tipo mestizo (la mezcla de español y aborigen). Aquí lo más importante de esta aparición es, el profundo sentido piadoso y de fe en obtener milagros por la intercesión de Nuestra Señora, en la advocación de Guadalupe.

De hecho si mirásemos una foto tomada del ayate original de Juan Diego, para quien tiene sensibilidad espiritual podrá experimentar lo siguiente, el rostro inclinado de la Virgen Guadalupana refleja, gran serenidad y una ternura que trasciende a nuestros corazones suplicantes, en los momentos de duda, temor y falta de esperanzas. De hecho mirar a María en ese aspecto, da la certeza de que Ella suplica a Jesucristo por nosotros, tal como lo narra el Nican Mopohua: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que soy al siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quine está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo miador, compasión auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y mediar todas sus miserias, penas y dolores”.

Se ha de saber que casi al final del siglo Veinte, durante unos análisis del ayate, los estudiosos descubrieron que en las pupilas del rostro de la Virgen habían unas imágenes pequeñísimas. Entonces se sometió la imagen a aparatos modernos, y se ampliaron esas imágenes. De forma sorprendente en una de esas se ve la escena de fray Zumárraga arrodillado cuando Juan Diego abrió el ayate o tilma, con la Virgen estampada. Y lo que sorprende más es que, hace unos siglos un artista pintó la misma escena en apariencia a su imaginación, sin imaginar que sería una revelación mística de lo que contenían las pupilas de la Virgen.

De Juan Diego se conserva un retrato (de autor anónimo), considerado el verdadero de Juan Diego, sin embargo certificar que es un retrato tomado de la pose viva de Juan es inexacto, pues los rasgos de Diego del cuadro son mestizos y no de indígena puro, además la obra pictórica es de tendencia barroca, pintada alrededor del siglo diecisiete, o sea, en época muy posterior a la muerte de Diego, y si acaso se apegase a la apariencia del siervo de la Virgen, puede que sea una copia de una versión que existió antes.

Pero lo esencial es que, esas iconografías son elementos positivos, para alimentar el fervor cristiano. De hecho la Iglesia misma ha reconocido el valor de esta devoción al punto que muchos Papas como Juan XIII y Juan Pablo II, han sido grandes admiradores de la misma.
Entre otras cosas, hemos de hacer eco a las palabras dulces con que María Santísima llamaba a su siervo Diego, “El más pequeño de mis hijos”, y él siempre le atendió con suma dulzura: “Señora y Niña mía”.

Respecto a Juan Diego, fue canonizado en el 2002 por el papa Juan Pablo II, y su santoral es el 9 de diciembre, y por tradición la fiesta de la Virgen de Guadalupe se celebra, el 12 de diciembre de todos los años.

Por otra parte cabe decir, que la devoción a Santa María de Guadalupe pronto se difundió por el Mundo, pero lo más importante es que mantengamos siempre nuestra devoción a Nuestra Señora, sea cual sea la advocación.

Ad Maiorem Dei Gloriam

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Escritor y comentarista de temas cotidianos