En unos tiempos tan convulsos como los actuales, y lejos de profundizar en el complejo mundo de la ética y moral en la política. Con este artículo sólo aspiro, partiendo de las referencias básicas de la filosofía humana y vital detectar, que los valores y principios que nos definen como sociedades avanzadas están siendo desafiados directamente por visiones y enfoques que o bien los desprecian o, como mínimo, pretenden subordinarlos a unos intereses corporativos muy alejados del bien común.

Desde su origen, la acción humanitaria se ha basado en el respeto de una serie de principios y valores éticos que la han singularizado frente a otras actuaciones en la esfera internacional y nacional de los países. Sin embargo, humanidad, imparcialidad, independencia y neutralidad se han convertido en mantras que topan con enormes dificultades para poder ser llevados a la práctica.

Hoy, cuando los arsenales ideológicos acumulados, hacen posible el aniquilamiento del sentido de sociedad libre, se impone la necesidad de replantear los presupuestos sobre los que se basa la política y defensa, entendiendo que “más leyes y más control no da más seguridad”.

Hay que recordar que Cicerón afirmaba” que «somos esclavos de la ley para no ser siervos de la arbitrariedad del poder». Claro que, también decía: «‘Summum ius summa iniuria'» (Máximo derecho, máxima injusticia). O sea, las leyes llevadas a sus últimos extremos en su cumplimiento pueden conducir a situaciones poco justas, como se está observando de manera global en el mundo.

Desde la agenda política no se abordan los desafíos verdaderos (cambio educativo, modelo económico, laboral y productivo, medio ambiente…) y se limita al ejercicio de la oratoria sobre los mismos, hablando de intenciones.

De esto no se habla en serio porque exige decisión y es fuente de conflicto, centrándose los esfuerzos en el cortoplacismo de las próximas elecciones y esperar que los problemas los arregle el tiempo o se autorregulen las situaciones de conflicto.

La falta de liderazgo y de una oferta capaz de ilusionar es el campo abonado para los mensajes simplistas, que abundan y que afectan a la globalidad, en algunos momentos con tintes nacionalistas, como Trump y mucho otros y un relato que siempre funciona desde el manejo de las frustraciones colectivas (caos, odio, culpa y miedo). Y nos guste o no, fascismos de diferentes colores arropados por el nacionalismo (salvapatrias y creadores de nuevas patrias), siempre vuelve cuando la política deja de ejercer sus responsabilidades, dispuesto a hacerse cargo del estado de ánimo de los desesperanzados incautos que han perdido la fe en sus antiguas y desgastadas marcas. el mercado. Tenemos un liderazgo decaído en sus funciones.

Las personas no abandonan sus marcas, son las marcas las que abandonan a las personas, por eso no podemos reprochar a la gente que haya virado su decisión de voto, sino preguntarnos por qué y renovar el compromiso, la oferta y el relato con la ciudadanía y la sociedad.

Aún estamos a tiempo de parar la barbarie y neutralizar una tormenta perfecta que puede arrasarlo todo. ¿Acaso hemos perdido la memoria?

Por: José Luis Ortiz