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Muchos son los sueños cuando pensamos en el futuro de nuestras naciones. Además de sanar la corrupción – algo que siempre nos enfada, la gran mayoría de las personas anhela una educación de calidad, la clave para aportar igualdad y oportunidad a nuestros niños.

Pero no es cierto echarles la culpa entera a los gobernantes, ya que la base para un ciudadano de bien debe ser formada en el hogar. ¿Realmente estamos preparados para exigir una mejor educación? ¿Estamos haciendo la tarea de casa con nuestros hijos, entregándoles todos los días aptos para una equilibrada convivencia social?

Hace algunos días una amiga profesora vivió dos situaciones que me hicieron llegar al clímax de la cuestión. Empecemos por la primera situación: almuerzo de domingo, un restaurante lleno de gente, chicos alrededor. Algo sencillo y normal, ¿vale? No del todo.

Con niños corriendo y gritando por el restaurante, tropezando en las mesas y revolviendo las comidas queda imposible no perderse la paciencia. Enfadados, los clientes empiezan a disparar miradas enojadas a los padres de los infantes, pero la respuesta viene como una venganza. Los chicos son incentivados por sus papás a que prosigan con la diversión. No hay salida pedirle al maître intervención con los padres, ellos podrán lastimarse y no regresarán al establecimiento. Así comienza la omisión de la educación.

En el segundo caso, la profesora llama a la madre de uno de sus alumnos, exponiéndole las dificultades que el niño ha enfrentado durante el aprendizaje. Sugiere clases de refuerzo con otro profesional, por lo que el alumno tendría contacto con otra didáctica y podría absorber el contenido. Al día siguiente, la madre hace duras advertencias a la Dirección pedagógica. En este momento, su hijo se convierte en víctima y la escuela en villana, respondiendo por las dificultades del aprendiz. La madre, entonces, amenaza sacar a su hijo del colegio si éste fuera reprobado. Obviamente, la dirección pide a que la profesora apruebe el pequeño, ya que no pueden darse el lujo de perder una mensualidad.

De esa manera, nuestra sociedad artificial se omite en la educación de este joven ciudadano. El maître del restaurante, por temor a perder el cliente. La escuela, por temor a perder el alumno. La profesora, para no quedarse sin empleo. Los padres, para que no sean dictadores del no. Y los niños crecen, protegidos contra los límites y estimulados en sus errores, valorando al dinero y a los caprichos del ego alabado. Y dónde el dinero o las propias voluntades son más importantes que el resto, la corrupción encuentra lugar.

Mientras tanto, vamos promoviendo una juventud consentida, egocéntrica y sin educación. Cobramos un futuro mejor, pero nos olvidamos de que su gente aún está creciendo, bajo nuestros ojos, bajo nuestra supervisión. ¿Tenemos al cierto condiciones de exigir, o necesitamos analizar nuestras actitudes y preparar a nuestros hijos antes de hablarnos de educación?

Por: Saulo Bueno
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