Tener respuestas rápidas para todas las cuestiones que nos tocan nunca ha sido tan fácil, basta con acceder al móvil y preguntárselo al mecanismo de pesquisas disponible. En segundos tenemos en las manos información segura y eficaz sin la necesidad de chequear y leerlo en completo. Así vamos hoy, sanando nuestra demanda por información en la web y removiendo cada vez más la lectura y el raciocinio ante los retos del día a día. Es una maravilla de la tecnología, un asistente personal que hace el trabajo duro en nuestro lugar. Pero tanta facilidad nos pone trampas y no nos damos cuenta de que el vicio de tener un ayudante online va asfixiando la actuación de nuestro cerebro.

Ya no está de moda perder tiempo leyendo contenidos y resolviendo operaciones sencillas de matemáticas. ¿A lo mejor, porqué hacer cuentas si la calculadora está en la pantalla del celular y lo maneja perfectamente bien? ¿Por qué leer textos y preocuparse con gramática si el corrector automático es un diccionario tan funcional? Tiempo es dinero y los gadgets están ahí para cumplir su promesa, la de ser una extensión inteligente de nuestro cuerpo, ¿no? Sí, la extensión que pudiera trabajar en conjunto, haciéndonos más productivos, atentos e informados, pero un efecto contrario nos hizo una sociedad mentalmente perezosa.

Nos cuesta la vida leer pequeños textos, por eso abandonamos los libros en la estante y nos comunicamos por apps de mensajería rápida. Las abreviaciones de la web se ven presentes hasta en los correos del trabajo y los errores de escrita pasan desapercibidos. El resultado de esta pereza nos hace incapaces de añadir hasta pequeños montos con la mente. Nos hace olvidar la conjugación de aquel simple verbo durante la redacción de un examen importante. Nuestra mente está muy acostumbrada al asistente de bolsillo y no usamos más su enorme capacidad. En nuestros dedos, un mundo de conocimiento está a la disposición. En nuestra mente, qué falta hace usar el pensamiento, la mayor y mejor herramienta de conexión.

Por: Saulo Bueno
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