Cuando desperté, mi cuerpo estaba cubierto de sangre, olía a muerte. Sentí mi cabeza pesada, no recordaba absolutamente nada, pero allí estaba yo, en una habitación de hotel de cinco estrellas, bueno, supongo, por el aspecto y el lujo que se respiraba por encima de toda aquella gente muerta a la que no conocía.

Me levanté con dificultad del suelo, conté diez cadáveres esparcidos por todo el dormitorio, dos mujeres y el resto hombres. Comprobé que la sangre no era mía, pero a pesar de no recordar nada de lo que había sucedido, no era estúpida, si estaba en una habitación con diez cadáveres, lo primero que haría la policía sería arrestarme y cargarme con todos los asesinatos.

Lo primero era poner el cartelito de no molestar y bloquear la puerta para que no pudieran entrar, por si algún despistado lo hacía.

Debía quitarme toda la sangre de encima, por lo que mi siguiente paso fue ducharme, no me preguntéis como podía estar tan tranquila, pero no cargaría con la culpa de algo que yo no había hecho, bueno, tal vez sí…tal vez no, pero hasta que no supiera la verdad debía escapar de allí.

Debí haber recibido un fuerte golpe en la cabeza, ya que, al tocarme por la zona de atrás, me dolía terriblemente.

Después de la ducha intenté recordar algo, pero nada, mi mente seguía en blanco, el último recuerdo que tenía era yo a los diez años tomando un helado en el parque con mi padre, pero el rostro de la mujer que se reflejaba en el espejo, era desconocido, mi pelo negro y corto al estilo chico, mi cuerpo musculado pero sensual, y ese tatuaje de media luna en el hombro… Ya no era aquella niña del parque, y ahora estaba metida en un buen lío.

Salí desnuda al dormitorio, allí seguían, por mucho que intentara pensar que aquello no estaba sucediendo, era absurdo, los cadáveres no iban a desaparecer, pero yo necesitaba hacerlo cuanto antes.

Recorrí la habitación, conseguí unos pantalones limpios de sangre de una de las chicas, una chaqueta de un tipo delgado y unas botas.

Una vez vestida, metí mi ropa en una mochila para no dejar rastro, luego cogí un arma de las que había cerca de donde yo me había despertado y guardé todo el dinero que se encontraba en una mesa en la parte que hacía las veces de saloncito, solo me llevé el dinero que no estaba manchado de sangre, con unos millones sería suficiente para escapar de allí.

Antes de irme di una breve vuelta por entre los cuerpos sin vida, pero ninguno me era conocido y por ninguno sentía un especial entristecimiento o cariño.

Cogí mi mochila, me puse una gorra que encontré por allí y salí de aquel baño de sangre intentando evitar que las cámaras del hotel vieran mi rostro. En ese aspecto, agradecí llevar el pelo cortado al estilo chico, ya que si me veían por las cámaras les costaría más identificarme.

Mi corazón no latía aceleradamente como debería haberlo hecho, mis pulsaciones eran constantes y tranquilas. Escapé de aquel lujoso hotel tan fácilmente que sentí deseos de celebrarlo, pero eso tendría que esperar, por lo pronto debía salir de aquella ciudad, que, por cierto, no tenía ni idea de en qué ciudad me encontraba.

Debía coger un taxi, pero no cerca del hotel, nadie me podía relacionar con aquel sitio, por lo que anduve dos manzanas hasta alejarme de aquel horrendo crimen.

La gente no había reparado en mí, eso quería decir que aún no se habían enterado y nadie me buscaba, pero debía actuar con rapidez, estuviese donde estuviese, sabía que estaba en Estados Unidos, así que me iría a México, a España, a China… a algún lugar donde no me encontrasen.

Intenté detener algún taxi, pero no se detuvo ninguno, anduve un poco más y al final de la calle vi un puesto donde vendían prensa y revistas. Me acerqué rápidamente, si veía los periódicos sabría en qué lugar me encontraba.

Pero mi rostro palideció cuando vi la portada de todos ellos “Muere asesina a sueldo que acabó con la vida de unos traficantes de órganos”.

Su foto aparecía en la portada, ella era esa asesina a sueldo. Empecé a recordar todo: la muerte de aquellos niños secuestrados, el policía que perdió a su hija contratándome y yo matando a cada uno de esos desgraciados.

–Así que estoy muerta– reí, solté la bolsa y vi esa luz que todas las buenas chicas ven, se ve que la justicia de allá arriba es mejor que la de abajo.

Me encogí de hombros, volví a reír y avancé hacia la luz.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz