Solo faltaban horas para que el Reino de Granada fuera ocupado por otros, para que Boabdil no volviera a admirar ese atardecer de fuego desde el Palacio de la Alhambra.
Desde la Torre de la vela, sus oscuros ojos se humedecían al ver lo que dentro de poco no le pertenecería. Intentaba retener en su interior cada instante de aquel momento, cada rincón de aquel lugar, cerró los ojos y agudizó sus sentidos hasta poder escuchar el agua de las fuentes, sentir la brisa fresca de la noche y oler ese aroma que solo tiene Granada.
Demasiados recuerdos azotaban su memoria: las luchas por el trono con su padre, el entonces Rey Muley Hacén, accediendo al poder gracias a los Abencerrajes y a su propia madre, la sultana Aixa.

Combatió a su padre y a su tío el Zagal, considerados legítimos reyes de Granada, guerra civil en la que se vio apresado por los reyes católicos.

Boabdil se cubrió los ojos con las manos, sabía que a partir de ese momento había comenzado a perder Granada.

Pero todas aquellas sensaciones se vieron interrumpidas por el sonido silencioso de unas pequeñas pisadas que iban hacia él, y que conocía demasiado bien.

– ¿Que deseas Morayma? ¿Tú también vienes a despreciarme como todos los demás? – preguntó Boabdil con dolor, manteniendo la mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Con las manos  sobre en los gruesos muros de la fortaleza, no podía apartar la vista de aquello que iba a perder en pocas horas.
– Sabes que amo Granada tanto como tú, pero este Palacio se quedó vacío cuando dejaste que se llevaran a mis hijos.- Objetó Morayma con tranquilidad.
– ¡Las mujeres sois demasiado básicas, no entendéis el infierno que he tenido que pasar para no perder Granada!- exclamó Boabdil enfurecido, volviéndose a Morayma, y paseándose por la torre.
– ¡Tienes razón Boabdil, las mujeres tenemos claro lo que queremos por encima de todo!- exclamó Morayma haciendo un leve silencio mientras se acercaba a él. – Queremos a nuestros hijos, las joyas no los sustituyen, un palacio suntuoso no los sustituye, y el Reino de Granada no los sustituyen tampoco.
– Dices que amas estas tierras, pero te alegras de que mañana se las demos a los Reyes Católicos, dices que me amas a mí, pero te da igual verme sufrir.- Acusó Boabdil mirándola a la cara con amargura.
– Amo estas tierras, y cuando las dejemos mañana mi corazón sentirá una tristeza y un vacío incurable. Durante todos estos años he disfrutado paseando por los jardines, escuchando el agua de las fuentes por todos lados, admirando la belleza de sus tierras y viviendo en el Palacio más hermoso que nadie haya imaginado.
Me dices que no te amo, pero en este mismo lugar he pasado infinidad de horas esperando que volvieras de alguna de tus batallas. He curado las heridas que nadie ve, aquellas que tienen que ver con el corazón dañado por el odio que siempre ha sido habitual en esta familia.
Perdóname por ser imperfecta, por amar a mis hijos más que a estas tierras, por sentir impaciencia por verlos, abrazarlos y decirles lo mucho que los he echado de menos. – Dijo Morayma con lágrimas en los ojos bajando la mirada.

Boabdil reconoció en su interior la inmensa tristeza que había vestido su esposa desde la separación de sus dos hijos, y aceptando lo injusto que había sido en sus palabras, se acercó a ella, y con dulzura secó las lágrimas que corrían por las mejillas de ella tímidamente con varios besos.

Ella lo miró con amor, e intentó hablar, pero él se lo impidió sellando sus palabras con un beso lento e intenso que los hizo entrar en calor.
-Ven conmigo, si hay un recuerdo que me quiero llevar de la Alhambra es tu cuerpo desnudo bañado por la luz de la luna a través de los ventanales de este hermoso Palacio por el que tanto he luchado.- Comentó Bobdil, cogiéndola de la mano y guiándola a sus habitaciones.

Una vez dentro, Boabdil admiró con devoción el cuerpo de su esposa, lleno de provocativas curvas que cualquier hombre se sentiría afortunado de recorrer.
Morayma se quitó el hermoso velo que cubría su cabeza, y dejó al descubierto su larga y rizada melena oscura. Sus grandes ojos, de un negro profundo, lanzaron a Boabdil una mirada pícara y sensual, que lo invitaban a acercarse a ella mientras poco a poco iban cayendo sus prendas de vestir al suelo.

Boabdil se acercó rápidamente con el deseo de poseerla con lentitud y disfrutar de aquel momento que guardaría para siempre en su memoria.
– Mi hogar siempre estará donde tu estés- susurró Morayma al oído de su esposo.
Boabdil contestó con un dulce beso que se hizo más profundo y apasionado cada segundo. Se separó de ella un momento, para comenzar a bajar por su cuello y a recorrer cada milímetro del cuerpo de Morayma con sus besos.

La piel de Morayma ardía con cada una de sus caricias y gimiendo de placer invitó a Boabdil a que la hiciera suya en aquel palacio de la Alhambra que hasta ese instante les pertenecía.
Aquella noche, ambos se despidieron de Granada con el más hermoso de los rituales que alimentaba un amor que había resistido a todo tipo de contratiempos.

Por María Beatriz Muñoz Ruiz