Fueron veinte años que las palabras enmudecieron en las detestables ínfulas del silencio. Callaron las silabas de tus labios cuando no tuvo que ser así, se manifestó el dominio avasallador de peyorativo corazón para enterrar entre los abrojos la fragilidad de una rosa que nació para aromatizar de versos la libertad del futuro. Y la estela del fingimiento cubrió como velo tu cara para desterrar la mirada y el atractivo de una musa que buscó en todo tiempo ser persuadida por la felicidad.

El encierro a tu corazón fue detestable y peligro sin poder alzar la voz, callar, callar en osada sutileza sin aspirar a soñar un mañana florido de pilares rebelados. La desdicha quedó descubierta, vivir de intentos y ambiciones fracasados y en el exilio del olvido conjugando hechos, ocultando realidades rotas en la sensibilidad de la piel que se volvió impune ante las embestidas del vasallo demoledor.

Escondiste el sufrimiento detrás de la sonrisa detonante, viviendo la intranquilidad desmedida de lo que nunca pensaste que ocurría, creyendo fielmente que tu destino estaba marcado desde antes de ser concebida. Sonreías a veces mientras el corazón se ahogaba en llantos silenciosos y de sabor amargo, y el dolor de la piel, la sombra predominante persiguiéndote, dirigiendo el camino equivocado a una redención de espectros de furor.

Casi se te fue la vida sin darte cuenta, envuelta en la sombra de las telarañas fabricadas en el hábitat de tus evocaciones. Y las señales de un toque de auxilio nadie las escuchó, se esfumaron corriente arriba, no lograron salir de tu boca ni abrir la puerta deseada, y una vez más volviendo a caer en las fauces del agresor que sin temor hacia callar todo intento de liberarte de estas ataduras imponentes.

Cuesta creer cuán rápido se multiplicó el tiempo en la odisea de este epitafio inesperado, tanta desesperación que se conjugó en esperar y esperar, tanto dolor moldeando tu fisonomía a su gusto el epicentro de un final incierto, pero esta pausada verdad que cuanto antes tenía que ser puesta a conocimiento también tenía que anclarse en el puerto de la espera. Viviste sometida entre el ruido de golpes y amenazas, te habían truncado el intento por abrir la puerta de la libertad, cada movimiento de escape fue un acto de heroísmo derrotado, dejar libres la silabas perdidas fue una epopeya sin que se pudiera escribir. No hubo treguas ni límites para esta atmosfera de embestida tempestad.

Hermana mía: ese tiempo de llamas infernales tuvo que haber sido eterno para ti, metida en esa jaula de furias encendidas que nunca pudiste apagar. Te autocensuraste en obediencia a normas conservadoras que cegaron tu realidad que fueron deteriorando la vida que te habías prometido dar como ejemplo. Todo pareció ser un pacto de silencio.

Construiste tácticas de guerra en la espesura del silencio, delimitaste el camino sin tener una brújula como guía y decidiste conquistar la libertad con la complicidad del viento, únicamente.

Ahora que se rompió el silencio, la soledad se embaucó en los estrechos del olvido, nace el júbilo de la resiliencia y abre los pétalos el sueño de volver a vivir. Veo la luz de tus ojos brillan como dos estrellas más en el estelar del cielo. Sobreviviste heroína de mil encantos a estar en el sótano de la codicia de un mini ser sin alma y corazón, no contaba que la explosión del encarcelamiento que te hizo pasar un día se iba a dar. Te has convertido en el canto del amanecer de tus días, canto de libertad poesía recitada frente al alba.

Sigue y no pares, sueña sin descanso, el universo es tuyo, abrígate de la llovizna tierna de abril y canta el delirio de una nueva vida. Agarra el canto de la cigarra llévalo a tu pecho, respira sin descanso que llegó el tiempo para reponer y recobrar. Sin olvidar que el amor puede provocar iras pausada de esta vida que estas al disfrute cotidiano. No hay que cerrarle las puertas, nada más que hay que estar pendiente que tanto brilla el crepúsculo como para dejarse seducir por él. Recuerda el trinar del poeta cada mañana en la soñolencia de sus versos de amor y sus cantos de vida.

Por: Fabio Mendoza Obando
Poeta y escritor Nicaragüense